
Récord agrícola en Córdoba y alta presión fiscal: el maíz muestra la menor carga del Estado
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Redacción La Voz
La agricultura argentina suele ser un negocio de contradicciones que, vistas desde Córdoba, se vuelven todavía más evidentes. Nunca en la historia agrícola de la provincia se produjo tanto, pero eso no significa necesariamente ganar más.
La provincia se encamina a cerrar una campaña histórica en términos productivos, aunque la rentabilidad sigue lejos de aquel pico que el sector alcanzó en 2012, cuando la soja tocó precios extraordinarios y la actividad parecía no tener techo.
Los números actuales invitan a un moderado optimismo. Según el economista jefe de la Bolsa de Cereales de Córdoba, Gonzalo Agusto, la campaña 2026/2027 presenta fundamentos más favorables que el ciclo anterior.
Mejores precios esperados a la cosecha, una relación insumo-producto menos desfavorable y la reducción gradual de retenciones permiten proyectar márgenes positivos para la mayoría de los cultivos.
Sin embargo, esa mejora relativa no alcanza para recuperar el terreno perdido frente al mejor momento de la agricultura argentina.
La distancia es contundente cuando se la mide en dólares constantes. En 2012, la soja llegó a cotizar a un equivalente de U$S 900 por tonelada a valores actuales. Hoy, el principal cultivo argentino se ubica entre U$S 410 y U$S 415 por tonelada. Es decir, menos de la mitad de aquel valor histórico.
La comparación explica gran parte de la sensación que domina al sector: se produce más, pero se gana menos.
El contraste se observa claramente en Córdoba. La provincia proyecta una producción total de 42,2 millones de toneladas entre trigo, maíz, soja, maní, sorgo y girasol, con lo cual se consolida como uno de los motores agroindustriales del país. A nivel nacional, el maíz podría alcanzar las 70 millones de toneladas, una cifra récord.
Pero el negocio agrícola no se define únicamente por los quintales cosechados. El precio sigue siendo determinante. Y en ese terreno, el escenario actual está lejos de replicar el auge de comienzos de la década pasada.
Agusto advierte que los términos de intercambio se encuentran entre los niveles más bajos desde 2003.
Los precios actuales se asemejan más a los registrados durante el período de Mauricio Macri que a los observados durante el boom de las commodities que caracterizó buena parte de la década anterior.
La tecnología permitió compensar parte de esa pérdida. La genética, el manejo agronómico y la agricultura de precisión elevaron los rindes y permitieron expandir la producción. Pero la mejora productiva no siempre alcanza para neutralizar un contexto internacional menos favorable.
En este escenario, los costos y la presión fiscal adquieren una relevancia aún mayor. Los arrendamientos en Córdoba continúan elevados, con promedios provinciales que se ubican entre 11,5 y 12 quintales de soja por hectárea, mientras que en zonas de alta productividad, como Marcos Juárez, alcanzan los 18,5 quintales.
A ello se suman los derechos de exportación. Según las estimaciones presentadas por Agusto, el costo total que representan las retenciones para la producción agrícola ronda los U$S 6.800 millones, equivalentes a entre 3% y 4% de la recaudación tributaria nacional.
Cuando los precios internacionales son extraordinarios, el impacto de este tributo se diluye parcialmente. Pero en un contexto de valores más moderados, su peso sobre la rentabilidad se vuelve mucho más evidente.
Por eso, el cronograma de reducción gradual de retenciones establecido por el decreto 423/2026 es visto por el sector como una señal positiva. La Bolsa de Cereales estima que, hasta diciembre de 2028, unos U$S 600 millones dejarán de salir del agro cordobés gracias a la menor carga tributaria.
No se trata de un cambio menor. Esos recursos pueden transformarse en inversión, tecnología, empleo y agregado de valor en el interior productivo.
Las perspectivas para la campaña 2026/2027 también encuentran respaldo en la mejora de la relación entre insumos y producción.
El precio de los fertilizantes comenzó a normalizarse luego de los fuertes aumentos registrados en años anteriores, mientras que las existencias globales de granos muestran un ajuste que brinda cierto sostén a las cotizaciones.
Incluso el trigo, históricamente afectado por elevados costos productivos, encuentra mejores perspectivas gracias a un escenario climático favorable y a la baja de retenciones.
Pero el desafío de fondo permanece inalterable: recuperar competitividad en un mundo donde los precios ya no son los de 2012.
La incógnita es si el contexto económico permitirá que ese esfuerzo se traduzca nuevamente en rentabilidad. Porque, casi 15 años después, el recuerdo del mejor momento del agro argentino sigue funcionando como una vara difícil de alcanzar.