
El acusado de matar y descuartizar a Camila Merlo seguirá preso: la fiscalía ahonda en sospecha de canibalismo
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Redacción La Voz
Lo hacía con destreza, con una penosa destreza aprendida en los márgenes de su vida.
No son pocos los que recuerdan cómo, aquella soporífera tarde de diciembre de 2025, el joven se iba abriendo pasado por la calle con un revólver en su mano derecha.
A la vista de todos, y sin importarle nada, caminaba lento mientras le iba metiendo las balas al tambor. Un proyectil tras otro.
Cuando llegó a la casa que buscaba, comenzó a gritar desaforado.
Estaba pasado, quizá por la droga que había consumido momentos antes. Dos pandilleros armados lo acompañaban a metros. Eran su custodia. Uno de ellos habría su propio padre.
El muchacho cargó el revólver y, cuando salieron de la vivienda, ejecutó a balazos al padre de familia. Uno de los balazos le dio en la cabeza.
En esa secuencia de locura, balas y pólvora, hirió también al hijo de la víctima, quien alcanzaría a sobrevivir con lo justo.
No era la primera vez que el homicida causaba pánico allí, en barrio San Jorge, en la franja nordeste de la ciudad de Córdoba.
Cinco tardes antes, ya había atacado a tiros a otro vecino, quien también se salvó con lo justo.
Hoy, hay un acusado que permanece preso en la Cárcel de Bouwer.
Su legajo dice que se llama Leandro Emanuel Romero y que tiene 24 años. En su barrio, nadie lo conoce con ese nombre. Lo conocen como “Pinchado” o “el Pinchao”. Nadie recuerda por qué le dicen así.
En el legajo penitenciario dice que “Pinchado” tiene una hija, que se ganaba la vida haciendo changas y que le gustan los “nevados”: los cigarrillos de marihuana cubiertos con cocaína. Fumaba tres por día.
La casa donde vivía ya no existe. Vecinos hartos de él se la quemaron como venganza.

A “Pinchado” Romero, el fiscal Andrés Godoy lo acusó por homicidio agravado por el uso de arma de fuego, tentativa de homicidio calificado, amenazas calificadas por uso de arma y disparo de arma de fuego.
Días atrás, el fiscal firmó la prisión preventiva. De esta manera, “Pinchado” quedó más cerca de ser enviado a juicio.
El joven por ahora niega todo. Sabe que está más que comprometido. Es que lo vieron todos en el barrio. Y muchos, cansados de todo, decidieron hablar dejando atrás los códigos del miedo.
¿Cómo fue todo?

Todo sucedió en diciembre de 2025 en barrio barrio San Jorge de Córdoba.
Se trata de otra franja urbana de la Capital que, en los últimos años, ha sido otro escenario de gravísimos casos de violencia urbana protagonizados principalmente por jóvenes armados y que tienen su origen o sustrato en el consumo y venta de drogas, sobre todo la conocida como “el pipazo”. La Policía suele ir al barrio. Pero los vecinos afirman que eso pasa cuando ya pasó algo.
La droga y sus efectos es algo que rara vez deja de pasar.
Aquel domingo 7 de diciembre de 2025 pasaron graves cosas.
Eran las 12.30 del mediodía cuando Leandro “Pinchado” Romero se encontró con un joven perdido en vida por el “pipazo”.
No está claro si fue por una bronca por una deuda o qué, pero “Pinchado” comenzó a golpear con fiereza al joven adicto, según pudo establecer el fiscal Godoy. Fueron trompadas tras trompadas en plena calle.
Fue justo que pasó un vecino en bicicleta. Le llaman “Chispa”.
“Me dio bronca la situación de ver cómo le pegaba. Por eso le grité a 'Pinchado' que frenara. El otro pibe es bueno, por eso quise defenderlo”, diría luego el joven como testigo, ya en tribunales.

Volviendo a aquel domingo, “Chispa” le gritó a “Pinchado” que parara, que dejara de ser “tan abuso”.
“Chispa”, que en realidad se llama Jonathan Leguizamón, siguió pedaleando. Cuando quiso reaccionar ya era tarde.
Desde atrás, comenzaron a tirarle. Uno, dos, tres, cuatro, cinco fueron los disparos.
Uno de los balazos le dio a “Chispa” en el abdomen. Otro en el tórax.
Para el fiscal, el autor del ataque fue "Pinchado".
"Fueron disparos seguidos. El segundo y tercer disparo me impactaron en el cuerpo. En ese momento empiezo a sentir mucho calor en la espalda", contaría después.
Fueron impactos que lo dejaron al borde de la muerte, pero la esquivó. Eso sí, alguien le robó la bici.
“Chispa” quedó con secuelas que se notaron cuando fue a testificar a la fiscalía.
El joven víctima no dudó, como no dudaron otros testigos, en señalar que “Pinchado” había sido el autor de los disparos. “Fue él”, aseveró.
La segunda parte de esta historia se escribió cinco días después. Fue el viernes 12 de diciembre.
Eran ya las 18 de otra jornada por demás calurosa cuando, según la reconstrucción judicial, “Pinchado” se encontró con otro joven en bicicleta. Esta vez se trataba de Leonardo Manzanel.
Había una fuerte rivalidad entre ellos.
¿El motivo? Según la fiscalía y la Policía, estaban peleados por una chica.
- Qué mirás tanto, si tiene que pasar algo que pase- habría gritado “Pinchado” mientras sujetaba un revólver.
- Si tenés que hacer algo, hacelo callado- respondió el ciclista, quien siguió pedaleando.
La situación no pasó de allí.
“Pinchado”, según la fiscalía, entró a su casa fuera de sí.
Rato después, de acuerdo a la causa, salió decido con dos hombres más. Uno habría sido su padre.
Cuentan testigos que los tres iban armados. Uno llevaba hasta dos pistolas en cada mano.
“Pinchado” llevaba presuntamente un revólver. Varios testigos aseguran que lo vieron caminar mientras iba metiendo balas en el cargador.
Los tres encararon por calle Río Pasaje. Al llegar al 2800, a dos cuadras de la Circunvalación, frenaron frente a una casa.
“Pinchado” habría comenzado a gritar.
Con insultos, comenzó a decirle a Leonardo Manzanel, su rival, que saliera a la calle. Que iban a pelar y saldar cuentas. Fueron gritos que resonaron en la calle.
El padre de Leonardo, Darío Manzanel, dejó de revocar su casa y fue a pedirle al recién llegado que dejara de gritar. Que no era para tanto la pelea por esa chica.
Fue en ese momento que, según los testigos, “Pinchado” levantó el revólver, apuntó contra el rostro de Darío y gatilló.
Malherido, el dueño de casa cayó al piso. Ahí fue cuando recibió otro balazo en el tórax. Moriría días después en el hospital.
Su hijo, Leonardo, quiso interceder y terminó con un balazo en una pierna.
Los vecinos aseguran que “Pinchado” se habría dado vuelta y habría intercambiado armas con uno de sus laderos.
Esa noche nadie durmió en la barriada.
Aquel 12 de diciembre terminó con llamaradas que podían ser vistas desde la Circunvalación. Era el fuego que destruyó la casa de “Pinchado”. No tardaron los policías en atraparlo a él, a su padre y a otro acusado.
No fueron pocos los que marcaron dónde se habían escondido.