Días contados. Romper y arreglar: entre YouTube y papá

Gracias a mi 1,93 de altura, sigo siendo torpe. Ya no me caigo, pero cada tanto rompo algún objeto. Sucede que, si rompo algo ahora, lo tengo que arreglar, porque no están ni mamá ni papá para reponer.

20 de marzo de 2026 a las 11:46 p. m.
Romper y arreglar: entre YouTube y papá
Días Contados.

Nací con el don de la torpeza y con una habilidad inusual para romper cosas y mandarme macanas en momentos inoportunos. Entre mis highlights siempre cuento cuando, de viaje con un amigo y su novia, me pasaron el auto, recién sacado de la concesionaria, para que manejara unos kilómetros.

Al momento de devolverlo y ante el pedido de frenar en la banquina, quise poner una palanca de cambios automática en “punto muerto” y el estruendo del motor me aturdió: la pantalla, todavía con el plástico protector, nos pidió que lleváramos el auto al mecánico con urgencia. De esas, tengo miles.

Otra fue cuando, en la casa de otro amigo, en el sillón de su pareja (a quien en ese momento le caía mal), pegué un salto mortal después de hacerle un gol en un partido de Pro Evolution Soccer y le rompí a la mitad dos maderas largas del futón.

No iba a ser suficiente si me tragaba la tierra. “Se lo vas a tener que pagar”, me dijo muy serio, mientras ella escuchaba en otra habitación.

Una prolongada torpeza

Y así siempre: pelotazos en vidrios de la escuela, o en espejos de autos y motos de mi cuadra. Tengo en mi haber un sinfín de objetos rotos que, si me pongo a recordar, me llevarían más de mil palabras aquí.

De niño me caracterizó una prolongada torpeza. Todos nos golpeamos, caemos y nos raspamos entre los 4 y los 10 o 12 años, pero en mi caso fue casi extremo. Todos los días me sangraban las rodillas por caídas, o eventualmente me llevaba puesto algún poste o canasto cuando jugábamos en la calle.

Ni hablar de cuando quise empezar a andar en bici. Ahí me di mis mejores palos, con cicatrices que se me ven a lo lejos.

Esta virtud de romper todo de niño la equilibré en la adultez con la voluntad de aprender a reparar cosas.

Y al principio mi maestro fue YouTube. Tuve un acercamiento en la adolescencia, cuando estallé la computadora descargando archivos en Ares y en el buscador escribí: “Cómo volver atrás la computadora si un virus no me deja iniciar”.

El tutorial fue más dañino y la compu quedó obsoleta y destruida. Pero la vida da revancha.

El “Rompetutti”

Gracias a mi 1,93 de altura, sigo siendo torpe. Ya no me caigo, pero cada tanto rompo algún objeto. Sucede que, si rompo algo ahora, lo tengo que arreglar, porque no están ni mamá ni papá para reponer.

Así me pasó con la cortina persiana que tengo en el departamento donde alquilo. Apurado por atender el timbre, la levanté tan rápido que el tirón casi la elevó hasta la terraza y, cuando cayó, se quedó en el piso, sin que pudiera volver a elevarla con la correa.

También me pasó cuando, lavando el piso del baño, le di un golpe al flexible del bidé con la precisión de un martillazo, y el pinchazo lanzó el agua hasta el techo. Por último, en un fin de mes de julio, el calefactor me dejó a pata y no mantenía la llama del piloto encendida.

Dos de tres las resolví gracias a YouTube. Cabe destacar que los mejores tutoriales son los de esos héroes anónimos que filman en primera persona, a oscuras y con el peor plano posible. Pero no importa: lo que sirve es la buena explicación y el paso a paso que podemos repetir infinitamente hasta lograrlo.

Cuando vuelve a funcionar

Tal vez los ejemplos que puse de mis aprendizajes en la web sean simples (tengo varios más: joysticks, instalaciones de antenas y configuraciones de routers, ¡hasta descarga y grabación de películas en DVD para vender!). Pero la mayor alegría llega cuando el objeto vuelve a funcionar.

La cortina me dio pelea: no podía hacer funcionar la polea y los tirones me cortaron la mano en varias zonas. También me quedó desprolija, con la correa llena de grasa, la pared un poco manchada y medio torcido el plástico. No importa. Sube y baja. Y lo arreglé yo. Esa es otra característica de mis arreglos: funcionan, pero quedan desprolijos.

Sin embargo, el arreglo del calefactor el invierno pasado es mi mayor alegría como aprendiz. Por el frío de junio, por la épica de estar un buen rato en el piso peleando con las perillas y, sobre todo, porque esa vez no fue gracias a YouTube: lo hice gracias a mi papá.

Siempre admiré su facilidad para arreglar todo en la casa, desde el termotanque hasta las conexiones eléctricas. Hace unos años construyó, con sus propias manos, la casa en la que vive. Sin ser albañil, ni electricista ni plomero.

Soy mejor rompiendo que arreglando cosas. Pero me sentí profundamente orgulloso cuando, en esa videollamada invernal, mi papá me fue guiando paso a paso hasta que la llama del piloto volvió a encender y pude poner la calefacción al máximo.

Sé que lo más prudente era llamar a un gasista matriculado. Pero confié –y confío– en lo que sabe Raúl.

Para las cosas simples, siempre habrá un tutorial mal grabado de YouTube. Para lo complejo, todavía prefiero una videollamada con mi papá.