Días contados. Entre cámaras analógicas y la nostalgia de lo que no fue
Frente a la inmediatez de lo digital, cada vez más anhelamos que las vivencias permanezcan en el tiempo.
¿Por qué vuelven las cámaras digitales? ¿Por qué revelamos rollos de cámaras analógicas que robamos a nuestros padres o abuelos?
Nos habita una nostalgia de vivir un momento del que casi no fuimos parte. Bah, me expreso a título personal, pero puedo sentir que a nivel colectivo la generación Z quiere volver a un ritmo que no llegó a experimentar, al menos no del todo. Algo así como la sensación de extrañar lo que no pudo ser.
De vez en cuando, hojeo las decenas de álbumes de fotos guardadas hace, por lo menos, 15 años, debajo del mueble del televisor del living.
Encuentro de todo: parientes fallecidos, mi mamá con peinados noventosos; el furor del primer hijo; cumpleaños familiares; varicelas; primeros días de escuela y guardapolvos; piñatas de globo; chalecos de lana; bautismos e imágenes que emanan humedad, y mates en las sierras.
Álbumes intervenidos
Aprecio los álbumes, bien coloridos, con el logo de Kodak en la tapa. Los folios un tanto destrozados, los retratos de distintos tamaños que no encajan perfectamente. Hasta algunos tienen stickers que, imagino, venían con los álbumes.
Veo huellas dactilares, indicio de un álbum “toqueteado”, con historia encima. Había una honestidad en esa manera de registrar. No había límites, todo estaba permitido.
El error era parte de la práctica: a veces las fotos salían movidas, otras veces los ojos de la persona se veían rojos diabólicos por el flash. Eso era autenticidad.
Noto indicaciones escritas con lapicera al comienzo de cada álbum. “Las Calles, enero 2004”. Veo este en particular, mis fotos de bebé, y recuerdo el relato de mis padres sobre cómo les arruiné la tranquilidad de las vacaciones en las Sierras (jamás lo dirían con esas palabras, pero sé que un poco eso fue lo que sucedió).
Ni siquiera había cumplido el año, y ese verano decidí que era un buen momento para dar mis primeros pasos. “Era un peligro, menos mal que la pileta estaba lejos”, me cuenta mi mamá mientras conversamos sobre cuál es la edad promedio en la que los bebés empiezan a caminar.
Pero, sin duda alguna, el tesoro más preciado que se puede encontrar en ese estante son los tan característicos álbumes de mi abuelo paterno “Lito” o "Tata", como lo apodábamos con mis primos.
Él sacaba muchas fotos. Muchas muchas, en todo momento. Luego las llevaba a revelar y entregaba el material con una sentida dedicatoria; lo fundamental del gesto.
Entre tanta mudanza, me doy cuenta de que no encuentro álbumes con dedicatorias para mí, pero sí una muy elocuente para mi hermano, Manuel.
Es larga, pero vale la pena leerla: “12 de octubre del 2005: Manuel es designado escolta. En la primera foto está pensando 'yo debiera ser abanderado, ¡qué injusticia!'. En la segunda foto mira con envidia a la abanderada, pero se acuerda de los versos de Martín Fierro 'a nadie tengas envidia', etc., etc. y se olvida. En la tercera y cuarta asume su rol de escolta y en la quinta pone cara de guerra y se promete seguirla constantemente y defenderla hasta perder la vida. En la sexta foto Félix escucha atentamente un discurso. En la séptima foto Merceditas exclama '¡Qué cagada hice, le tiré la máquina de foto del Tata al suelo!'".
Las restantes fotos son del festejo de cumpleaños del príncipe Manuel: 10 jóvenes y flamantes añitos.
"Que Dios me lo conserve sano, bueno, estudioso y buen cristiano, son los deseos y ruegos del Tata”,
Mientras leo en voz alta, tomo mate y mando una foto al grupo familiar, mi mamá exclama: “¡Qué divino era ese 'Tata'! Mirá si lo viera a Manuel ahora… de cristiano no tiene nada”.
Y estas dedicatorias no son sólo un texto. Es el resultado de algo que fue pensado y que llevó tiempo y corazón. Elegir cuidadosamente los momentos que quería que nos lleváramos y darle un giro para que cobrara más sentido aquella mundanidad. (O en una de esas sólo buscaba hacernos reír un rato).
Analógicos de corazón
El ritual de esta práctica, que ahora parece tan lejana, es lo que la hace tan especial. Llevar la cámara a un encuentro (no como el gesto ya automatizado de guardar el celular en el bolsillo) y que el momento de sacar la foto sea pensado y específico. Semanas después, seleccionar las fotos cuidadosamente (aunque a veces salga colado un dedo), decidir qué instantes vale la pena guardar y en dónde. Llevar a revelar, comprar un álbum. Guardar lo tangible en un espacio físico y no en una nube.
Algo en este concepto de digitalización no me termina de convencer. Vivo en el presente, sí, pero me gusta retener lo que me conmueve: momentos de disfrute, personas a las que amo, comidas y bebidas que me hicieron feliz, paisajes que me deslumbraron y conciertos que me hicieron cantar a los gritos.
Pero…¿cuánto de eso es especial y cuánto es tan solo una medialuna en un desayuno de 30 minutos en un café cualquiera? ¿Cuánto hay de genuino en todo esto?
Si con el tiempo la dinámica pasó de revelar a descargar, y de descargar a simplemente almacenar en un universo desconocido…¿qué sigue? Quizás estoy pensando de más, quizás me estoy adelantando.
Vuelvo para atrás y trato de entender, mientras escribo esto, qué pretendemos con revivir lo analógico y cuál es la obsesión que escondemos. Creo que buscamos la permanencia… que, entre tanta inmediatez y fugacidad, algo se quede. Que el recuerdo pese, que sea difícil de desechar, pero fácil de perder. Que junte polvo y signifique más que la repetición de los días. Algo que al encontrarlo por azar nos tome por sorpresa, nos pegue un cachetazo emocional y nos recuerde vívidamente aquel instante que creíamos haber olvidado.

