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Ciudadanos

Escuelas con pintadas. Mañana hay tiroteo: no se trata de un espectáculo

Los "virus" expandidos en redes, en un clima de violencia contextual, nos lleva desesperadamente a buscar culpables como si al hallarlos y sentenciarlos el problema dejaría de existir.

22 de abril de 2026, 10:43
Mañana hay tiroteo: no se trata de un espectáculo
Tragedia en San Cristóbal: revelaron que el adolescente que disparó tenía antecedentes de salud mental.

Lo vivido en estos días en instituciones educativas llenó de estupor a la sociedad, de distintas maneras. De pronto, amenazas de muerte aparecieron sincronizadas en muchas escuelas y en varias provincias al mismo tiempo.

Un desafío lanzado desde la plataforma Tik Tok se viralizó replicando lo siniestro y, en muchos casos, condimentado con sesgos de humor.

Mientras algunos insistían en hacer de esto un show mediático, un espectáculo inexplicable, otros iban volcando en los medios y en las redes opiniones, análisis y algunas conclusiones quizás apresuradas.

Cuando algo así sucede, y el escenario es la escuela, aparecen distintas opiniones, algunas calificadas pero otras a modo de catarsis para poner en palabras lo que no encuentra palabras para ser dicho y comprendido.

Desesperadamente se buscan culpables como si al hallarlos y sentenciarlos el problema dejara de existir.

¿Quizás porque sentimos que la educación nos involucra a todos? ¿Quizás porque en un punto nos despabiló y nos invita a ver, escuchar y a hacer lo que muchos prefieren que quede en modo invisible?

La investigación rigurosa (por quienes deben hacerlo) y con la reserva necesaria –ya que la mayoría de los implicados son menores de edad– está en marcha, al mismo tiempo que los protocolos de convivencia escolar se revisan, actualizan o construyen para el “nunca más”.

Estamos seguros que lo sucedido no obedece a una sola causa. Nada es tan simple en el terreno de lo humano. La causalidad de un síntoma siempre es compleja y si queremos soluciones hay que trabajar sobre todos los factores estructurales y desencadenantes. En ese tejido causal está el Estado, la familia, la escuela, los medios de comunicación y los ciudadanos de a pie.

Es entre todos que generamos climas de amor o de odio, que construimos lugares amorosos u hostiles. Es entre todos que nos angustiamos o naturalizamos una violencia escolar que va en aumento (en sus distintos ropajes) dentro de un contexto de malestar social donde la palabra, para muchos, parece haber perdido esa posibilidad de tramitar las emociones negativas en “modo humano”.

El “modo salvaje y siniestro” de comunicarse, esa palabra descalificadora e hiriente que vacía, lastima y daña, parece circular sin frenos por todos los estratos y escenarios sociales, desde las altas esferas del poder hasta los ciudadanos que parecen haber perdido el registro del otro como un semejante al que habría que tratar como nos gusta que nos traten.

A la hora de buscar responsabilidades, la más fuerte es la del Estado, cuya obligación es gestionar el bienestar social, proteger a los más vulnerables y fortalecer las instituciones educativas, hoy colapsadas por las múltiples demandas de quienes no están pudiendo cumplir con su función.

Si la escuela se tiene que ocupar de casi todo, se produce una fragilización progresiva de su accionar. Si no se atienden las necesidades básicas de las infancias y adolescencias llegan a la escolaridad sin posibilidad de construir la identidad de alumno.

Si no cuidamos a nuestros docentes, desde el salario digno al respeto por su función, la escuela puede llegar a ser un lugar sin ley, donde se va porque es obligatorio (alumnos) o porque es un trabajo (docentes), pero donde la convivencia se dificulta y la violencia es una invitada frecuente.

Nuestra pecera

Para que eso no suceda y para que no sea vivido como algo natural o como un espectáculo a mirar (sin implicarnos), quizás sirva esta metáfora/reflexión de Michel Foucault en Las palabras y las cosas, de 1966:

Decía: “El pez nunca descubre que vive en el agua. De hecho, como vive inmerso en ella, su vida transcurre sin advertir su existencia. De igual forma, una conducta que se normaliza en un ambiente cultural dominante, se vuelve invisible”.

No da igual un pez en el mar o en el río, que en una pecera. Si estamos mirando del mundo desde nuestra “pecera cultural” quizás naturalizamos lo que se repite y nos rodea.

Quizás el desafío sea romper “peceras”, aventurarnos a nuevos modos de mirar y habitar el mundo, y eso no es posible si no miramos y escuchamos a nuestros hijos/alumnos que, con síntomas y señales, nos están diciendo que necesitan “aguas” más mansas, menos turbulentas, más predecibles para poder seguir creciendo, aprendiendo y soñando.