Entrevista. José "Cacho" Coronel: El general Menéndez había ordenado matarme
Con sólo 30 años, era el intendente peronista de Córdoba, el 24 marzo de 1976. Fue detenido en la propia Municipalidad y estuvo más de cinco años en prisión, por causas que le armaron durante la dictadura. El hecho fortuito que le salvó la vida. Su enfrentamiento con el tenebroso represor, titular del Tercer Cuerpo de Ejército.
Unos días antes había cumplido 30 años. José Domingo Coronel, un santiagueño que vino a la provincia para estudiar la carrera de contador público, era el intendente de Córdoba, cuando el 24 de marzo de 1976 fue detenido. Durante la dictadura fue condenado a nueve años de prisión, por causas –según él le armaron– por su gestión como intendente. Estuvo preso casi cinco años.
Amigo del exgobernador José Manuel de la Sota, “Cacho” Coronel –como todos lo conocen en el PJ cordobés– le contó a La Voz que un hecho fortuito lo salvó de una muerte segura, aquel 24 de marzo. Desde hacía tiempo estaba en la mira del entonces titular del Tercer Cuerpo de Ejército, el tenebroso represor, el teniente general, Luciano Benjamín Menéndez.
“Me salvé porque un periodista filmó cuando me sacaron detenido de la Municipalidad, aquel 24 de marzo”, dice ahora el dirigente peronista que acaba de cumplir 80 años.
De memoria prodigiosa, cuenta cómo fue aquella jornada negra para la historia argentina, que también pudo ser la última de su vida. Ahora se cumplen 50 años del comienzo de la dictadura más sangrienta que padeció nuestro país.

–¿Cómo fue aquella jornada del 24 de marzo?
–Había mandado a mi esposa a Santiago del Estero a la casa de mis padres porque sabía que le podía costar la vida. Llevábamos sólo cinco meses casados. No dormí en mí en mi casa aquella noche, porque sabía que me iban a ir a buscar. Todos sabíamos que se venía el Golpe. El 24 de marzo me levanté y me fui caminando para la Municipalidad. Pasé frente a mí departamento alquilado, en la calle Tucumán, y vi las ventanas abiertas y que flameaban las cortinas. Señal que habían estado los milicos. Cuando llegue a la Municipalidad, entre por la cochera, y les dije a los de Higiene Urbana –que me querían defender– que se fueran porque todo había terminado. Me quedé esperando, porque sabían que me irían a buscar. Poco después llegaron dos oficiales jóvenes del Liceo Militar a detenerme. Al salir, un periodista llamado (Carlos) Revello me filmó cuando me llevaban detenido. No tengo dudas de que eso me salvó la vida, porque (Luciano Benjamín) Menéndez había ordenado que me mataran, no que me detuvieran.
–¿Por qué Menéndez ordenó matarlo?
–Es una larga historia, desde antes del Golpe. Yo había denunciado públicamente que el ‘Operativo Dorrego’ (un intento de convergencia cívico-militar que se dio en la provincia de Buenos Aires, en 1973) seguía la doctrina francesa de infiltrar a los militantes de las organizaciones sociales para luego asesinarlos. Dije que el Ejército estaba usando a los Montoneros, mientras ellos creían que el general (Oscar Raúl) Carcagno que lideraba ese Operativo, era uno de ellos. En realidad, lo que buscaban era infiltrar a los Montoneros para luego eliminarlos. Eso me costó que Menéndez me sentenciara a muerte, antes del Golpe.
–¿Qué pasó después de su detención?
–Me llevaron en un vehículo militar al Campo de la Rivera. Al llegar, los oficiales jóvenes no entendían qué pasaba, pero cuando un soldado les dio vendas para taparme los ojos, se dieron cuenta de que me llevaban a un lugar de tortura. Me tiraron en un camastro y me quedé dormido porque estaba convencido de que me iban a matar. Lo que da miedo no es la muerte, sino el dolor, y como creía que sería rápido, la verdad que no sentía miedo. Los militares se divirtieron conmigo haciendo simulacros de fusilamiento porque no podían matarme, ya que mi detención había sido registrada y era pública. En un momento de esos simulacros, cuando creía que me mataría, me di cuenta que estaba vivo por el calor de los casquillos de balas que saltaban de un FAL que me quemó un pie. Después me llevaron a la cárcel de Encausados donde estaban otros funcionarios y dirigentes detenidos. Ahí supe que al menos en ese momento zafé de que me mataran como había ordenado Menéndez. Estuve nueve meses ahí, sin ninguna acusación. Después un tribunal me condenó a nueve años y nueve meses de prisión, por 36 denuncias en mi gestión como intendente, todas inventadas. Por ejemplo, por un viaje de mi esposa a Buenos Aires, pagado supuestamente con fondos reservados, y por enviar colectivos a actos peronistas, entre otras cosas. Todas mentiras. Estuve detenido hasta el 24 de enero de 1981.
–¿Compartió prisión con José Manuel de la Sota?
–Sí, varios meses, desde abril de 1976 hasta el 1º de enero de 1977. José se entregó para que liberaran a su hermano Regino, que no tenía nada que ver. Al ‘Gallego’ primero lo mandaron a la Penitenciaría con los Montoneros, quienes lo querían matar por las diferencias políticas que tenían.
–¿Cómo llegó a ser intendente de Córdoba, con menos de 30 años?
–Yo era concejal y el intendente era Juan Carlos Ávalo, una gran persona. Había una tensión muy fuerte entre la Municipalidad, que seguía el peronismo de Perón, y el Gobierno provincial de (Ricardo) Obregón Cano y Atilio López, quien era el vice, cercano a los sectores de izquierda del PJ. El conflicto estalló por un pedido de aumento salarial de la UTA, el gremio que lideraba Atilio López, que iba en contra del pacto nacional de no aumentar salarios, ni tarifas para combatir la inflación. La provincia intervino las empresas de transporte y nombró a un contador como interventor, que luego fue asesinado junto a Atilio López, en Buenos Aires. Ávalo, que era una persona grande de edad, sufrió un grave problema de salud. Lo sucedió de manera interina Miguel Flores, pero renunció tras la caída de Obregón Cano, por el ‘Navarrazo’. Yo entré como interino, Ávalo intentó volver pero tuvo otra recaída y murió. Finalmente, el Concejo Deliberante me eligió intendente, el 16 de septiembre de 1974, hasta el Golpe del 1976.

–¿Cómo sobrellevó los años de prisión, sintiéndose inocente?
–El solo hecho de salir vivo del Campo de la Rivera ya era suficiente. Sentía como si hubiera vuelto a nacer. Cuando crees que vas a morir, recuerdas cosas olvidadas de la infancia. Sin embargo, en la cárcel nunca tenías seguridad absoluta de continuar con vida, porque de manera permanente usaban los famosos planes de fuga para asesinar detenidos y generar terror en la población.




