La Argentina que había pasado su primer siglo de existencia buscando una organización institucional, ya llevaba buena parte del segundo sin poder sostener una democracia.
El siglo 20 entraba en la recta final signado por los golpes de Estado. Los períodos democráticos estaban más que definidos por lo acotado: la era radical de Yrigoyen y Alvear de 1916 a 1930 y la peronista de 1946 a 1955.
El ‘30 abrió esa seguidilla de derrocamientos de gobiernos constitucionales. Seis en menos de 50 años.

El ‘55 habilitó un capítulo complejo de la historia nacional, con la proscripción de la fuerza que más adhesiones tenía.
El regreso de Juan Domingo Perón al gobierno, con una altísima legitimación ciudadana, se dio en un contexto turbulento: un líder senil para un movimiento ultraverticalista, una región transida por movimientos insurgentes que querían llegar al poder con métodos violentos, una situación económica que encendía cada vez más alarmas.
Se abría un crepúsculo oscuro y turbulento que antecedió a la noche más oscura de la Argentina.
La última dictadura militar, de la que se cumplen 50 años, fue la más sanguinaria, destructiva y de nefastos efectos económicos y sociales. Y fue producto del caos, la violencia, el desgobierno y de un sistema político que buscaba en los cuarteles lo que no podía resolver en las instituciones.
Inestabilidad y violencia
En 1973, Perón vuelve al poder no como el león herbívoro con el que le gustaba autodefinirse sino como un caudillo al que el largo exilio lo había transformado en desconfiado e influenciado por un peligroso entorno.
Así elige como compañera de fórmula a su propia esposa, María Estela Martínez. Lo que le había negado a la carismática María Eva Duarte 20 años atrás se lo concedía a una mujer de escasos antecedentes, incluso sabiendo que a los 77 años su salud estaba deteriorada.
No vuelve solo del exilio con su esposa, sino con un tenebroso asistente que iba convertirse en pieza clave de aquellos años aciagos: el esotérico José López Rega.
Perón asume el poder en 1973 en un contexto ya muy inestable. Crisis económica y consolidación de grupos armados de izquierda, algunos de los cuales eran de su propio movimiento, habían luchado por su regreso pero no depusieron las armas sino que siguieron su accionar pese haber llegado al gobierno por el voto popular.
Coexistían en aquellas estructuras oficiales con otras organizaciones armadas de extrema derecha, con lo cual ha generado la duda si el terrorismo de Estado que se instaura formalmente el 24 de marzo de 1976 no estaba presente en realidad antes.

Dos meses antes de morir, Perón rompe con su brazo armado, Montoneros, y la Argentina ya se sumerge en un clima de violencia cada vez más extremo.
Entre diferentes organizaciones, se destacaban el ERP por izquierda, Montoneros del peronismo combativo y la Triple A del derechista López Rega.
El país empezaba a ser un baño de sangre, aunque el terror más atroz le faltaba por llegar.
El deceso del líder se transformó en el preludio a que se abriesen las puertas del infierno.
María Estela Martínez, Isabelita, asume en julio de 1974 sin las mínimas condiciones para encabezar un proceso político, con organizaciones armadas, descontrol y una situación económica no menos explosiva.
Jamás pudo conducir el país, el gabinete ni los factores de poder aliados al peronismo como los sindicatos y sectores empresarios.
Sus casi dos años de mandato se parecieron a la anarquía, que estallaron por todos lados, en especial por lo económico.
Al año de haber asumido Isabelita se produce una megadevaluación, conocida como el Rodrigazo (en alusión al ministro de Economía Celestino Rodrigo).
Inflación descontrolada, pérdida del poder adquisitivo, desabastecimiento, aumento indiscriminado de tarifas terminaron de caldear el clima social, las protestas callejeras, las marchas sindicales y desnudaron la incapacidad de la presidenta.
El golpe es como que se fue decantando casi en etapas.
A Isabelita la abandonaron hasta sus sostenes más cercanos como López Rega, que se fugó de un día para el otro.
El Congreso tenía la llave de una salida institucional como un llamado anticipado a elecciones o la remoción de la presidenta por insania y una transición a partir de la línea de sucesión, en la que estaba Italo Argentino Luder, presidente provisorio del Senado.
Luder reemplaza seguido a la jefa del Estado que se tomaba largos períodos de descanso superada por los acontecimientos.
El peronismo ortodoxo trababa en el Parlamento esas salidas institucionales y, tiempo después, Luder explicó que no convocó a una Asamblea Legislativa porque el golpe militar era inexorable con cualquier resorte que se usase.
Córdoba, anticipo del golpe
Es que la llegada del gobierno de facto ya se venía dando, incluso bastante antes de aquella madrugada del 24 de marzo de 1976.
En ese sentido, Córdoba se constituyó en una especie de rostro anticipado de la asonada militar.
En febrero de 1974, con Perón todavía vivo, se produjo el Navarrazo, un golpe de Estado policial encabezado por el entonces jefe de Policía Antonio Navarro que derrocó al gobernador Ricardo Obregón Cano, un peronista más inclinado hacia los sectores de izquierda de su movimiento.

Entre otras acciones terroristas, dinamitaron la planta impresora de La Voz del Interior.
La intervención del brigadier Raúl Lacabanne, fuertemente ligado a la Triple A, generó en nuestra provincia unas condiciones similares a la que viviría el país con la dictadura instaurada en marzo de 1976.
Con un gobierno paralizado, crisis económica y social y violencia extrema en las calles, el golpe de 1976 fue uno de los más anunciados.
Incluso, los diarios de la época hasta le ponían fecha a la interrupción constitucional.
Isabel resistía las presiones de una renuncia, que surgían hasta del propio peronismo, y cada cambio que hacía la iba dejando más aislada.
Sus colaboradores negociaban por horas con militares y otros factores de poder hasta que llegó el 23 de marzo que se quedó hasta pasada la medianoche en la Casa Rosada.
Cuando la presidenta llegó al helipuerto de la sede presidencial para que la aeronave la transportara a Olivos sus colaboradores ya detectaron que era el final.

La aeronave se desvió hasta la base militar de Aeroparque con la excusa de un desperfecto. Los tripulantes hicieron bajar a la viuda de Perón y la llevaron a la sede de la Fuerza Aérea en la estación aérea.
Allí, había un representante de cada arma y le comunicaron formalmente: “Señora, las Fuerzas Armadas han asumido el poder político de la Nación y usted queda destituida”. Y la detuvieron.
Era poco más de la 1 de la madrugada del 24 de marzo de 1976.
A las 3.21, por cadena nacional, se emitía el comunicado número uno: “Se comunica a la población que a partir de la fecha el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento de las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones”.
Se abría la más feroz y destructiva dictadura que sufrió la Argentina. La última.

