250 años de libertad: el ambiente mundialista

En los tiempos que corren, es casi una obligación moral festejar los momentos de intercambio. Sólo apáticos y desganados tienen dificultad para verlo. Es cuestión de hacer un mínimo esfuerzo.

26 de julio de 2026 a las 02:39 a. m.
Pablo Biderbost
250 años de libertad: el ambiente mundialista
El Mundial Estados Unidos 226 fue una gran muestra de multiculturalidad con fuerte influencia latina.

Mucha agua ha corrido debajo del puente desde 1994, la anterior ocasión en la que el Mundial de fútbol masculino fue organizado en territorio estadounidense. En aquella oportunidad, en tiempos previos al turismo masivo y con un menor arraigo del soccer en la sociedad de este país, el ambiente era “tirando” a desangelado.

El profesor Celso Castilho, de la Universidad de Vanderbilt, recuerda en un artículo recientemente publicado cómo, a pesar de un ambiente promedio de desinterés, los colectivos de origen hispano sí vivieron el acontecimiento de una manera festiva, e incluso lo aprovecharon de manera estratégica para visualizar sus reclamos y perspectivas.

Cambio de percepción

Treinta y dos años después, la situación es por completo diferente. Es obvio que este deporte no se ha convertido mágicamente en el favorito de esta sociedad, una de las tres anfitrionas del campeonato, siempre más apegada al béisbol, al básquetbol y al fútbol americano. Sin embargo, no existe programa televisivo, tertulia radial (o de podcast), reunión social o recinto gastronómico en el que el Mundial de fútbol no tenga un lugar prioritario. La algarabía cultural, lo recordaba Jay Caspian Kang en un interesante artículo publicado en The New Yorker, sí ha penetrado la epidermis local y no hay observador agudo que lo pueda negar.

En una de esas comidas pantagruélicas, deliciosas y con conversaciones interminables propias del sur de Estados Unidos, un asistente comentaba que le hubiera encantado que su país hubiese tenido que enfrentarse a Inglaterra en este torneo aprovechando la coincidencia de la celebración de los 250 años de la declaración de la Independencia.

Diferentes spots televisivos apuntaban también, durante la fase preliminar, a la posibilidad de ver al país anfitrión como ganador, y apelaban a la necesidad del ejercicio de soñar, rasgo muy imbricado en el modo de ser estadounidense (nada está prohibido de poder pensarse, programarse, iniciarse, ratificarse o rectificarse).

Como sucede en los tres países a los que soy cercano y que me han dado oportunidades para crecer en lo personal y profesional (a esta altura de la vida, ¿habría que decir "como en cualquier sitio del planeta"?), los estadounidenses celebran por un lado victorias y gestionan el estrés y los nervios derivados de los partidos en los que juega la selección capitaneada por Tim Ream. Por el otro, muchos de ellos viven con pasión los encuentros en los que pugnan las escuadras que representan a los países de origen de los miembros de su familia.

Multiculturalidad en las ciudades

Por ello, en las grandes ciudades aparecieron multiplicidad de banderas internacionales (colgadas de balcones y ventanas) asociadas no sólo a turistas venidos de medio mundo, sino también desplegadas por familias que no olvidan su procedencia. Desde fuera, parece un bonito ejercicio de “reconocimiento” de las complejidades de la propia identidad.

Dos personas con perfiles muy distintos (aunque ambos septuagenarios, uno era jubilado que complementaba ingresos como chofer de Uber en Tennessee y el otro era un retirado de banca de inversión de JP Morgan en Nueva Jersey), me decían que sentían orgullo de ver cómo las redes sociales y los medios de comunicación retrataban las descripciones positivas que los “turistas mundialistas” realizan de la cultura y tradiciones locales. Ambos, con distintas expresiones, comentaban que si quienes llegan de afuera parecen felices, por qué muchos de los locales no pueden sentir orgullo patrio.

Patrick Ryan, de USA Today, reflejó un pensamiento semejante en un “videoartículo” donde destaca la sorpresa de los visitantes de los cuatro puntos cardinales ante los sabores y tamaños de las comidas, la infraestructura de las escuelas o el color amarillo de los autobuses escolares. No es, obviamente, en la descripción de los viajeros todo “color de rosa” sobre el territorio que les acoge durante unas pocas semanas, pero sí parece que la aguja de la balanza se posiciona dentro de los valores positivos.

Elemento también distintivo de este campeonato es su coorganización entre los miembros del trío del antiguo Nafta (Acuerdo de Libre Comercio de las Américas, por su sigla en inglés), hoy Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (en inglés, USMCA).

Diversificar lazos

Niveles de gobierno locales, provinciales y federales debieron coordinarse con la Fifa y el sector privado para propiciar una puesta en marcha exitosa. En tiempos de tensiones geopolíticas por donde se mire, es de agradecer que la celebración del deporte ayude a acercar posturas y a construir puentes que potencialmente contribuyan a que emerjan vigorosos nuevos proyectos compartidos.

Luego de más de 40 días muy intensos, se llegó a la final del campeonato en la que el español se erigió en la lengua vehicular. Los campeones de América y de Europa se enfrentaron en el estadio Nueva York Nueva Jersey. Argentina y España –dos países hermanos que, no por coincidencia, acogen el uno y el otro las mayores diásporas de la contraparte– se batieron a duelo el domingo.

Ambos tienen vínculos estructurales con los Estados Unidos. En el caso de Argentina, el diseño institucional tanto de su genésico sistema político como la configuración de su sistema educativo primigenio tuvieron antecedentes, aunque no exclusivos, en los perfiles estadounidenses. En el caso de España, su contribución fue decisiva en la gesta independentista estadounidense y hoy acoge en su territorio dos bases militares norteamericanas.

Los lazos entre estos estados son, evidentemente, mucho más profundos que lo que estas escuetas líneas permiten describir. La diversificación de estos, gracias al campeonato, es lo que hay que celebrar, con independencia del resultado.

En los tiempos que corren, es casi una obligación moral festejar los momentos de intercambio. Sólo apáticos y desganados tienen dificultad para verlo: lo que es bueno –ya lo dijeron los padres fundadores– es otra “verdad evidente”. Es cuestión de hacer un mínimo esfuerzo.