Días contados. Un blues para Julito Moya

Las mejores crónicas deportivas de Córdoba se escribieron con sus manos y en esa computadora frente a la cual se sentaba con un mate de madera y un termo gris.

11 de abril de 2026 a las 12:01 a. m.
Un blues para Julito Moya
Días contados: Julio Moya ilustración de Juan Delfini.

De todas las notas que tuve que escribir en mi intrascendente carrera de redactor periodístico, la más difícil fue la de la muerte de un amigo.

Todavía recuerdo cuando la noticia cayó en la redacción de La Voz del Interior. Mi jefe, primero, me dio el pésame y después me dijo:

–Nadie mejor que vos para escribirla.

Lo que salió aquel día en la web y luego en el diario papel no fue una nota. Fue un llanto largo. Pesado. También un agradecimiento. A un tipo que necesitaba irse después de una lucha injusta y dispar contra una enfermedad muy puta.

El quinto nochero

La nota arrancaba imitando su prosa. Porque yo intentaba copiarle todo.

“Si en una cancha la pelota siempre hay que dársela al 10, en una redacción las palabras había que dárselas a Julito Moya para que las escribiera”.

Así fue desde que lo conocí.

Yo era un pasante que entraba a un diario llamado Día a Día con la timidez del chico de pueblo. Y ese gordo con cara de enojado que escribía de Talleres de Córdoba y de todo lo que le gustaba –el boxeo, la música, el cine, los recitales– algo vio en mí.

Digamos que me apadrinó. Y me guio en muchos aspectos.

Era un bohemio. Un lobo solitario. El “quinto nochero”, como algunos amigos lo catalogaban.

No hablaba mucho. Te escuchaba. Te estudiaba.

Un tango o un blues

Trabajamos al lado casi 10 años. Viajábamos al laburo juntos. O sea: me llevaba en su camioneta. A veces, cuando se enojaba por alguna pavada, no me hablaba por varios días y yo volvía al bondi. Hasta que alguna tarde se acercaba, me ofrecía un mate y decía:

–A la salida te llevo y vamos a tomar algo.

Las mejores crónicas deportivas de Córdoba se escribieron con sus manos y en esa computadora frente a la cual se sentaba con un mate de madera y un termo gris.

Su casa era un compendio de diarios viejos, libros, discos, camisetas de fútbol, una bata de Muhammad Ali, bebidas varias y guitarras de todo tipo.

Su vida fue un tango. O un blues –esa música que le fascinaba y que me enseñó a escuchar–. Me pasaba películas y discos. Me culturizaba. Solo a cambio de charlas, asados interminables y cierres eternos en la redacción esperando algún partido.

La enfermedad se lo llevó muy rápido. Demasiado.

Nuestro Diego

Tuve la dicha de ser el nexo para que escribiera su último texto, aunque nadie sabía que sería el último. Fue para el libro Pelota de Papel, donde exjugadores escribían cuentos de fútbol. A mí me habían pedido un prólogo sobre la "Chanchita" Albornós, a quien ayudé con el suyo. Pero sentí que ese prólogo tenía que escribirlo Julio. Y así fue. Busquen ese libro. Es una delicia su texto.

Fui a visitarlo todas las semanas durante su enfermedad. Nunca quería decir cuál era. Lo suyo siempre fue negar las malas noticias. Las escondía.

En sus días finales ya no podía moverse. La esclerosis lo había tomado todo. Tampoco podía hablar. Pero recuerdo sus lágrimas cuando me vio entrar en esos últimos días. Sabía que era el final.

Me quedo con la tranquilidad de haber sido uno de esos tantos amigos que lo acompañaron. Las muestras de afecto fueron inmensas.

Julito fue nuestro Diego. O al menos el mío. El número 10 talentoso y atorrante. Bastante vago. Con un carácter jodido, bravo. Pero, como su amado Diego Maradona, con esa misma ocurrencia y la espontaneidad irrepetible.

Hace poco me topé con una foto suya entrevistando al gran Daniel Salzano y me prometí hacerle este homenaje. Merecía salir en el gran “Días contados” que leíamos religiosamente cada sábado en la redacción.

Los que tuvieron la suerte de leer y conocer al gran Julito Moya lo entenderán.

El vacío de su ausencia es tan grande como el tipo que fue.