Días contados. Colombia, mi amor
La escena volvía a ser violenta. Nosotras en malla, tiradas sobre la arena, y a dos metros policías con armas largas dispuestos para un operativo que no entendíamos.
El viaje por Colombia había salido a pedir de boca. Arrancamos junto a un grupo de jubilados con el que compartimos el proyecto de ir, primero, a San Andrés. Lugar ideal para descansar. Lugar ideal para jubilados o para dos jóvenes con mentalidad de jubiladas, como mi amiga y yo.
Un lugar, además, en el que la tiranía del aire acondicionado se hace sentir como en ninguna otra parte del mundo. Hay que ir con saco por las calles de San Andrés.
Afuera el termostato humano durante cualquier caminata marcará los 50 grados, se hará muy complicado hacer cualquier otra cosa que no sea estar tirado en la playa, pero al entrar a un local la cosa cambia por completo.
Los fundamentalistas del aire acondicionado quizás podrían tener en este pequeño espacio caribeño, en esta isla perdida entre corales, su club de fans oficial, porque la temperatura al interior de los negocios es de un literal frío polar. No lo vamos a negar, primero hay fuerte sensación de alivio que luego se transforma en una tortura helada que parece no tener punto medio: es eso o el tórrido eterno verano de la isla. Cada cual elige.
Como sea, San Andrés estuvo más que bien, y Cartagena también desplegó su encanto ante nuestros ojos.
Conseguí en una feria callejera un libro usado de El otoño del Patriarca.
Después de comprarlo me pasaron dos cosas curiosas. Primero, descubrí que era la primera edición, una joya de Gabriel García Márquez invaluable para mí. Y segundo, caminando por el casco viejo, un día se me ocurrió entrar en la fundación Nuevo Periodismo de García Márquez solo con la expectativa de mirar sus carteles y sacar alguna foto.
Después de cruzar el umbral de una enorme puerta de madera colonial y atravesar un pasillo algo oscuro y fresco, un hombre alegre me dio la bienvenida. Vestía una guayabera color claro (¿acaso hay guayaberas oscuras?) y tenía un encantador acento colombiano, el que yo considero el mejor acento de habla hispana.
Se presentó como Jaime, director del lugar; y yo demoré apenas unos segundos en darme cuenta de que estaba frente a mis ojos el mismísimo hermano de Gabriel García Márquez... era lo más cerca que estaría de un premio nobel en mi vida.
Me quiso convencer de anotarme para una de sus becas (no me animé a confesarle que ya me había anotado varias veces con resultados infructuosos) y se sacó una foto conmigo muy sonriente y amable.
Ahora la busqué para escribir este relato y recién me doy cuenta de que detrás tenemos un cuadro con la cara de García Márquez y una frase que dice: “El periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad”. Cuánta verdad.
Argentinos por el mundo
Pero no todo fue amabilidad en la ciudad del escritor. Cuando decidimos con mi amiga ir a pasar el día a las playas de Barú, vivimos una de las más violentas experiencias de Colombia. Estábamos abordando una lancha que nos llevaría hasta la isla cuando comenzamos a ver cómo nuestro capitán discutía con un hombre que parecía vivir en la calle.
El hombre descalzo le pedía por favor que le pagara su trabajo al capitán, y este se excusaba casi a los gritos. La escena fue shockeante y duró varios minutos, hasta que derrotado el hombre pobre se fue. Cuando nos acercamos, nos dimos cuenta de que se trataba de nuestro capitán y de que, ¡oh, casualidad!, era argentino, mejor dicho, porteño.
Arrancamos mal predispuestas y el viaje siguió siendo horrible, porque el argentino llevó la lancha a todo lo que daba. Sentíamos que íbamos a caernos del bote en cualquier momento y no podíamos hablar sobre lo ocurrido con el linyera porque el ruido del motor y las olas chocando con el barco no nos dejaban escuchar más que ese sonido estruendoso.
Finalmente llegamos y nos enteramos no sólo de que el argentino era el dueño y señor de unas lanchas, sino que además era dueño de uno de los bares de playa más importantes del sector.
A la media hora de llegar a “su playa”, cayó una horda de inspectores de la Secretaría del Interior y de la Alcaldía (eso decían sus chalecos) y, escoltados por una veintena de policías, rodearon el local. La escena volvía a ser violenta. Nosotras en malla, tiradas sobre la arena, y a dos metros policías con armas largas dispuestos para un operativo que no entendíamos. Nunca supimos qué estaba pasando, pero deseamos que al menos algún tipo de justicia cayera sobre los hombros del porteño.
Se te ve la tanga
Vayamos ahora a lo verdaderamente estresante del viaje: el Parque Nacional Tayrona. Arrancamos con el pie izquierdo cuando las dos llegamos a la puerta del lugar luego de una larga hora de viaje y nos dimos cuenta de que para entrar (y quedarnos a dormir una noche como habíamos planificado) había que tener el DNI o el pasaporte. No habíamos llevado ninguno de los dos. La negociación fue larga, pero mi amiga logró el milagro: entramos.
Pasamos dos días hermosos en el lugar (merece una columna aparte este sitio bendecido por Dios), pero al momento de irnos tuvimos una larga sucesión de hechos desafortunados.
Por empezar, el pasaje en lancha que habíamos comprado para volver estaba estipulado una hora después del horario que nos habían indicado al momento de la venta, lo que haría imposible que lográramos llegar a tiempo al bus que nos llevaría más tarde desde Taganga hacia Cartagena de regreso. ¿Qué había pasado? Claramente por error en el hostel, vendieron los tickets, pero indicaron mal los horarios.
Con todo comprado y a punto de salir del parque reclamamos en la zona de barcos el malentendido y ellos se comunicaron con nuestro hostel para hacerles saber el error. Desde el otro lado, se comprometieron a retener al bus, que nos buscaría a las 17.30, hasta que llegáramos a tierra firme y a esperarnos en el puerto para llevarnos de urgencia al punto de recogida.
El viaje de regreso estuvo teñido de melancolía por dejar ese bellísimo lugar atrás.
Cuando el barco se acercó a la costa de Taganga (último punto de “civilización” para llegar y volver de Tayrona), un chico nos esperaba ansioso y decía a los gritos nuestros nombres. Bajamos a las apuradas cuando aún el barco no había atracado y en el ínterin a mi amiga se le cayó la bombacha de la bikini que llevaba atada a su mochila para que se secara.
Cuando estábamos llegando al encuentro de nuestro salvador, desde el barco gritaron “¿de quién es esta tanga?, ¡¿de quién es esta tanga?!”. Mi amiga corrió a buscarla y no tuvo tiempo ni ganas para explicarle que se trataba de un culotte y no de una tanga.
Muertas de risa y vergüenza nos fuimos con el chico que nos buscaba y, cuando quisimos ver, nos ofreció que subiéramos rápido y sin pensarlo a una moto destartalada. ¿Cómo íbamos a entrar los tres en una sola moto pequeña?
Mi amiga comenzó a gritar que no lo haría, que no había casi donde sentarse, que no había espacio para apoyar los pies, cuando el chico la empujó sobre el vehículo y arrancó.
Se metió por entre los autos y quién sabe si respetó el sentido de las calles, que por otra parte eran de tierra. No pudimos ni siquiera asustarnos con ese asunto porque tratábamos de mantener el equilibrio y sostener las mochilas.
Mi amiga no abandonaba el grito “¡no tengo dónde apoyar los pies!” cuando vi que el motoquero esquivó a una chiva rumbera (buses tradicionales adornados con luces y usados para festejos) con magistral pericia. Fue una verdadera locura, pero pensé que con semejante conductor nada podía salir mal.
Llegamos al hostel y la chica que nos había vendido mal los pasajes estaba al borde de las lágrimas, se había equivocado y no había podido retener a nuestro bus. Nosotros queríamos matarla, gritarle, pero estaba embarazada, y eso nos apiadó. Se ofreció a pagarnos un taxi que saliera a perseguir al bus por la ruta, y si bien decidimos aceptar, no quisimos que lo pagara.
Salimos a toda mostaza con destino incierto en un auto comandado por un taxista copado que había entendido la misión... pero a dos cuadras me di cuenta de que había dejado en el locker del hostel mi pasaporte y mi dinero. Volvimos, todo parecía empeorar.
El taxista dijo que sabía dónde interceptar al colectivo y manejó desquiciadamente hasta una parada en la que podríamos encontrarlo. Cuando llegamos, nos confirmaron que ya se había ido y de nuevo entramos en pánico. La zanahoria, otra vez, lejos de nuestro hocico. Salimos a las corridas hacia una parada siguiente y allí estaba el deseado colectivo.
Fue tal la fiesta que nos abrazamos con el taxista y luego con el chofer del bus, que casi no entendía nada.
Cuando entramos y por fin nos desplomamos alegres sobre los asientos, una pareja de porteños que estaba sentada al lado nuestro hizo un comentario por lo bajo sobre el tiempo que habían tenido que esperarnos. No quisimos responderles ni explicarles que el error no había sido nuestro, pero pensamos: “¡Argentinos tenían que ser!”.

