Gente Picante. Andrea Porello: “Conversar en profundidad no se hace en cinco minutos”

La psicopedagoga y doctora en Educación advierte sobre la pérdida del tiempo para el encuentro y propone volver al arte, al juego y la palabra como herramientas clave para prevenir violencias y reconstruir vínculos.

03 de mayo de 2026 a las 09:30 a. m.
Andrea Porello: “Conversar en profundidad no se hace en cinco minutos”
Andrea Porello desarrolló un método para que, mediante el juego y el arte, prevenir problemas de aprendizaje y violencias.

–Psicopedagoga, psicología, educación, arte... ¿qué hacés de todo eso que hacés?

–Trabajo en la intersección entre salud, educación y cultura, generando experiencias para que las personas tomen conciencia de la capacidad creadora que todos tenemos. No hablo sólo de lo artístico, sino de esa posibilidad de combinar de otro modo ideas, emociones y representaciones, sobre todo aquellas que nos hacen sufrir. A través del juego artístico, ayudo a que las personas vuelvan a confiar en sus capacidades, comprendan la diferencia y puedan aprender con sentido. Lo que muestran las investigaciones que vengo haciendo es que, cuando se dan estas condiciones, se reduce mucho la violencia, baja el malestar y las personas disfrutan más de hacer cosas juntas.

–El juego artístico suele estar bastante ninguneado, como si fuera algo de la infancia y después ya está. ¿Qué rescataste ahí?

–En realidad yo empiezo desde la clínica, con personas con dificultades en el aprendizaje, con riesgo de quedar excluidas de los sistemas. Lo que uno encuentra ahí es que cuando uno tiene la oportunidad de tener espacios donde puede pensar, crear, jugar, descubrir el mundo a través del cine, del arte, de la literatura, te permite no estar preocupado de decir una respuesta que sea correcta o incorrecta, es algo abierto. Es un objeto que te permite vos pensar de una manera, yo de otra y la persona que viene desconfiando de sus capacidades recibe una oportunidad de revisar todo lo que se dispone, volver a confiar.

–Dame ejemplos.

–Tener una educación integral es también pausar, descansar y hacer actividades donde importen los procesos y no sólo los resultados. Puede ser escritura, dibujo, danza o cualquier producción simbólica que tenga sentido para esa persona. Si un niño o un joven no tiene con quién conversar de lo que le importa, termina hablando sólo de lo que otros consideran valioso. Y cuando se pierde esa conexión, se pone en riesgo la singularidad y también la posibilidad de convivir respetando las diferencias.

–¿Y eso se puede llevar a la escuela de manera habitual?

–Sí, totalmente. Es una decisión institucional. Cuando estas experiencias se sostienen en el tiempo, con un mediador formado y un encuadre claro, los resultados son muy concretos: bajan las agresiones, se previenen violencias y los chicos aprenden a mediar conflictos. Está demostrado y es totalmente compatible con la normativa vigente. A veces no se hace no porque no se pueda, sino porque faltan decisión y continuidad.

Instalación interactiva en la UCC para la presentación del libro de Andrea Porello, "Psicopedagogía y creatividad”.
Instalación interactiva en la UCC para la presentación del libro de Andrea Porello, "Psicopedagogía y creatividad”. (Gentileza)

–Si no hay lugar de diálogo y no hay tiempo de conversación profunda, ¿qué se pierde?

–Se pierde la posibilidad de ser cada vez más uno mismo y, al mismo tiempo, de reconocer que el otro también me enriquece. En ese intercambio pasa algo fundamental. La entrevista, por ejemplo, tiene un encuadre: hay un tiempo, roles, ciertas reglas. Bueno, lo que yo investigo es que, para prevenir la violencia y el fracaso escolar, los niños y jóvenes necesitan espacios semanales con un mediador que construya condiciones de encuentro. Que se sientan esperados, que el lugar esté preparado para recibirlos y que haya una propuesta clara. Cuando eso se sostiene en el tiempo, las personas comprenden por qué son diferentes y aprenden a mediar conflictos. No se permite la violencia ni la exclusión. Y ahí aparece algo muy importante: uno puede evaluar quiénes participan, quiénes quedan desplazados, quiénes lideran, quiénes necesitan más acompañamiento. Es una mirada sobre la subjetividad, no sólo sobre los contenidos.

–¿Y la escuela hoy tiene margen para hacer algo así?

–Sí, tiene margen. Muchas veces depende de la decisión institucional, de la flexibilidad para organizar tiempos y espacios. La normativa acompaña este tipo de propuestas. Lo que pasa es que la escuela tiene muchos problemas urgentes y, a veces, lo esencial queda relegado. Y lo esencial es generar espacios donde las personas comprendan su humanidad y aprendan a cuidarse. Por eso yo hablo de crear espacios suplementarios: lugares que tal vez no están ni en la familia ni en la escuela ni en el barrio, pero que se pueden construir con intención. Son espacios donde se garantizan ciertas condiciones de encuentro, con mediadores formados que cuiden la palabra, los límites y la exposición de cada uno.

–¿Puede ser riesgoso abrir esos espacios?

–Más riesgoso es no tenerlos. No es un espacio catártico ni terapéutico, es un espacio psicoeducativo de prevención. Los conflictos aparecen igual que en cualquier aula, pero con una dinámica distinta, mediada por el juego y el arte. Lo importante es que haya formación para acompañar esos procesos y cuidar a las personas. Lo verdaderamente riesgoso es la falta de tiempo, de encuentro y de diálogo profundo. Hoy hay dos cosas que están en tensión: la velocidad y los tiempos que necesita lo humano. Trabajar en profundidad lleva tiempo, y eso es algo que tenemos que volver a valorar.

Participación interactiva en la muestra “Te regalo un círculo”, de Andrea Porello, en el Museo Bonfiglioli de Villa María.
Participación interactiva en la muestra “Te regalo un círculo”, de Andrea Porello, en el Museo Bonfiglioli de Villa María. (Gentileza)

–¿Sentís que eso se está perdiendo?

–Creo que hay muchas personas trabajando para generar comunidad y sostener espacios de encuentro. No es que no exista, pero cuesta que eso se vuelva sistemático. En mi caso, lo hago a través del arte contemporáneo, que interpela, que incomoda, que invita a pensar. Las neurociencias hoy confirman la importancia de pausar, reflexionar, contemplar. Pero todavía no termina de hacer “click” en las instituciones. Hay buenas prácticas, pero si uno quiere trabajar en prevención, necesita continuidad en el tiempo. Ahí está la clave.

–Describime una actividad concreta.

–Por ejemplo, preparo un espacio con distintas propuestas sensoriales: aromas, colores, materiales. Los chicos entran a un ambiente preparado, con una obra de arte, y lo primero que se hace es observar y decir qué les pasa con eso. Cada uno registra algo distinto, y eso ya es un aprendizaje: entender que todos percibimos de manera diferente. Después se trabaja con materiales, con consignas claras, en grupos. Ahí se observa cómo se vinculan, si esperan turnos, si respetan reglas, cómo regulan las emociones. Y siempre hay un cierre metacognitivo, donde se reflexiona sobre lo que pasó. Todo eso se registra, porque partimos de una base: todas las personas pueden aprender, todas son creativas y todas tienen algo para decir. Lo que varía son las oportunidades que tuvieron para desarrollar esa capacidad.

–Cuando uno ve el aula hoy, a los chicos, a los docentes, a los adultos, y los mira en retrospectiva. 25 años atrás cuando empezaste con esto… ¿Las urgencias eran las mismas, los dramas eran los mismos? ¿Qué cambió?

–Mirá, cambió mucho la cantidad de trabajo que tienen las personas fuera de la casa, la cantidad de cuestiones burocráticas que tienen los trabajos, y también cambiaron los valores: qué se considera valioso, incluso el tiempo que un educador da. Yo hay algo en lo que voy en contra de lo que dicen muchos, que es esto de que lo importante es la calidad del tiempo. Sí, claro que la calidad importa, ni hablar, pero el tiempo también importa. Lo que yo aprendí en todas estas investigaciones es que hay que revisar el tiempo necesario para trabajar en profundidad. Conversar en profundidad no lo puedo hacer en cinco minutos, sin mirarte, arriba del auto. No se puede. Conectar con el otro, conocerlo, ver por dónde asocia lo que me está contando —mi hijo, mi sobrino, mi colega— lleva tiempo. Implica decir: “Bueno, conversemos”. Para poder preguntarte y comprenderte, tiene que haber una intención real de ver por dónde anda tu mundo. Y eso lleva tiempo. por suerte, hay mucha gente que hace todo lo mejor. Los docentes trabajan más de lo que la gente cree y hay muy buenas prácticas. El tema es el “entre”. Yo siempre digo: la escuela es una cosa, el sistema cultural es otro, la salud es otra. Tenemos que trabajar en el entre, para que lo que pasa en la familia, en la escuela y en la cultura se entramen y generen otras posibilidades. Yo veo tantos recursos, veo tanto que tenemos, pero hay que entramarlo..

Andrea Porello propone experiencias sensoriales y artísticas para ponerse en el lugar del otro.
Andrea Porello propone experiencias sensoriales y artísticas para ponerse en el lugar del otro. (Gentileza)

-¿Cómo fue que hiciste semejante vuelco? Porque venías en una dirección y de repente dijiste: “Bueno, voy a ir por acá, por el arte”.

–Mirá, yo empecé esta investigación en 2004-2005, viviendo en Monte Maíz. Me había casado, tenía a mi hija en la escuela y me desesperaba que no tuvieran arte. Me desesperaba porque, desde la clínica y la salud, sabemos lo importante que es tener esos tiempos de producción cultural, de gozar de lo que el arte tiene para dar, que no son cosas “bonitas”, sino todo lo contrario: el arte es una modalidad de investigación que nos hace pensar sobre lo epocal. En ese momento conocí la obra de Carlos Páez Vilaró y me enganché profundamente, sobre todo por sus libros, donde él devuelve a la comunidad todo lo que había aprendido. Yo estaba muy enfocada en lo que la escritura y la literatura aportan a la salud mental. Entonces pensé: desde el arte o desde la salud, devolver espacios que ayuden a comprender la vida. Armé una investigación-acción: “obra de arte busca espectador”, y empecé a llevar esas propuestas a escuelas de la zona.

-Toda una novedad.

-Conseguí apoyo de municipalidades, recorrí muchos lugares. Yo había producido un libro sobre la obra de Páez con este formato que sigo usando: te invito a descubrir una obra, te cuento qué me pasó a mí y te propongo una consigna para que vos también puedas expresar lo tuyo. Cuando publico ese libro, me presentan a otro artista, Adolfo Nigro, y eso me abre un mundo. Estudié durante años, hice un recorrido biográfico, entendí cómo inventaban, y ahí empecé a crear juegos. Pero me pasó algo muy fuerte: la gente no iba sólo por la obra, iba porque necesitaba hablar de la falta de estos espacios en la escuela. Y yo veía cómo estas experiencias impactaban en el deseo de aprender de los chicos. En ese momento, cuando estaba por hacer el libro de Nigro, tuve una situación familiar muy dura que transformó mi vida: un accidente en el que perdí a mi hija Florencia. Fue en enero de 2007, íbamos para Reyes a Villa del Dique. Mi esposo, además, quedó con una lesión medular y en silla de ruedas. A partir de ahí, la vida es un caos. Pero yo siempre había trabajado acompañando duelos, distintas situaciones, y eso me permitió no preguntarme “¿por qué a mí?”. Nunca me lo pregunté. Siempre pensé que a todos nos pasan cosas, antes o después. Entonces decidí atravesar el duelo de frente. Nos vinimos a Córdoba por la rehabilitación de mi esposo y porque yo necesitaba un espacio donde la ausencia no fuera tan constante. Flor tenía 8 años, yo 33, mi marido 35. Éramos muy jóvenes. Eso te cambia toda la lógica. Lo que hice fue volver a lo vocacional. Dije: “Para volver a entrar al mundo, tengo que estudiar”. Me metí en psicología clínica, volví a formarme, a armar talleres. Retomé con fuerza mi trabajo porque entendí que uno se levanta desde lo vocacional. Ahí también empiezo a trabajar mucho la orientación vocacional desde otro lugar: desde la conexión con aquello que te hace sonreír, donde el tiempo se te pasa rápido. Porque en los quiebres de la vida uno se levanta desde ahí. Si te desconectás de eso, es muy difícil sostenerte.

–¿Cómo seguiste después de eso?

–Decidimos quedarnos en Córdoba, pero mi vida estaba en Monte Maíz: el profesorado, los pacientes. Y pasó algo muy lindo: empezaron a pedirme los materiales, las “valijitas.”. Yo las mandaba y supervisaba a distancia. Y así volví a los talleres. Entre medio, cuando salí del consultorio, había creado una línea de juegos para trabajar con familias, para mostrar que no es más inteligente quien hace más rompecabezas, sino quien tiene libertad para crear, ensuciarse, conversar. Esa línea después no funcionó comercialmente, pero sigo usando esos materiales en mis intervenciones. Con todo eso, empecé a sistematizar qué funcionaba en lo que hacía, me metí en la maestría, generé talleres grupales y fui armando lo que hoy hago.

Andrea Porello con Natalia Brussa, en el cierre anual de Trazos y palabras, un taller de reflexión para mujeres.
Andrea Porello con Natalia Brussa, en el cierre anual de Trazos y palabras, un taller de reflexión para mujeres. (Gentileza)

–¿Y qué cambió en tu forma de trabajar después de todo lo que viviste?

–Cambió que empecé a abordar todo desde la complejidad y desde la red. Cuando uno atraviesa situaciones tan profundas, los otros te salvan. Eso es así. Entonces entendí que la clínica, la educación y la cultura no pueden ir por separado. Hay que trabajar en el entre. Hoy hago diagnósticos integrales. Paso el día con las familias: primero un encuentro virtual, después desayuno con los padres, trabajo con el niño o el joven, observo, registro, vuelvo a conversar con la familia y hago una devolución. Porque la mayoría de los problemas no son sólo de la persona, tienen que ver con el contexto: la escuela, el lugar donde vive, la época.

–¿Y eso se puede resolver?

–Sí, porque todo eso se ve en los modos. El modo en que te reciben, en que te hablan, en que te miran. Ahí se concretiza la forma de pensar. Muchas veces, cuando investigás situaciones de violencia, descubrís que no vienen del lugar esperado, sino de cosas cotidianas, como el trato en un comedor escolar. Hay modos que te humanizan y modos que te deshumanizan. Y si eso no se trabaja, después aparecen las consecuencias: violencia, adicciones, abandono escolar. Pero no es un problema individual, siempre hay que mirar el contexto.

–¿Cómo pudiste, ante semejante cimbronazo en la vida, encontrar de nuevo tu eje pero a su vez asimilar una familia distinta? ¿Qué te sostuvo en lo personal?

–Una decisión muy consciente: elegir qué mirar. Yo siempre digo “frotar las luces y empastar las sombras”. Decidí vivir con dignidad, y para mí la dignidad es honrar la vida, no quedarme en la queja. Me enfoqué en mi hija, en que pudiera crecer con alegría. No le faltó un cumpleaños ni una Navidad. Y tuve mucha red: familia, colegas, personas que acompañaron. También aprendí a enfocarme en proyectos. El obstáculo o te aplasta o lo tomás como estímulo. Yo lloro lo que tengo que llorar, pero después sigo. Busco nuevos proyectos, nuevos aliados.

Andrea Porello y actividades en el marco del Congreso Nacional de Psicopedagogía del 2025.
Andrea Porello y actividades en el marco del Congreso Nacional de Psicopedagogía del 2025. (Gentileza)

–¿Y cómo impactó todo esto en tu mirada sobre la vida?

–Me confirmó que somos profundamente vulnerables y que necesitamos de los otros. Por eso insisto tanto en generar espacios de encuentro. Porque cualquiera, en cualquier momento, puede necesitar esa red. Por eso también empecé a trabajar con dispositivos grupales para acompañar duelos, como “Alrededor de las ausencias”, donde combinamos arte, música, conversación, rituales. No es un espacio catártico, es un espacio cuidado donde se puede compartir y elaborar. Y siempre digo lo mismo: para acompañar a alguien en duelo, lo mejor que podés hacer es escuchar. No dar explicaciones, no cerrar con frases hechas. Escuchar. Por ejemplo, el giro que le di a mi camino, que tiene más que ver con la gestión cultural pero siempre anclada en la infraestructura de la salud, fue encontrarme con otra persona que sentía de la misma manera, con la misma sensibilidad sobre el mundo. Yo más desde las artes plásticas, ella más desde la literatura, y ahí se armó una mezcla para pensar lo que nos atraviesa. En vez de quedarnos en una charla cotidiana, empezamos a preguntarnos cómo potenciar ese diálogo con la literatura, el cine y otras herramientas. Así nace “Trazos y Palabras”. Hacemos con Nati (Brussa) un guión que pasa por el cuerpo: lloramos, nos reímos, nos incomodamos. Traemos nuestra vida a la mesa, pero siempre con una intervención cuidada, buscando que la persona se vaya pensando.

–Ahora, ¿cómo pudiste, ante semejante cimbronazo en tu vida, encontrar de nuevo tu eje y sostener una familia en una situación tan distinta?

–Se sostiene con una decisión consciente de qué mirar. Yo siempre digo: frotar las luces y empastar las sombras. Hay una decisión de vivir con dignidad, de no quedarse en el lugar de la queja. Nunca imaginé que me iba a pasar algo así, y sin embargo pasó. Era muy joven, no pude ni despedirme de mi hija. Pero me enfoqué en seguir, en mi otra hija, en que pudiera crecer con alegría. Tuve mucha red, y eso es clave. Siempre creí en las personas. Yo no pongo el foco en lo negativo, sino en cómo resolver. Eso te cambia la vida. El obstáculo o te aplasta o lo tomás como estímulo. Yo lloro lo que tengo que llorar, pero sigo. Busco proyectos, me transformo, encuentro personas en la misma sintonía.

–¿Cómo es convivir con la discapacidad en el día a día?

–Primero, entendiendo que pedir ayuda no es un favor, es un derecho. Y también entendiendo que quien cuida necesita ser cuidado. Eso muchas veces no se ve. Hay mucho por hacer todavía en accesibilidad, en conciencia. A veces no es mala voluntad, es desconocimiento. Pero hay que empezar a ver los obstáculos concretos: si hay rampa, si alguien puede acceder, si hay paciencia para esperar. También cambia mucho la percepción del tiempo. Cuando atravesás situaciones así, te das cuenta de que muchas de las exigencias del día a día pierden sentido. Lo importante pasa por otro lado, por lo vincular, por lo que construís con el otro.

Andrea Porello sostiene que en el arte y el juego todos logran expresarse y mostrar sus capacidades.
Andrea Porello sostiene que en el arte y el juego todos logran expresarse y mostrar sus capacidades. (Gentileza)

–¿Qué aprendiste de todo ese proceso?

–Que somos vulnerables todos, en cualquier momento. Y que lo único que nos sostiene es la red. Por eso insisto tanto en generar espacios de encuentro. También aprendí a tener una mirada más abierta, a no juzgar rápido. A preguntarme qué le pasa al otro, por qué actúa como actúa. Eso te da una humanidad distinta. Y entendí que hay que trabajar mucho en los modos: cómo nos hablamos, cómo nos tratamos, cómo nos miramos. Ahí se juega gran parte de lo que somos.

Ficha Picante

Andrea Porello (52). Es doctora en Educación, licenciada en Psicopedagogía y magíster en Psicología Clínica. Especialista en procesos de aprendizaje, salud y creatividad. Investiga la relación entre arte, juego y prevención de violencias. Desarrolló dispositivos psicoeducativos como “Flow y Espacio” y propuestas de gestión cultural como “Trazos y Palabras”.  Contacto: @andreaporello_oficial

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