
Por la desaceleración de la inflación, fuerte baja del índice de pobreza
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Redacción La Voz
En la Argentina polarizada, si alguien habla de una década ganada, invariablemente habrá otro que aluda a una década perdida. Incluso, puede que ambos tengan una parte de razón, otra de distorsión y mucho de exageración.
Pero es difícil que alguien tenga la osadía de presumir un avance victorioso y definitivo frente a la pobreza, aun cuando el presidente Javier Milei vocifere sobre la cantidad de personas que dejaron de ser pobres en lo que va de su gestión.
En todo caso, la mejor noticia es que estamos menos peor que antes, aunque sería cándido pensar que en poco tiempo se puede revertir la profundidad de ese flagelo. Lo mismo con la inflación.
Por la manera en la que se mide la pobreza (el vector es monetario), hay familias que entran y salen de ese universo según la relación dinámica entre sus ingresos y los precios de los bienes y servicios que consumen.
Pero hay otras dimensiones que ayudan a entender las condiciones estructurales de calidad de vida que atraviesan los hogares. Y es recomendable leerlas en un período relativamente largo de tiempo. La famosa década. O incluso más.
La reciente actualización de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) para relevar las condiciones de vida en los 31 aglomerados urbanos se asemeja a auscultar otras áreas del cuerpo social que muchas veces pasan desapercibidas por esa triste y resignada naturalización de ciertas carencias.
En el segundo semestre de 2025, más de la mitad de las personas que vive en las principales áreas metropolitanas del país no accedían al menos a uno de tres servicios básicos: agua corriente potable, cloacas y gas natural de red.
En plena fase de desarrollo de Vaca Muerta, que implica ser exportadores de gas, el déficit de redes domiciliarias de ese fluido es indigerible. Pero la mayoría fingió demencia cuando los subsidios abortaron cualquier ecuación lógica para invertir en obras de infraestructura. Nada es gratuito.

En la actualidad, el 35% de los hogares de los aglomerados urbanos no tienen gas natural. Es el nivel más alto de los últimos 10 años. En la segunda mitad de 2016, ese indicador era 29%. Pero también es un punto mayor al de hace 20 años (33% en 2006).
En Córdoba, por ejemplo, la Provincia tendió gasoductos troncales entre 2016 y 2019, con una inversión de U$S 890 millones, pero queda mucho por hacer para darles capilaridad a las redes que serpentean barrio por barrio.
En el caso de las cloacas, la película sigue siendo más o menos la misma que hace dos décadas, con una leve mejoría en la cobertura (pasó del 70% al 73%), pero persiste un núcleo duro de casi 30% de hogares sin nexo a desagües. Igual que en 2006.
Algo parecido ocurre con el agua corriente, que de los tres servicios básicos detallados es el que mejor alcance tiene. Ahora, el 9% de los hogares no cuentan con conexión a la red, un indicador que fue mejorando muy de a poco frente a los niveles que arrastra desde 2006 (11%).

Este déficit habitacional de infraestructura incide más en los hogares con grados alarmantes de vulnerabilidad. Miles de personas han nacido, crecido, llegado a la mayoría de edad y formado una nueva familia sin que esas condiciones hayan variado.
Es el lastre de un populismo económico que exacerbó el cortoplacismo, combinado con la corrupción que se llevó millones de billetes a los bolsillos de unos pocos y agrandó la deuda interna de las obras básicas de infraestructura.
Así como la inflación afecta más a quienes están en la base de la pirámide socioeconómica, con la corrupción ocurre lo mismo.
Transparencia Internacional, una organización no gubernamental que expone sistemas y redes que exudan putrefacción, señala que la corrupción "actúa como un impuesto regresivo sobre los pobres, robando recursos de sus hogares".