A 50 años del Golpe. La memoria de los huesos: cómo la genética ayudó a identificar a los 12 desaparecidos en La Perla
Carlos Vullo, director del Laboratorio de Genética del Equipo Argentino de Antropología Forense, explicó cómo fue el desafío de trazar perfiles genéticos en muestras de huesos que resistieron casi 50 años a las inclemencias del tiempo en Córdoba.
Mario Alberto Nívoli era baterista de una banda en Las Perdices, su pueblo del interior cordobés. Le gustaba leer y jugar al billar. Lo recuerdan inteligente e introvertido. Tras cursar la secundaria, se mudó a Santa Fe para estudiar ingeniería química en la Universidad Nacional del Litoral.
Su vida se interrumpió el 14 de febrero de 1977 cuando fue secuestrado por la dictadura militar. En ese momento estaba casado y tenía dos hijos: la menor, Soledad, de cuatro meses.
Cuando ya había perdido las esperanzas, casi 50 años después, Soledad recibió un llamado del Juzgado Federal de Córdoba. El Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) había hallado restos de su padre en una fosa del sitio de detención ilegal de La Perla. Ese lugar ya había sido removido en 1979.
Nívoli fue una de las 12 personas que lograron ser ahora identificadas después de un arduo trabajo interdisciplinario. Además de los antropólogos –encargados de clasificar y depurar el material encontrado– la genética tuvo un rol fundamental.

Es que los esqueletos no estaban completos y los huesos, fragmentados. Había que reconstruir la historia de cada pequeño resto óseo, identificar el ADN –esa molécula que funciona como una cédula de identidad que nos hace únicos e irrepetibles– y encontrar coincidencias en las muestras de sangre del banco nacional de datos de familiares que buscan desaparecidos durante la dictadura militar.
Asignatura pendiente
En 2003, el EAAF llegó a Córdoba para llevar adelante las exhumaciones en el cementerio San Vicente. Aquí se lograron 17 identificaciones.
En 2015, en los Hornos de Cal de la Ochoa, lograron ser identificadas otras cuatro personas más, en este caso, estudiantes de medicina.

Las investigaciones en La Perla comenzaron hace más de 20 años, pero fue recién en 2024 cuando el geólogo de la Universidad Nacional de Río Cuarto, Guillermo Sagripanti, pudo acceder a unas fotografías aéreas del lugar de 1979 y con nueva tecnología acotar la zona de excavación a 10 hectáreas.
En 1979, antes de que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) visitara el país, los militares habían removido los cadáveres que estaban enterrados en las inmediaciones del casco de La Perla para borrar evidencias. Por eso se encontraron restos óseos desarticulados y dispersos, recordó la periodista Ana Mariani.
“Este nuevo hallazgo es significativo para Córdoba. Una de las asignaturas pendientes era encontrar la fosa de La Perla donde se enterraron desaparecidos”, explicó Carlos Vullo, director del Laboratorio de Genética del EAAF.
El aporte de la genética
Trazar un perfil genético en pequeños restos de huesos conllevó varios desafíos. Primero porque permanecieron en el suelo durante casi 50 años, expuestos a las inclemencias del tiempo y de los agentes patógenos que puedan llegar a contaminar la muestra.

De arranque, los especialistas del Laboratorio de Genética realizaron una descontaminación exhaustiva para preservar el ADN genuino de cada resto óseo. También, para eliminar posibles hongos y bacterias.
Acto seguido, se molieron los huesos o dientes, hasta formar un polvo muy fino que pudiera ser descalcificado.
Con la ayuda de equipos semiautomatizados, se extrajo el ADN en cada muestra. Es la molécula que contiene información hereditaria de las personas.

Ordenar las hojas de un papel
El segundo paso fue reconstruir las piezas del ADN que venían fragmentadas. Vullo lo explica con el siguiente ejemplo: “Es como si quisiéramos leer una hoja que está fragmentada en cuatro partes. Si unimos esos pedazos, podemos seguir leyendo igual. Pero si uno rompe ese papel en 120 partes, es mucho más difícil acomodar las piezas del texto”.
Una vez que se obtiene el extracto del ADN, se lo cuantifica para analizar su cantidad y calidad. Luego se lo amplifica a través de técnicas moleculares de PCR –como las que se utilizaron durante la pandemia–. “Ahí obtenemos el perfil genético, una especie de documento de identidad biológico que tiene cada individuo.
La probabilidad de que ese perfil coincida con otra persona es muy baja, salvo que sean hermanos, mellizos o gemelos”, agregó Vullo.
El cotejo con la base de datos
Otro de los desafíos fue cotejar el perfil genético de los restos óseos con las muestras de sangre donadas en el país por familiares que buscan desaparecidos durante la dictadura militar. Se estima que existen entre 12 mil y 14 mil personas que buscan en Argentina.

“Es más fácil comparar las muestras con genealogías de primera generación. Lo ideal es contar con muestras de madre y padre del desaparecido. Pero al pasar tantos años, a veces tenemos muestras de segunda generación, como los tíos. O de tercera, como un primo”, explicó..
Pese a que la muestra de familiares que buscan a personas es muy amplia, el EAAF cuenta con un software muy poderoso que permite establecer coincidencias en una hora y media.

“Uno de los momentos más emocionantes es cuando ponemos los datos en el sistema y el mismo software establece si hay coincidencias”, agrega.
Al Laboratorio de Genética, todo el material le llega codificado. Si hay coincidencias, éstas se establecen por números no por nombres o apellidos. La información es remitida al equipo de antropólogos, que cotejan los datos con el resto de información recolectada. La Justicia se encarga de dar aviso a los familiares.
Un final abierto
El jueves de la semana pasada, el Juzgado Federal 3 de Córdoba, a cargo de Miguel Vaca Narvaja, reveló la identidad de 11 de las 12 personas encontradas. Una familia prefirió preservar el anonimato. Otras optaron por dar sus testimonios.
Para ese entonces, el equipo de antropología había comunicado los primeros hallazgos. Y Soledad Nívoli, hija de Mario Alberto, ya lo había contado en la radio de Ucacha, donde había nacido su papá.
En diálogo con La Voz, Soledad expresó: “Cuando supe que en septiembre habían encontrado la fosa de La Perla y que mi papá podía estar ahí, comencé a ordenar mi casa. A hacer lugar. Ahora me doy cuenta de que lo estaba esperando”.
Por su parte, Vullo recordó que todo proceso de identificación puede durar años. Recordó que los familiares que buscan desaparecidos pueden acercarse a donar sus muestras de sangre para seguir cotejando datos: “Estos casos abiertos sabemos cuando empiezan, pero no cuando terminan”, finalizó el especialista.



