Estados Unidos. 250 años de libertad: la declaración de la independencia

Los redactores del texto fundacional eran conscientes de que creaban una nueva impronta que moldearía no sólo el porvenir de su sociedad, sino también el de todo un modo de gestión democrática.

16 de julio de 2026 a las 01:18 a. m.
Pablo Biderbost
250 años de libertad: la declaración de la independencia
Marineros de un velero pasan por el puerto de Nueva York frente a la Estatua de la Libertad en el Día de la Independencia (Pamela Smith).

En este 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, se han publicado nuevos libros que revisitan ese momento histórico y se han reeditado otros tantos que resultaron esclarecedores sobre ese episodio que ha sido un abrepuertas fundamental en relación con los modos contemporáneos de la organización republicana de gobierno.

Entre los primeros, se encuentra el opúsculo The Greatest Sentence Ever Written, escrito por Walter Isaacson (recordado por su admirada biografía sobre Benjamin Franklin que se convirtió en best seller recomendado por The New York Times).

En esta obra, el autor dedica lúcidos esfuerzos a desentrañar la frase inserta en la Declaración de la Independencia sobre la que descansa el edificio legal, político e intelectual del proyecto social estadounidense.

La misma, traducida al castellano, es la siguiente: “Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Para quienes estamos acostumbrados a leerla y trabajarla en la versión original en la lengua de Shakespeare, nos parece increíble que el idioma de Cervantes conserve la misma solemnidad y profundidad. Quizá esto es producto de la elegancia con la que trabajaron los redactores de este documento: eran conscientes de que creaban una nueva impronta que moldearía no sólo el porvenir de su sociedad, sino también el de todo un modo de gestión democrática que se estaba alumbrando para el mundo.

Hoy se habla del grupo redactor del borrador de la Declaración de la Independencia como el “Committee of five” (en esa tradición tan anglosajona de manufacturar todo en una manera que podamos recordarlo y compartirlo). El equipo se constituía con Thomas Jefferson, de Virginia; John Adams, de Massachusetts; Benjamin Franklin, de Pensilvania; Roger Sherman, de Connecticut, y Robert R. Livingston, de Nueva York.

El revulsivo inicial

¿Qué intenciones o propósitos perseguía este quinteto al escoger las palabras explicitadas en aquella frase que luego fue copiada y adaptada por las ulteriores nuevas repúblicas del Nuevo Mundo?

El objetivo de articular expresiones como las descritas tiene que ser interpretado, inicialmente, según el contexto histórico: las colonias estadounidenses se sentían menospreciadas por la corona británica y exigían una representación que, en su criterio, debía condecir con el esfuerzo impositivo que se les requería.

En ese clima social de hostilidad creciente y de miradas divergentes entre la metrópoli y los futuros 13 estados iniciales, se publica el panfleto “Common Sense” (sentido común). Su autor, Thomas Paine, deseándolo o no, fue el revulsivo que ayudó a unificar criterios tras la necesidad de cortar vínculos (sin posibilidad alguna de reconciliación) con el imperio británico.

En un lenguaje llano, que permitió que la publicación circulase por tabernas más allá de los círculos de personas instruidas, insistió en la necesidad de crear un sistema de gobierno basado en la igualdad entre los ciudadanos y el imperio de la ley.

El proyecto republicano, que era la antítesis de la brutalidad monárquica, era completamente viable gracias a los recursos con los que contaba el continente americano.

En medio de esa efervescencia social multiclasista, tuvo lugar la exitosa revolución norteamericana (rasgo el anterior que parece ser condición sine qua non de lo segundo en cualquier período histórico).

Artífice fundamental de esta gesta fue el Segundo Congreso Continental. Es este el que nombra a la media decena de prohombres anteriormente enumerados el 11 de junio de 1776, los que en poco menos de un mes, lograron generar un texto que ha marcado la vida institucional estadounidense por más de dos siglos.

Derechos constitutivos

Un primer elemento claro en su fina redacción se visibiliza en las primeras palabras. Como bien recuerda Isaacson, era obvio para todos lo que se “incluía” en el texto. No era necesario apelar a vocabulario sagrado que podía ser asociado a la existencia de autoridades que debiesen su poder a una designación trascendental “nunca comprobada” por la comunidad organizada.

Parece ser este el momento fundacional de la devoción norteamericana por el credo científico que le ha erigido en sociedad bisagra de adelantos que, como tienen presente los laureados con el nobel Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson, han favorecido el desarrollo político y económico a escalas antes inimaginables.

Un segundo elemento, patente en el discurso, es que todos somos creados iguales. Aunque el texto genésico sólo habla de varones (entrelíneas, “propietarios”), esta es la piedra basal en la que, como sostienen James Hollifield, Gary Freeman, Christian Joppke y Yasemin Soysal (con distintos matices) se ha construido la lógica expansiva de derechos no únicamente propia de la sociedad estadounidense sino de todas las sociedades contemporáneas.

Gracias a “este guiño fundacional”, mujeres, afroamericanos, judíos, inmigrantes, indígenas, gays y lesbianas (y otras tantas minorías) han reclamado exitosamente, en los juzgados y en los parlamentos, su parte correspondiente del proyecto y sueño americano.

Un tercer elemento, en el que sí aparece el demiurgo creador de la historia (y donde habría una reconciliación con miradas religiosas), consagra los derechos constitutivos de esa nueva sociedad democrática, en la que el poder no se hereda sino que se construye colectivamente.

Por un lado, se encuentra el proyecto vital: la posibilidad real de diseñar cursos de acción sin impedimentos ejercidos externamente.

Por otro lado, la libertad entendida positivamente (no sólo la ausencia de obstáculos sino la generación de escenarios que permitan que se pueda emprender, estudiar, investigar, sanar, expresar ideas y practicar religiones).

Por último, se invita a la persecución de la felicidad: sus ciudadanos pueden y deben, por todos los medios posibles, luchar por el cumplimiento de sus sueños. No es comunismo irredento, como algunos ignorantes suelen criticar en relación con frases por el estilo. Es, por el contrario, como recuerda una frase de una inmigrante recuperada en el espacio museológico de la Isla de Ellis, la razón que confirmaba que ella había escogido muy bien su destino: ¿cómo no iba a querer quedarse donde el sistema político y económico le convidaba a desplegar sus talentos según lo desease?

La pregunta retórica que nos debemos hacer es si han existido (o existen) lugares así: la respuesta no retórica es sí. Suelen coincidir con, como dice el The New Colossus, de Emma Lazarus, aquellos escogidos por los rendidos, los pobres, los desamparados y los arrojados por la tempestad. ¿No hemos sido todos, al menos alguna vez en la vida, parte de alguno de estos grupos? Esta, quizá, siempre ha sido otra “verdad evidente” que, por pereza y desidia, solemos olvidar.