Gente picante. Coqui Dutto: Hace falta jugar con tierra y agua

Coqui Dutto es música, referente nacional de la música para la primera infancia. Fundó La Chicharra y hoy dirige el teatro Real. Habla de los cambios en la crianza, de las pantallas, de los límites y de la autenticidad que encuentra en los chicos.

26 de julio de 2026 a las 10:01 a. m.
Coqui Dutto: Hace falta jugar con tierra y agua
Coqui Dutto, una de las principales referentes argentinas en arte y primera infancia.

–¿Cuándo decidiste que te ibas a dedicar a los chicos? ¿Cómo aparece eso?

–Yo pensaba que había sido más tarde, pero en realidad fue desde muy chica, desde la adolescencia. Recuerdo que, para ganarme unos pesos, animaba fiestas infantiles con Valeria Bortoletto. Ella hacía la parte de los títeres y yo cantaba, ayudaba con los juegos y la organización. Ahí empecé a descubrir que me gustaba trabajar con niños. Después eso quedó un poco postergado, porque yo pensaba que me iba a dedicar a hacer música en general, a cantar, que siempre me gustó.

–Eras muy joven.

–Claro. Yo soy del '67, así que estamos hablando de finales de los '70, cuando prácticamente no existía la animación de cumpleaños infantiles. Las fiestas seguían siendo en las casas de familia y los padres que no sabían qué hacer con los chicos nos contrataban. Hacíamos títeres, música y juegos. Con el tiempo empecé a estudiar música en la Universidad y a trabajar con un coro de niños. Ahí fue maravilloso, porque me encontré trabajando con ellos y descubrí que esa era mi mejor versión. También daba clases a adolescentes y estaba cómoda, pero era distinto. Con los niños y las niñas, me sentía auténtica, feliz. De ahí surgió la posibilidad de cantar en televisión con unos amigos que estudiaban conmigo. Empezamos haciendo canciones de María Elena Walsh y después canciones de Eduardo Allende. Entonces dijimos: “Hagamos tus canciones”. Así nació La Chicharra. Y ya no pude dejar nunca más ese camino.

–¿Qué te dan los chicos?

–Me reflejo en su inocencia, en su espontaneidad, en su creatividad y en su capacidad permanente de jugar. Sobre todo, me permiten ser auténtica. Con ellos me doy licencias para hacer cosas para las que los adultos pedimos permiso constantemente. Eso no significa ausencia de límites. Cuando uno trabaja con niños, hay acuerdos, reglas, disciplina. El juego también tiene normas.

–Y además te dicen enseguida si algo les gusta o no.

–Son muy exigentes y muy sinceros. Y a mí me encanta esa sinceridad. Una de las cosas que menos me gusta del mundo adulto es el doble discurso: decir una cosa y hacer otra. La sinceridad de los niños es algo que no quiero perder nunca en mi vida.

Con Eduardo Allende, llevando el juego y la música a escena.
Con Eduardo Allende, llevando el juego y la música a escena. (Gente Picante)

–¿Cambió ese público? Si tuvieras que comparar la infancia de tus comienzos con la infancia de hoy, ¿qué diferencias encontrás?

–Cambió bastante en las pautas de comportamiento. El asombro, la curiosidad, la pasión y las preguntas siguen siendo iguales. Eso permanece intacto. Lo que cambió es el modo de habitar ciertos espacios. Y creo que cambiaron más los adultos que los niños. A veces, por creer que poner límites puede cercenar la libertad, dejamos de generar hábitos o de marcar determinadas pautas de convivencia. Pero los límites son necesarios para crecer. Una cosa es que un niño sea espontáneo y otra muy distinta es que no respete al otro. Si un espectáculo no le gusta, puede levantarse e irse. Lo que no puede hacer es molestar, interrumpir o impedir que otros disfruten.

–¿Te parece que esta generación de padres deja hacer demasiado?

–Creo que cuesta encontrar el equilibrio. Tal vez nuestras generaciones fueron demasiado rígidas. Existía el “porque yo lo digo” y punto. Las generaciones actuales dialogan más, explican más y eso es muy valioso. Pero estamos en un momento de transición en el que todavía no terminamos de encontrar el punto justo. Vivimos desbordados de estímulos externos y a veces cuesta detenerse para preguntarnos qué queremos realmente para nuestros hijos.

–Hay una gran ambivalencia. Por un lado, vemos esos padres helicóptero que controlan absolutamente todo. Pero, al mismo tiempo, hay una enorme ausencia, porque en los momentos en que debería existir el juego compartido, la escucha o la conversación, aparecen las pantallas. Entonces están encima, pero cuando hay que estar de verdad, no están.

–Sí. Muchas veces se confunde el cuidado con el control. Y el cuidado es mucho más amplio. Tiene que ver con generar autonomía, confianza, autoestima y vínculos saludables. Siento que hoy el afán de proteger genera mucha desconfianza hacia el entorno. Y eso impide vivir libremente. Yo crecí en una ciudad chica. Iba y volvía caminando, hablaba con los vecinos, me movía con libertad. Eso genera autonomía y también la certeza de que hay personas buenas. Porque las hay, y son muchas más de las que solemos creer. La sobreprotección excesiva termina generando niños que establecen vínculos sólo a través de las redes virtuales y no mediante el juego compartido, la cancha, la vereda o el patio de la casa. Creo que ahí todavía no encontramos el equilibrio.

–Algunos sostienen que ya llegamos a un límite con las pantallas y que estamos empezando a retroceder. Hay escuelas que prohíben los celulares y padres que intentan recuperar otros espacios. ¿Lo ves así?

–Creo que hay muchas familias conscientes que están buscando alternativas. No solamente para sus hijos, sino también para ellas mismas. Pero no creo que sea algo masivo. Todavía veo una gran necesidad de llenar los tiempos, llenar las agendas y ocupar todos los espacios. Hay poco lugar para el ocio. Y el ocio es fundamental. Es la base de la creatividad, de la imaginación y del juego libre. Es el momento en que los niños pueden inventar, negociar reglas y construir códigos propios.

Compartiendo escenarios, proyectos y amistades que marcaron el camino.
Compartiendo escenarios, proyectos y amistades que marcaron el camino. (Gente Picante)

–Para muchos, no hay nada mejor que un niño aburrido.

–De alguna manera sí. Porque el aburrimiento obliga a crear. El niño aburrido combina lo que tiene a mano de maneras nuevas. Y eso desarrolla la imaginación. Lo curioso es que esa creatividad que los adultos recuperamos cuando tenemos hijos pequeños vuelve a apagarse a medida que crecen.

–Tus hijos ya son adultos y, sin embargo, vos seguís conectada con ese universo infantil. ¿Cómo lo explicás?

–Creo que tuvo mucho que ver mi segunda maternidad. Yo tengo dos hijos grandes: Franco, de 32 años, y Julieta, de 31. Y 13 años después fui mamá de Lucía, a los 40. Ella llegó en un momento en que yo pensaba que quizás ya no tenía que hacer más cosas para las infancias y que debía proyectarme hacia otros géneros musicales. Pero su llegada me reencontró con la maternidad desde otro lugar. Con mis primeros hijos, la crianza estuvo muy atravesada por el trabajo, por la necesidad de crecer profesionalmente y de construir estabilidad económica. Con Lucía, muchas de esas necesidades ya estaban resueltas. Entonces pude vivir la maternidad desde otro lugar. Disfruté muchísimo más del tiempo compartido, del juego, de sentarme a hacer nada. Mis hijos mayores me acompañaban a los ensayos y a los espectáculos. Lucía, en cambio, fue parte del juego libre. Y fue justamente ahí donde comenzaron a surgir mis propuestas para la primera infancia. Empecé con un disco de canciones de cuna. Esos momentos de amamantar, de arrullar y de acompañar el sueño cobraron un valor enorme. Entendí que, para un niño, irse a dormir es entrar en un mundo desconocido, con miedos e incertidumbres. Y pensé que había otras maneras de acompañar ese momento. Así empecé a explorar el universo de la primera infancia.

–La edad en la que se cantan las canciones de cuna.

–¡Claro! Las canciones de cuna transmiten calma, pero también transmiten cultura, deseos y herencias afectivas. Y creo que muchas veces, sin darnos cuenta, les transmitimos a los niños nuestras preocupaciones, nuestros miedos y nuestras angustias. En esa etapa de mi vida, decidí hacer algo diferente. No se trata de negar la realidad, sino de proteger la capacidad de soñar. Porque nadie puede construir una realidad distinta si antes no es capaz de imaginarla. Para eso hace falta una cotidianidad feliz. Hace falta jugar con tierra y agua, observar cómo crece una semilla y comprender que las cosas importantes llevan tiempo. Toda esa conciencia apareció con mucha más claridad en mi maternidad adulta. Y también me ayudó a reencontrarme con una pregunta fundamental: qué es lo verdaderamente importante en la vida.

–¿Qué cambió a partir de ese reencuentro con la primera infancia?

–Tomé conciencia del enorme valor que tienen los primeros años de vida. Uno sabe que la infancia nos marca para siempre, pero empecé a profundizar no sólo desde lo humano, sino también desde todos los avances científicos que muestran la importancia del desarrollo neuronal y afectivo en esos primeros años. Entonces decidí dedicarme conscientemente a favorecer que el arte y los estímulos multisensoriales estuvieran presentes en la primera infancia. Y también, a compartir esas herramientas con las familias que quisieran recibirlas. Eso marcó un camino de producción de talleres, capacitaciones y espectáculos especialmente pensados para bebés y niños muy pequeños.

"Canciones de cuna", una de las obras que acercó la música a los más chicos.
"Canciones de cuna", una de las obras que acercó la música a los más chicos. (Gente Picante)

–¿Qué tienen esos espectáculos?

–Tienen exploración, búsqueda y descubrimiento. Hay asombro frente a cosas que para los adultos son cotidianas. Todo empezó con un espectáculo que hice junto con un director español. Era una experiencia de exploración con sal. Había una montaña de sal gruesa con un árbol seco. Con linternas íbamos recorriendo ese paisaje y descubriendo todo lo que estaba escondido debajo. La obra se llamaba ¿Hay alguien ahí?, porque mostraba que incluso en aquello que parece seco o vacío existe vida. Después llegó "Susurros del agua", la propuesta que estoy desarrollando actualmente. Pensé qué era lo más cercano al mundo de un bebé y la respuesta fue el agua. Vivió nueve meses en el agua. El agua es origen, flexibilidad, movimiento y vida. Entonces quise explorarla como germen de todo lo que comienza.

–La radio también es parte de tu recorrido. ¿Sigue teniendo magia?

–Sí, absolutamente. Creo que después de la pandemia se recuperó el placer de escuchar. El auge de los pódcasts es una muestra de eso. Con los niños no siempre es fácil generar el hábito de la escucha, pero cuando se enganchan son oyentes fieles. Crecen junto a los programas. Es un intercambio muy creativo. Cada sábado proponemos una temática diferente y tengo la enorme fortuna de contar con música maravillosa de colegas de toda Latinoamérica. La producción de música para las infancias que existe en América latina es sorprendente.

Con los Vittore Dutto, celebrando la vida y la familia.
Con los Vittore Dutto, celebrando la vida y la familia. (Gente Picante)

–¿Por qué creés que sucede eso?

–En 1994, se realizó en Cuba un encuentro de personas que trabajaban para las infancias. Fue convocado por la Casa de las Américas y allí nació el Movimiento de la Canción Infantil Latinoamericana y Caribeña, el Mocilyc. Ese encuentro sembró el deseo de producir música para niños y niñas. Desde entonces, nos reunimos cada dos años en distintos países, organizamos festivales, compartimos producciones, dificultades e inquietudes. Ver que otros colegas están haciendo cosas valiosas te impulsa a animarte. Creo que esa es una de las razones por las que existe un semillero tan grande.

–¿Los desafíos son similares en toda la región?

–Sí, son muy parecidos. Uno de los principales desafíos es que la infancia parece durar cada vez menos. Los niños que consumen música y espectáculos infantiles son cada vez más pequeños. A partir de los 6 o 7 años, ya están inmersos en otros consumos culturales. Muchas veces acceden a músicas cuyas temáticas no son apropiadas para ellos. Lo digo con total convicción. No porque crea que a los niños haya que tratarlos con condescendencia o subestimarlos. Al contrario. Los chicos están ávidos de poesía, de belleza y de música de calidad. Eso es algo que compartimos y defendemos quienes formamos parte de estos movimientos.

–Mencionás la idea de la música apropiada. ¿Por qué creés que avanzaron tanto ciertas letras que cosifican o maltratan, especialmente a las mujeres?

–No tengo una respuesta definitiva. También me sorprende que muchas veces no exista una crítica más fuerte hacia esas letras. Pero creo que hay algo que ocurre en las familias. Muchos adultos ven a sus hijos cantar o bailar esas canciones y lo viven como algo gracioso. Los filman, los suben a las redes y celebran esa situación. Entonces los niños interpretan que eso está bien. Hay algo más que observo. Yo crecí en una familia numerosa. En las reuniones había muchos primos, los adultos conversaban entre ellos y los chicos jugábamos. Ahora veo reuniones en las que cada niño tiene varios adultos pendientes de cada movimiento. Se les da un lugar que no siempre es el que más les hace bien. Y eso sucede sin mala intención. Los padres filman todo, esperan la aprobación externa y miden el valor de lo que ocurre en función de la cantidad de likes. Pero la autoestima no debería construirse a partir de eso. La valoración personal tiene que ver con poder expresar quién soy, independientemente de la reacción de los demás.

Los primeros años, rodeada del amor de una familia numerosa.
Los primeros años, rodeada del amor de una familia numerosa. (Gente Picante)

–También asumiste el desafío de la gestión cultural. ¿Qué significó para vos?

–Creo que, de alguna manera, venía gestionando desde hacía muchos años. Siempre me interesó propiciar el trabajo colectivo. Estoy convencida de que, cuando existen más propuestas de calidad, todos crecemos. Nunca pensé que el éxito de otro me quitara público o posibilidades. Al contrario. Por eso organicé encuentros de canción infantil a nivel local, provincial, nacional y latinoamericano. Y lo mismo sucedió con la docencia. Nunca me gustó la idea de que cada docente se quede con su propio librito. Me interesa compartir, intercambiar experiencias y construir colectivamente. Formar parte del Foro Latinoamericano de Educación Musical, del Mocilyc y del Movimiento de Música para Niños y Niñas de Argentina fue fundamental en mi desarrollo. Esos espacios me ayudaron a crecer, a cuestionarme y a mejorar.

–¿Y cómo llegaste al teatro Real?

–Siempre fui a golpear puertas con proyectos. Recuerdo que iba a ver a Raúl Sansica y le proponía ciclos, encuentros y festivales. Así construimos un vínculo de trabajo y de amistad. Compartíamos la misma manera de entender la gestión cultural: como una vocación de servicio y una herramienta de transformación social. Estoy convencida de que la cultura mejora la vida de las personas. Nos ayuda a vivir mejor. Nos permite descubrir que se puede ser profundamente feliz leyendo un cuento o compartiendo una canción. Cuando Raúl asumió la presidencia de la Agencia Córdoba Cultura, me propuso reemplazarlo en la dirección del teatro Real. Mi primera reacción fue decirle que estaba loco. Yo sentía que no me había preparado para eso. Entonces lo hablé con mi familia. Y mi hija Julieta me hizo una pregunta que me cambió la perspectiva. Me dijo: “Mamá, si fueras hombre, ¿lo pensarías dos veces?”. Y tenía razón. Si esa propuesta se la hubieran hecho a un hombre, probablemente habría respondido: “Ya aprenderé en el camino”. Ese fue el empujón que necesitaba.

–Tus hijos aparecen mucho en tu relato.

–Porque son una parte esencial de mi vida. Siempre fueron compañeros de camino. Franco participó en arreglos musicales de mis discos. Julieta colaboró con ideas y procesos creativos. Recuerdo que íbamos en el auto escuchando canciones y yo le pedía opinión. Y ella me ayudaba a pensar. Tengo una enorme bendición con los hijos que tengo. Los tres son personas maravillosas. Hoy puedo conversar con ellos de igual a igual. Sigo siendo la mamá, eso nunca cambia, pero también son adultos que me interpelan, me cuestionan y me ayudan a crecer.

Con colegas del Mocilyc de América Latina, en Colombia, uniendo culturas a través del arte.
Con colegas del Mocilyc de América Latina, en Colombia, uniendo culturas a través del arte. (Gente Picante)

–¿Existe alguna receta para construir una familia feliz?

–No creo que existan las recetas. Nosotros también atravesamos momentos difíciles. Pero sí creo que el amor no es algo espontáneo. El amor se construye y se elige. Yo elijo amar. Y sostener ese amor. Eso implica escuchar, ceder, tener paciencia y expresar lo que uno necesita. No significa renunciar a uno mismo. Significa crecer junto al otro. Creo que esa es la base de cualquier proyecto compartido.

–¿Cómo te imaginás dentro de 20 años?

–Me imagino activa. Quizás haciendo otras cosas, desde otro lugar, pero siempre en movimiento. No me imagino quieta. Tal vez ya no tenga horarios fijos ni rutinas laborales, pero sí proyectos e iniciativas. Eso seguro.

–¿Y qué deseás para tus hijos?

–La felicidad. Deseo que encuentren su camino y las personas que los acompañen en ese recorrido. No es fácil encontrar a alguien que apoye tus sueños y tu realización personal. Para mí siempre fueron importantes tanto la maternidad como el desarrollo profesional. Y me gustaría que ellos pudieran construir vidas plenas.

Como directora, celebrando el estreno de "Siete vidas".
Como directora, celebrando el estreno de "Siete vidas". (Gente Picante)

–Tus hijos viven lejos. ¿Aprendiste a soltarlos?

–Sí. Hay un poema de Rabindranath Tagore que dice: “Tus hijos no son tus hijos”. Y yo realmente lo creo. Mis hijos llegaron a través de mí, pero no me pertenecen. No me siento dueña de nada en esta vida, tampoco de ellos. Lo único que deseo es que sean felices. Y acompañarlos en ese camino. Si algún día quieren volver, me encantará tenerlos cerca. Pero no quiero que vivan condicionados por mis deseos.

Ficha picante

Coqui Dutto (Susana Dutto, 58) es profesora en Educación Musical, magíster en Humanidades y una de las principales referentes argentinas en arte y primera infancia. Fundó el reconocido grupo La Chicharra, pionero en la producción musical para niños en Córdoba. Hoy hace espectáculos sensoriales destinados a bebés y niños pequeños. Integra redes latinoamericanas de educación musical y promoción cultural para las infancias. Desde 2023, dirige el teatro Real de Córdoba.

Contacto: @coquidutto