Debate. Qué hacer con la inteligencia artificial mientras todavía pensamos

El avance de la inteligencia artificial requiere que hoy establezcamos principios claros para su crecimiento a fin de asegurar que sirva a la humanidad.

04 de julio de 2026 a las 12:01 a. m.
Juan Manuel Aráoz
Qué hacer con la inteligencia artificial mientras todavía pensamos
La inteligencia artificial avanza sobre lo estructurado, lo repetitivo y lo predecible; mayor es la necesidad de contar con personas capacitadas para sostenerlos.

La inteligencia artificial está naciendo. Las reglas con las que crezca las escribimos nosotros, y por poco tiempo. Hay un mundo mejor que nace. Y como todo nacimiento, duele. No es una metáfora cómoda. Lo nuevo nunca llega terminado: llega frágil, sin forma, pidiendo que alguien lo guíe antes de que aprenda a crecer solo.

Frente a eso, siempre tuvimos dos caminos. Dejar que se desarrolle sin control o hacer lo que hicimos con todo lo que alguna vez creamos: orientarlo desde el primer día para que no termine siendo contrario a los intereses de quienes lo trajimos al mundo.

La inteligencia artificial es ese nacimiento. Y nos toca a nosotros –quizá la última generación que todavía piensa sin asistencia– escribir sus reglas. Porque después no seremos del todo nosotros quienes marquemos el rumbo: la orientación del camino la dará, en buena parte, lo que hoy decidamos dejarle escrito.

La pregunta es incómoda y conviene hacerla sin anestesia: ¿estamos a la altura de esta responsabilidad? Y si la respuesta es sí, ¿hasta cuándo lo estaremos?

Vale la pena medir el tamaño de lo que tenemos enfrente. La rueda, la pólvora, la penicilina, la electricidad, el GPS, internet: todos van a quedar de un lado de la historia. Punto aparte, la inteligencia artificial. Porque las demás herramientas resolvían un problema. Esta atraviesa de manera transversal todo el conocimiento humano. No sólo lo abarca: lo reordena, lo corrige y nos lo devuelve para enseñárnoslo a nosotros mismos.

El gran desafío

Ahí aparece el viejo motor de la especie. La humanidad nunca progresó en la abundancia; siempre nos movió salir a buscar lo que falta. Nuestra naturaleza, librada a sí misma, prefiere el descanso, el dejar hacer. Sin embargo, el secreto de la vida estuvo siempre adentro nuestro: gracias a esa búsqueda interior supimos qué hacer en cada encrucijada.

El desafío de hoy nos interpela en el mismo lugar de siempre. Otra vez nos obliga a buscar adentro las respuestas. No es casual que, donde empieza la incertidumbre, religión y ciencia terminen encontrándose.

Hace poco, el papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas, pidió “desarmar” la inteligencia artificial: liberarla de las lógicas de dominación para ponerla al servicio de la persona. No es una condena de la técnica: es la vieja elección entre levantar otra torre de Babel o edificar la ciudad común.

Y desde la vereda de enfrente, hasta quienes la construyen lo admiten: empresas como Anthropic, que desarrollan estos sistemas, advierten que deben permanecer bajo control humano.

Dos caminos distintos, el mismo umbral. Y en ese umbral, late una sola pregunta, la más humana de todas: ¿miedo?

Mi respuesta es que el miedo no es excusa para soltar el timón. Es exactamente lo contrario. Porque el derecho es, una vez más, la raíz de este mundo nuevo. Después nacerá lo que la raíz indique. Por eso importa, y mucho, quién la planta y con qué la planta.

Cada generación tuvo sus desafíos, y el nuestro no es menor: nos toca escribir, mientras todavía somos plenamente nosotros, las reglas de algo que va a pensar después de nosotros.

Confío sin dudar en que estaremos a la altura. Pero estarlo significa trabajar el objetivo, no dejar hacer. Significa demostrarle a la inteligencia artificial que la creamos con un propósito; que todo lo que va a llevar en su ADN es lo mejor de lo que somos capaces de contener. No volveremos atrás. Nunca lo hicimos. Lo cual no quiere decir que seamos mejores: evolucionamos, que es otra cosa.

La decisión, esta vez, es enteramente nuestra. Y va a serlo por poco tiempo. Estas líneas las pensé sin asistencia. Creo que serán de las últimas que pueda pensar así. Ojalá queden como un recuerdo de cuando todavía podía. Y como un compromiso. Porque la raíz que elijamos plantar hoy es la única parte de este futuro que sigue dependiendo, por completo, de nosotros.

Secretario de Seguridad de la Provincia de Córdoba