24 de marzo. A 50 años del Golpe militar, subsisten efectos psicosociales en la población: un trauma colectivo
Especialistas aseguran que el impacto psicológico que provocó la dictadura transita una etapa de resurgimiento a la luz de los mecanismos discursivos negacionistas. La relevancia de poder duelar a las víctimas.
Las consecuencias que el Golpe de estado dejó en Argentina abarcan lo político, lo social, lo económico y lo cultural, y forman parte de un proceso histórico que cumple 50 años. Pero además de los efectos individuales directos que provocó en detenidos o desaparecidos y su entorno cercano, los expertos afirman que hay un impacto psicosocial general que se produce sobre la población.
Algunos de esos efectos comunitarios habían menguado pero seguían latentes y hoy, producto de la circulación de discursos negacionistas, vuelven a resurgir.
En particular, los especialistas del campo de la psicología sostienen que las narrativas que actualmente se difunden desde la investidura presidencial o desde otros cargos de autoridad rompen los acuerdos y contratos sociales que existían acerca de los valores vigentes alrededor de la convivencia democrática y la memoria colectiva.
Impacto social
Uno de los efectos que señalan es el de la repetición. En general, los países que han sufrido el terrorismo de Estado presentan una desconfianza en las instituciones producto de la impunidad y la no sanción de los delitos, algo que a su vez favorece la repetición de dichos actos.
“Los discursos actuales promueven la impunidad de la violencia política estatal. Eso permite, de alguna manera, la repetición de las conductas que se consideraron negativas todo este tiempo. Así se percibe la represión como un mecanismo que debería volver a tener vigencia", explica a La Voz Matías Dreizik, profesor de Psicología y DDHH en la Facultad de Psicología de la UNC y miembro del Instituto de Investigaciones Psicológicas (IIPSI).
Otro de los efectos tiene que ver con una anestesia afectiva, un proceso mediante el cual se retira la carga emocional de algunos aspectos de la vida social. “La participación que teníamos en la vida social se ve alterada, primero por un temor, pero sobre todo por el recuerdo de ese temor. Se observa en una abulia o apatía en lo político y una tendencia a la desmovilización”, desarrolla el especialista.
También vuelve a producirse una ruptura en los lazos sociales gracias a las ideas que circulaban en ese momento y vuelven a surgir en la actualidad. “El individualismo, el ´sálvese quien pueda´, las oportunidades sin apoyo, la idea de que cada uno puede hacer lo que quiera sin un otro. Además, todo lo trabajado sobre derechos humanos y la memoria colectiva acerca de lo que fue el proceso militar vuelve a ponerse en duda”.
Por su parte Silvia Plaza, licenciada en Psicología (MP 1156) y magíster en Derechos Humanos, señala la tendencia a producir una escisión o separación de la catástrofe o el desastre. “Se trata de situar al evento como desconocido para que no nos afecte, tanto en lo social como en lo individual. La dictadura y la democracia son tensiones que tienden a subsumir una a la otra y así mantenerse desafectadas”, refiere.
Esto provoca que veamos solo los efectos y no las causas que producen esa separación y que ocurran desplazamientos en lo social, en el lenguaje, en las acciones, en el modo de transitar la ciudad, de habitar lugares y de relacionarnos. “Eso puede producir vaciamientos en los espacios de actuación”, advierte.
Inducciones psicosociales
Asimismo, Plaza subraya las inducciones psicosociales que durante el Golpe militar ocurrieron y se sostienen todavía hoy. Entre ellas menciona la inducción al olvido y al silencio que fueron moldeando la memoria del pasado
“A veces pensamos que a nosotros no nos atraviesan las nuevas producciones discursivas del neoliberalismo, porque tenemos posiciones tomadas, pero sí lo hacen porque son mecanismos provocados”, subraya.
En esa misma línea, Dreizik habla de efectos de alienación que vuelven a reeditarse. “La inducción al silencio con frases como el ´no te metas´ o ´algo habrán hecho´ justifican la represión, los borramientos o la distorsión perceptiva y ponen en cuestión la memoria de qué sucedió, qué valores se alteraron y cómo tiene que continuar la sociedad”.
Otra herramienta del terrorismo de Estado fue la inducción al miedo. “Esas estrategias impulsaron al disciplinamiento y el ordenamiento, no solo social, sino también de los cuerpos. El relato construido de lo que fue la dictadura se complementó con el miedo y así adquirió otro significado. No solo estaba la experiencia de haber vivido ese miedo, sino también la experiencia de haber sido inducidos a el”, dice Plaza.
Y agrega: “Además hay una relación entre la amenaza y el miedo: siempre que hay miedo es porque se produjo una amenaza real o latente. El miedo no ha cesado y junto con las amenazas siguen estableciendo relaciones eficaces”.
La inducción a la culpa y a la responsabilidad, en este caso del desaparecido, fue otro mecanismo usual. Actualmente Plaza asegura que existe una inducción a culpar y responsabilizar al individuo, lo que provoca la aceptación de la discriminación y la segregación de determinados sujetos o conjuntos de personas por distintas características como ser empleado público, jubilado, universitario, etc.
“Se delinea una trama social que no acoge al otro como un semejante sino como una persona a combatir: combatir al vago, al empleado público, al periodista. Es un proceso de acallamiento que 50 años después se sigue produciendo”, sostiene.
Efectos en el individuo
Cabe recordar que esta etapa de nuestra historia generó de forma innegable consecuencias psicológicas en víctimas y sus familiares. Algunas de ellas son particulares de estos casos y muchas otras pueden observarse también en la población general.
Héctor Valenzuela, psicólogo (MP 6067) dedicado hace años al acompañamiento de víctimas y familiares del terrorismo de Estado, sostiene que uno de los efectos a nivel individual más fuerte, y que también existe a nivel social, es la vivificación o presentificación del trauma.
“Muchas de estas situaciones son sintomáticas y se evidencian en el cuerpo cuando existe un evento traumático con una gran carga de violencia que la estructura psíquica del sujeto no está preparada para elaborar. Es lo que comúnmente se conoce como trastorno por estrés postraumático”, expone Valenzuela.
Entre las manifestaciones psicosomáticas más frecuentes menciona el insomnio, las alergias, los eventos depresivos, la angustia, el agobio, la ansiedad, los problemas gastrointestinales pero también, en casos graves, el abuso de medicación o de sustancias, la ideación suicida o los intentos de suicidio.
Respecto de los problemas de sociabilización de las víctimas explica que esto ocurre en muchas de ellas pero no en todas, sobre todo, gracias al trabajo de las instituciones de derechos humanos, que se componen mayoritariamente por ellos.
“El acompañamiento de estos espacios logró agrupar a la gente para sobrellevar la angustia y el trauma. Pero es común que la sociedad todavía mantenga sentimientos de desconfianza hacia las instituciones y la democracia”, señala.
El sentimiento de culpa o responsabilidad de muchas víctimas por los delitos estatales y por “haber sobrevivido a costa de la muerte de otros” es otro efecto observado en los pacientes. Sin embargo, muchas personas pudieron superarlo gracias a la asistencia psicoterapéutica o sin ella.
“Hay otros que todavía no lo logran incluso con acompañamiento de años. “El trabajo en esos casos implica resignificar el trauma y ponerlo en un lugar donde su afectación y carga emocional no sean tan pesados como para no permitir la vida”, dice.
El lugar clave de los procesos de duelo
Los especialistas coinciden en que un efecto fundamental de la violencia estatal de la dictadura, tanto a nivel individual como social, fue la alteración de los procesos de duelo de las familias que en la mayoría de casos no contaban con los cuerpos de los fallecidos para darles un cierre.
En ese sentido, cobra una importancia vital la reciente identificación de los cuerpos que se encontraron en el centro de detención La Perla. “Este hallazgo le da una conclusión a estos duelos prolongados que generan situaciones complejas para los familiares. También es un hecho muy importante para la sociedad y nuestra construcción de la memoria colectiva”, remarca Dreizik.
En esa línea, Plaza asegura que la dictadura produjo dos afectaciones importantes: una en el nacimiento y otra en la muerte. En el primero refiere a los niños nacidos y no nacidos desaparecidos y a la exposición de estos a la tortura de sus padres.
“Tocaron los nacimientos y ahí alteraron toda la trama familiar: abuelos, hermanos, tíos, primos y hasta las próximas generaciones, sobre todo si no se tramita”, dice la psicóloga. En este punto coincide Valenzuela cuando menciona que la “transmisión del trauma” se produce de manera “generacional y transgeneracional”.
La afectación de la muerte, por su parte, tiene que ver con la obligación impuesta a familiares de declarar la muerte de sus seres queridos cuando en rigor no sabían dónde estaban. “El Estado decidía quién vivía, quién moría y de qué forma. El desaparecido implicó la producción de un duelo sin cuerpo, de un duelo suspendido”, comenta Plaza.
Según define, la dictadura se apropió de las bienvenidas y despedidas de la vida dejándolas con un vacío generado por el ser querido que no habla y que no tiene voz porque se desconoce qué le pasó.
“Se alteraron los procesos vitales de la sociedad y por lo tanto se alteró nuestra cultura. No podemos esperar que esto sea algo indiferente en nuestro imaginario o en nuestra construcción como pueblo argentino”, cierra.






