Días contados. La Scaloneta de los invisibles
A algunos les parecerá una lista de 26 desconocidos. Pero cuando se ponen la celeste y blanca debajo o arriba del mameluco, son capaces de ganarle hasta al olvido.
Mientras que en los edificios espejados de la calle Mercedes, en Pilar, provincia de Buenos Aires –previa jugada de escritorio, literal, que mandó la histórica sede de Viamonte al exilio, para gambetear algunas cartas documento–, los tipos de traje discuten si un volante de la Premier llega con el isquiotibial entero, acá abajo el aire es otro.
En la Argentina que madruga con el sabor metálico del primer mate, la lista de los 26 ya estaba cerrada. No la firmó el DT del conjunto deportivo: la firmó el destino en una servilleta de bar con perfume a aserrín y fluido Manchester, donde el tiempo no pasa, se acumula. Porque para ganar el Mundial de la convocatoria final, que se juega de lunes a lunes sin zona mixta, sin VAR y con la hidratación paga del bolsillo propio, necesitamos gente que sepa lo que es el roce.
Esta convocatoria es antropología del aguante. Si el fútbol, como decía Dolina, es la última épica que nos queda, el laburo es la retórica para salir a la cancha. En México, Canadá, yanquilandia y en todas partes. Por eso, el dueño de los tres palos será el empleado del Rapipago en hora pico.
El tipo no necesita guantes de látex; tiene las palmas curtidas de sellar facturas de luz vencidas, mientras una fila de jubilados lo ametralla con la mirada, como si él fuera el culpable de la inflación o del mal tiempo. Tiene reflejos felinos para detectar el billete de mil falso antes de que toque el mostrador, y una vista periférica que aplaudiría "el Dibu" para anticipar al que se quiere colar por la izquierda con la excusa de "¿una preguntita nomás, eh?". El arco de la paciencia nacional está en buenas manos.
Defensores
La línea de fondo es un poema al rigor, una defensa en zona contra la desesperación. El "2", el central que te mide el fémur antes de saludarte, es el carnicero de tu barrio. Un tipo que no te pide permiso para sacarte la pelota; te juna a la distancia con la misma precisión quirúrgica con la que te separa dos kilos de peceto de la grasa. Si hay un centro al área, el tipo sale con la convicción del que sabe que el hueso es sólo un trámite burocrático entre el cuchillo y la verdad.
Al ladito, nomás, para barrer con todo, obvio que pasa el barrendero municipal. El tipo deja la zona impecable: no pasa una hoja de otoño, ni restos de cigarrillos tirados ayer, ni un delantero de Argelia, ni un austríaco, ni un jordano. Y posiblemente en Octavos –y que vengan de a uno– el portugués, el cafetero o el francés. A su casa todos. Contra el escobillón, no hay bicicleta que valga. Es el orden frente al caos de la vereda, la calle, la cancha y el cantero. Hay mística para limpiar lo que otros ensucian.
Por los costados, no jodan con laterales de proyección de elite. Danos un sodero. Ese animal de galaxia propia que sube y baja de la camioneta 300 veces por mañana y no se queja ni de la humedad que le transpira en toda la chata. Tiene gemelos de piedra y el hombro derecho un poco más bajo, por el peso de la historia y los cajones. Recorre la banda haciendo equilibrio de mozo con varios sifones en una mano; un jugador de canchas de asfalto con la fe de quien sabe que el área tiene que quedar hidratada, pase lo que pase. Es un carrilero incansable que, si tiene que tirar un centro, lo tira con la presión justa para que el gas no se pierda en el camino.
Mediocampistas
En el mediocampo, se cocina la metafísica del país, donde el tiempo se detiene a fumar un pucho. El "5" tapón es un mozo de café, de esos que llevan la bandeja como si fuera un sensor de sismos.
El tipo maneja el centro del salón con la elegancia de un lord caído en desgracia y la viveza de un estafador. Sabe quién entra, quién sale, quién debe y quién está por llorar en el rincón más oscuro del local.
No corre: se desliza. Es el dueño de la pausa, el que te enfría el partido con un cortado bien servido, justo cuando el rival se nos viene encima y la vida se pone un poco insoportable.
Y el “10”, bueh... Le saquemos punta a cualquier redactor publicitario de esos que ya no duermen y que tienen los ojos como dos faroles quemados. Un tipo que ve el hueco donde los demás ven una pared de ladrillo visto.
Es el que tira EL concepto, ese pase filtrado que nadie esperaba, para que el resto sólo tenga que empujarla al fondo de la red de la opinión pública. Vive del chispazo, de esa mentira hermosa que se convierte en verdad por más de 90 minutos. Sabe que la realidad es un borrador que siempre se puede mejorar.
Delanteros
Arriba, la cosa se pone peluda. En las puntas, necesitamos vértigo. Nuestro extremo derecho es el motoquero del delivery cascoteado. Tiene más de siete vidas: tiene casi todas, incluyendo la etapa clínica del videojuego.
Vive al límite del fuera de juego, desafiando las leyes de la física y los semáforos en rojo como quien desafía la muerte por una propina más chica que la luz del guiño. Su vida es el desborde constante, la aceleración pura para meter el pedido en el área chica antes de que se enfríe la muzza.
Y como "9" de área, calentá que entrás, vendedor ambulante de cualquier peatonal. Dale, viejo, dale. Vive del error ajeno, del pestañeo del apurado o el despistado. Tiene una sola oportunidad para "embocarte" un par de medias o un cargador de celu que no carga nada.
Si dudás, te la mandó a guardar con comprobante de transferencia y todo. Es el oportunismo hecho carne, el que festeja el gol mientras vos todavía te estás preguntando cómo terminaste comprando eso, que ahora, de repente, parece vital.
Suplentes
La lista se completa con el recambio necesario para manejar tiempos y pulsaciones ante los segundos eternos. Inspectores de colectivos que te cortan el avance y el chamullo con la frialdad de un verdugo. Son serenos de edificios que esperan el milagro en el banco de suplentes, mientras miran una tele sin sonido.
Sumemos a los jubilados del team bochas en la plaza, los verdaderos maestros de la táctica, los que Scaloni guarda para el tiempo de descuento. Y vos mismo –sí, vos–, que pasaste por acá y, cuando juega Argentina, estás allá y en todas partes defendiendo, rezando y jugando imaginariamente. Con tu corazón de hincha, con o sin camiseta, cumplís el sueño del pibe y del viejo, si el otro Lionel te manda a la cancha.
Vos sí que sabés cuidarla bajo la suela gastada del potrero de tu calle. Bienvenidos los suplentes que saben que el partido se gana por canas, por saber esperar a que la bocha ruede sola y no por correr al pedo detrás de una sombra.
Estos son los invisibles. Un equipo con tipos que no tienen canje de botines ni seguidores en las redes, sino callos por todos lados y una fe inquebrantable, que por más que el dólar suba o el mundo se caiga, hay que volver a salir a la cancha. Saben que si uno no sufre, el triunfo no tiene gusto a nada, y por eso avanzan, incluso con una sonrisa que parece una mueca de cansancio.
A algunos les parecerá una lista de 26 desconocidos. Pero cuando se ponen la celeste y blanca debajo o arriba del mameluco, son capaces de ganarle hasta al olvido.
Porque al final del día, el fútbol no es más que eso: el pretexto que inventamos para creer que, por una vez, los embajadores también somos nosotros. Y que quizá, solo por este Mundial, nos toca jugar.

