
A una semana de la tragedia, sigue la contención y asistencia en San Cristóbal
Por
Redacción La Voz
Un hecho de violencia extrema en una escuela de Santa Fe nos dejó, en un principio, sin palabras. Después, y sin poder evitar la angustia, aparecen las preguntas que parecen necesarias para entender algo de lo sucedido.
¿Qué fue lo que no se vio o no se escuchó? ¿Qué señales no se advirtieron y, por ende, ello hace que se llegue tarde a una prevención posible?
¿Cómo detectar el sufrimiento actual de niños y de adolescentes que parecen coquetear con la muerte en una especie de ausencia del sentido de la vida?¿Por qué la dimensión del otro como humano parece desdibujarse?
¿Ignoramos el impacto de las redes sociales en la vida de nuestros hijos-alumnos o no sabemos qué hacer con ello? ¿Desde cuándo la escuela perdió su capacidad de alojar y cuidar a quienes la habitan?
¿Qué hizo que los muros de las escuelas se fragilizaran al punto de perder su condición de territorio seguro? ¿Qué factores influyen en la pérdida del sentido de autoridad y respeto a las normas de convivencia?
¿Por qué nos sentimos impotentes frente al discurso del odio y a las escaladas de violencia en todos los espacios?
Hay más preguntas para hacerse frente a la sensación de que el odio le viene ganando al amor.
Consideremos la violencia como un lenguaje cuando falla la palabra. Es como un grito desgarrador que pide más padres, más escuela, más coherencia, más protección.
Cuando no aparece Eros (vida, amor, unión), surge Tánatos (odio, agresión, muerte).
En el mundo del odio, “no hay nada que perder”. Se recurre a la violencia como un llamado desesperado al Otro. En su carácter de “llamado”, sigue siendo una palabra que no puede ser dicha y se transforma en acto.
La bala, la navaja, el golpe, son entonces palabras que no encuentran un espacio seguro de conversación. Son emociones reprimidas que en algún momento explotan.
La palabra viene a poner un freno al impulso destructivo. No es lo mismo decir “te mataría” que “matar”. La palabra es la herramienta que los humanos tenemos tanto para tramitar el malestar como para hablar del amor.
Asistimos actualmente a una caída de la palabra frente al poder de la imagen. Y cuando no disponemos de ella, estamos des-armados.
Al decir del psiquiatra y psicoanalista argentino Juan Vasen, los chicos están desarmados de futuro. Y cuando no se puede pensar en el mañana, queda el puro hoy y ahí se hace presente el peligro de actuar sin medir las consecuencias.
En el puro hoy, la escuela pierde sentido, los vínculos son frágiles y se hace muy difícil sentirse protagonista de la propia historia
Urge que las instituciones fundantes (familia y escuela) retomen su rol fundamental de honrar la vida, trasmitir valores, acompañar a los chicos en sus sueños, otorgándoles la palabra, mirando sus habilidades, sus talentos, y ayudándolos en los obstáculos y las frustraciones que vienen abrochados a la condición de existir.
Si los criamos en un contexto de amorosidad, difícilmente sean violentos y victimarios. Si desde una crianza gozosa los ayudamos a construir la autoestima, no caerán fácilmente en el lugar de víctimas.
¿Cómo hacer para sentirnos todos implicados de alguna manera en esto que nos pasa y nos abruma, y no caer en la tentación de buscar causas y culpas en el otro?
¿Cómo exigir, desde el rol de ciudadanos, un Estado ético, ejemplar, creíble, que use la palabra sin herir, sin excluir, sin aumentar las injustas y dolorosas diferencias, que seguramente son fuente de resentimiento y de violencias?
Sólo en un país creíble las nuevas generaciones podrán darles un destino a sus sueños.
Mientras esto no suceda, la tragedia en esa ciudad santafesina debería impulsarnos a renovar pasiones, a desplegar el amor en lo cotidiano, a hacer latir otras palabras, otros pensamientos, otros sueños, otras políticas.