
Por la desaceleración de la inflación, fuerte baja del índice de pobreza
Por
Redacción La Voz
¿Cuántas Argentinas hay? Bajo el tamiz de las antinomias, siempre se habló de dos países en uno: unitarios y federales; los porteños y el interior; el campo y la industria. Y siguen las firmas.
Sin el lastre de ese derrotero, hoy también se menciona la existencia de una economía dual, producto del nuevo modelo económico que provocó un remapeo. Pero hay más lupas para auscultar la anatomía social y productiva.
Bernardo Kosacoff, experto en desarrollo económico, menciona la coexistencia de tres realidades.
Un sector moderno y competitivo, montado sobre la última frontera técnica y traccionado por la demanda global; otro más grande que condiciona la dinámica doméstica, por su peso en el empleo y en el consumo interno, y un tercero, solapado, que tomó una dimensión enorme al ritmo de nuestros fracasos: la informalidad.
“Hay un correlato total entre la estructura productiva y la estructura social asociada a cada una de estas tres Argentinas”, aseguró Kosacoff en una reciente entrevista con La Nación.
En sus charlas a empresarios, el consultor y analista Marcelo Elizondo hace rato que viene hablando de cuatro núcleos.
Los centros urbanos de grandes ciudades donde predominan los servicios y hay más competitividad; los conurbanos que atraviesan duras dificultades socioeconómicas; el interior más dependiente del sector público, y el interior productivo, traccionado por el agro, la energía y la minería.

Con los recientes datos de pobreza, también quedan expuestas las diferencias y hasta el impacto de lo que Daron Acemoglu y James Robinson explican sobre los ecosistemas institucionales en Por qué fracasan los países.
En el Gran Resistencia (Chaco), el nivel de carencia se achicó casi 20 puntos en un año, pero sigue muy alto: 42,2%. Separada por el río Paraná y a media hora de auto, está Corrientes, con 31,3% de pobres.
Más de 10 puntos de brecha es demasiado para sociedades con condiciones muy parecidas. Hardware similar, ¿software diferente?
Quizá el ejercicio podría replicarse entre Concordia (Entre Ríos), que tiene la tasa de pobreza más alta del país (49,9%), con la ciudad uruguaya de Salto, apenas unos kilómetros al este, después de cruzar la frontera natural del río Uruguay.
Las metodologías de medición comparten el vector de los ingresos como el factor más importante, aunque seguramente tienen algunas diferencias.
Salto es uno de los distritos con mayor deterioro en Uruguay, pero la tasa departamental de pobreza (26,9%) es mucho menor a la de Concordia.
Hay otro fenómeno, que es el de la secuencia del derrame que un sector productivo con altos niveles de inversión produce en su territorio de anclaje.
En el corredor Neuquén-Plottier, la pobreza se redujo casi 10 puntos interanual, pero está en la segunda escala del doble dígito (22,4%), pese a ser el distrito en el que más crece el empleo privado formal, al calor de Vaca Muerta.
Lo increíble es que es el tercer conglomerado con menos pobres del país y duplica al primero: la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Caba), con 9,6%, es la única que se separa del pelotón de distritos que tiene tasas que van del 22% al 36%.

La convivencia de dos, tres o cuatro cabezas en un mismo cuerpo tiene un agravante. Hay una sola torta para que coman todos. Y esa torta se achicó de manera brutal.
Una buena forma de mirar el proceso es a través del producto interno bruto (PIB) por habitante. En 50 años, este indicador creció apenas 15%, mientras que el promedio de Latinoamérica lo hizo al 110%.
Durante ese período, el país sufrió varios eventos económicos críticos y se aferró a una economía cerrada, que no hizo más que deglutir el stock de capital para alimentar el cortoplacismo.
Con esa performance productiva, la distribución y la aspiración de reducir las desigualdades perdieron peso relativo, y no porque no sean un factor clave de bienestar, sino porque hubo cada vez menos para repartir.
Aun con la mejora estadística, no hemos dejado de ser un país de ingresos medios bajos que, en general, pone en juego bienes y servicios con valor agregado intermedio o de escasa trascendencia.
Es muy difícil que un país con estas características estructurales pueda, en poco tiempo, elevar el estándar medio salarial y sostenerlo en el tiempo.
No menos compleja es la contención de los costos que está provocando la apuesta por empezar a recuperar el capital consumido y aumentar el tamaño de la torta.