Estados Unidos 250 años de libertad: la fuerza de la inmigración

La diversidad cultural ha sido clave en el desarrollo de Estados Unidos, con inmigrantes que dejaron su huella en política, negocios, arte y deporte.

04 de julio de 2026 a las 12:01 a. m.
Pablo Biderbost
250 años de libertad: la fuerza de la inmigración
El CEO de Google, Sundar Pichai, junto al CEO y fundador de SpaceX, Elon Musk, ambos nacieron fuera de los Estados Unidos.

En Ciencias Sociales, a países como Argentina, Canadá, Uruguay, Sudáfrica y Australia se les llama técnicamente (y en voz inglesa) “traditional settlement societies”. Esto refleja el hecho de que, en su composición sociológica genésica, amén de la población nativa, aconteció una llegada masiva de inmigrantes procedentes de diferentes lugares del mundo.

En la producción científica rioplatense, estas sociedades fueron llamadas "aluvionales". Darcy Ribeiro, el gran antropólogo brasileño, los llamó (con la mejor intención de categorización científica y aunque hoy prefiriésemos otra nomenclatura) "pueblos trasplantados". Pues bien, eso también aplica a los Estados Unidos.

Recientemente, en un vuelo, vi una pieza cinematográfica única que refleja el carácter de crisol de razas de la sociedad estadounidense. Me refiero a Brooklyn, estrenada en 2015. No sé si era el cansancio, no sé si era la mezcla de emociones o alguna otra razón extraña, pero disfruté la película a la vez que lloraba como “si no hubiese un mañana”.

Pensando en la “historia novelada” de amor de mis abuelos paternos (un suizo casado con una siria), una de esas historias que como Jorge Luis Borges sugirió alguna vez sólo acontecían antaño en América, hice la criba personal de la narración dirigida por John Crowley.

Con las actuaciones magistrales de Saoirse Ronan y Emory Cohen, la obra nos relata las peripecias de una pareja binacional (irlandesa ella, italiano-americano él) que en el decenio de 1950 luchan por la consolidación de su unión. Mezcla de orígenes bien característica del distrito neoyorquino que da el nombre a la obra. Esa es la preciosa historia no sólo de este punto concreto de la geografía de la costa este, sino de todo el país.

Desde el extranjero

Esa preciosa historia ya se avizora en tiempos de la creación de la federación estadounidense. Siete de los firmantes de su Constitución, como recuerda el profesor John M. Yinger, eran nacidos en el exterior.

La ciudadanía honoraria, la distinción máxima que otorga este país, ha sido concedida (entre otras personas) a aliados extranjeros de los padres fundadores de la patria norteamericana. Los famosos marqués de Lafayette (francés) y Bernardo de Gálvez (español).

Este patrón se repite en el plano social al que uno mire. Es posible verlo en el mundo de la política. El presidente Barack Obama tuvo un padre de origen keniata. El presidente Donald Trump tuvo una madre de origen escocés. El admirado y poderoso antiguo secretario de Estado Henry Kissinger nació en Alemania. Su homóloga demócrata, Madeleine Albright, nació en la antigua Checoslovaquia. Se han cuantificado hasta 23 miembros en distintos gabinetes del Poder Ejecutivo nacidos fuera de las fronteras de este extenso país.

También acontece de manera semejante en el mundo de los negocios. Elon Musk, antes de poseer la nacionalidad estadounidense, fue sudafricano y canadiense. Jeff Bezos, el creador de Amazon, es el hijo adoptivo de un refugiado cubano. Sergey Brin, cofundador de Google, es de origen ruso. En tanto, Mike Krieger, uno de los artífices de Instagram, es brasileño.

Es un pequeño botón de muestra exclusivamente en el ámbito de las grandes empresas llamadas "tecnológicas". Lo mismo acontece en otros rubros de producción y comercialización de bienes y servicios, y en emprendimientos de tamaños diversos.

El ámbito artístico no es una excepción. Hollywood y Broadway son ejemplos de una poderosa industria que ha acogido y ha sido beneficiada por la presencia de talento extranjero. Ana de Armas es hoy una gran actriz estadounidense de origen cubano y español. Lo mismo aplica a Helen Mirren, nacida británica y laureada con el Oscar. El canadiense Ryan Reynolds y el austríaco Arnold Schwarzenegger (también exgobernador de California) forman parte de esta troupe.

En el plano deportivo, la excelente actual selección de futbol estadounidense, dirigida por el santafesino Mauricio Pochettino, cuenta también con la impronta aquí descrita. El delantero Christian Pulisic comparte su nacionalidad estadounidense con la croata. Ricardo Pepi es también mejicano. Cristian Roldán posee orígenes centroamericanos (madre salvadoreña y padre guatemalteco). Una realidad parecida acaece en otros deportes. No disponemos de espacio suficiente, pero lo dicho es replicable, obviamente, en el campo de la investigación académica y en el mundo universitario.

No es verdad que la llegada de la inmigración no acarree problemas, objetivos o subjetivos. No es finalidad de esta columna analizar, discutir o criticar políticas migratorias. Esa es una tarea que debe ser realizada con tiempos y métricas diferentes a las que permite un espacio acotado de reflexión en un periódico.

De lo que no hay duda es de que Estados Unidos ha acogido inmigración tanto calificada como no calificada durante su vida independiente, lo que le ha permitido constituirse en referencia mundial en la cultura, el deporte o la ciencia.

El senador republicano Ted Cruz se pregunta retóricamente en la recién estrenada serie de Netflix El experimento estadounidense por qué tanta gente, procedente de todo el mundo, decide radicarse en Estados Unidos. Su respuesta es que aquí cualquier persona puede convertirse en alguien.

No le falta razón. A lo largo de la historia, millones de personas han optado por esta tierra porque, aunque con sus defectos y limitaciones (como los hay en todos los sitios), este país les ha ofrecido libertad para emprender, trabajar, crear, producir, sostener sus familias y vivir libremente su fe. ¿No es esto, en el fondo, lo que todos aspiramos? Esa preciada libertad es la que cumple 250 años este verano.

Profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de Salamanca (España) y Fulbright Visiting Scholar en el Center for Global Democracy de la Universidad de Vanderbilt (Estados Unidos).