Crónica. El día que subí a un patrullero y no fui preso

Un desperfecto eléctrico me dejó varado en plena ruta provincial 4 durante una noche de tormenta. El auxilio de la policía y vecinos de Chazón y de Santa Eufemia transformaron la emergencia en un testimonio sobre la solidaridad que define a los pueblos del interior.

09 de mayo de 2026 a las 12:02 a. m.
El día que subí a un patrullero y no fui preso
Días Contados. Ilustración de Juan Delfini.

La lluvia sobre el sur de Córdoba no era una simple llovizna de otoño; era una cortina pesada que transformaba el asfalto en un espejo traicionero. El domingo de Pascuas se apagaba con esa lentitud típica de los retornos. Dejaba atrás Laboulaye y la casa de mis viejos, llevando el corazón lleno y el tanque de la EcoSport completo para enfrentar los 380 kilómetros que me separaban de la ciudad de Córdoba. Eran las 18.30 cuando decidí encarar la ruta, esperando que el clima diera un respiro que nunca llegó.

Llegar a La Carlota me exigió calma: fueron 90 kilómetros de pura tensión. Por el agua acumulada en la calzada, tuve que mantener la velocidad entre 60 y 70 kilómetros por hora; un solo patinazo sobre el agua habría bastado para terminar en el alambrado de algún campo.

Pero el verdadero desafío comenzó después de cruzar Santa Eufemia. En esa noche cerrada, donde el cielo era un bloque de azabache, el tablero de la camioneta escupió una sentencia digital: “Falla en frenos ABS”. De pronto, como en un truco de magia, las luces se apagaron. La oscuridad total me tragó en medio de la ruta provincial 4.

Una noche de tormenta y avería

Quedarse "a pata" en una ruta provincial un domingo a la noche, bajo una lluvia torrencial y con el tráfico de camiones acechando, es lo más parecido a una escena de una película de terror de bajo presupuesto. Atiné a orillarme en la banquina, y las balizas se convirtieron en mi único y débil refugio contra la negrura. El motor no respondía. El limpiaparabrisas, en un último esfuerzo agónico antes del colapso eléctrico, barría el agua de un lado a otro, revelando apenas la desolación del paisaje.

En medio de los nervios, mi primera reacción fue el grupo de WhatsApp familiar: "Quédense tranquilos, ya lo voy a solucionar", escribí, aunque por dentro me veía esperando horas a una grúa del seguro que, en esas condiciones, tardaría una eternidad. Tenía que estar a primera hora del lunes en Córdoba para trabajar, y la desesperación empezaba a ganarle la pulseada a la lógica.

El auxilio inesperado: cuando el 911 no alcanza

Marqué el 911 buscando una respuesta institucional, pero la burocracia no entiende de tormentas.

–Tenés que llamar a la comisaría del pueblo más cercano, –me dijeron desde la central provincial que se sentía a años luz de distancia. En mi laguna mental, primero pensé en Etruria, hasta que un destello de lucidez me ubicó geográficamente: estaba varado entre Santa Eufemia y Chazón.

Fue entonces cuando la tecnología, ese 4G que se resistía a morir en la pantalla de mi celular, me permitió encontrar el número de la comisaría de Chazón. Al cuarto tono, una voz femenina respondió. Le expliqué mi situación, le confesé mis nervios y le pedí asistencia para evitar que algún camión me llevara puesto.

–¿Cómo es tu nombre? –pregunté.

–Lorena –respondió ella.

Pensé en mi hermana que se llama igual.

–Es una buena señal –me dije a mí mismo, aferrándome a cualquier misticismo que me sacara de la angustia.

Una patrulla policial y risas bajo la lluvia

Quince minutos después, las luces azules del patrullero cortaron la negrura del campo. No eran ángeles, pero se les parecían bastante. La sargento ayudante Natalia Molina bajó la ventanilla mientras la lluvia seguía cayendo a baldazos. Lejos de la frialdad que uno esperaría de un procedimiento oficial, Natalia tomó las riendas de la situación. No sólo me ofreció refugio, sino que empezó a mover su propia red de contactos.

–Subite a la patrulla así no te mojás me ordenó con tono protector. Allí, sentado en el asiento de atrás, el humor cordobés brotó como un mecanismo de defensa.

–Es la primera vez que me subo a un patrullero y no voy preso –solté.

Las risas de los oficiales relajaron el ambiente, rompiendo la tensión de una noche que parecía perdida. Incluso hubo espacio para la desdicha compartida cuando, al bajarme para revisar la camioneta con Natalia, un auto pasó a toda velocidad por un charco y nos bañó de pies a cabeza. El grito fue unánime, un insulto al aire que terminó, increíblemente, en más carcajadas bajo la lluvia.

La red invisible: amigos de la UNRC y mecánicos de guardia

La red de solidaridad del interior cordobés se activó con una eficacia que ninguna aplicación de asistencia podría igualar. Natalia llamó a Eduardo Caminotti, un mecánico que acababa de llegar de viaje y que, sin dudarlo, salió de su casa para auxiliarme. También contactaron a "Tato" Lerín, quien tiene un taller y vende baterías. En cuestión de minutos, tenía a dos especialistas trabajando bajo el agua.

Mientras probaban el tester y confirmaban que la batería había pasado a mejor vida, empezamos a tirar nombres. Resulta que en mi paso por la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC), en la carrera de Ciencias de las Comunicación, conocí a personas oriundas de ambos pueblos con la cual forjé una amistad con el paso de los años como el “Turco” Gasseuy y la “Chechuli” Córdoba.

También mencioné a Jenny Barrionuevo, compañera de la militancia estudiantil en la Red de Estudiantes de Comunicación Social (Re.Co.S), y los policías asintieron: "Es la hermana de la intendenta".

En ese momento, dejé de ser un extraño varado para convertirme en alguien con raíces compartidas.

La solidaridad sobrevive en el interior

Tras la tensión del asfalto, un puente de batería y aquella maniobra en "U" ejecutada bajo la mirada protectora de Flor, de la guardia local, el taller de "Tato" apareció como el refugio definitivo. Entre el olor a aceite y metal, el peligro de la tormenta finalmente quedó atrás. Allí surgió el nombre de Edgar Ferreyra, un bombero de Laboulaye, y mi grito de "¡Aguante Laboulaye!" selló un pacto de hermandad espontánea antes de encarar el regreso hacia “La Docta”.

La despedida llegó con una invitación que es marca registrada de nuestra tierra: "Cuando vuelvas, ya sabés dónde pasar a tomar mates". Prometí volver, no con las manos vacías, sino con el sabor de las tabletas y los salames de mi terruño como ofrenda de gratitud.

Cuando retomé el camino hacia Córdoba capital, ya pasada la medianoche, la ruta 4 se sentía distinta. La oscuridad seguía allí, pero me acompañaba la certeza de que Natalia, Flor, Marcelo, Eduardo y "Tato" se habían transformado en mis ángeles ruteros..

La mañana siguiente trajo consigo una marea de notificaciones; mi posteo en redes sociales se había expandido por cada localidad vecina como un reguero de pólvora. Fue la prueba final de una verdad que esa noche de tormenta experimenté en carne propia: que en el interior profundo, la mano tendida no es publicidad; es la identidad misma, la forma visceral y honesta en la que sus habitantes deciden latir y sostenerse entre sí.