Es difícil encontrar un país que esté tan peleado con su geografía económica. O, al menos, que lo haya estado durante tanto tiempo.
Se empeñó durante décadas en fabricar automóviles, heladeras, zapatos, indumentaria, televisores y celulares. Cosas que hemos hecho mal y que, encima, cobramos carísimo a la enorme mayoría de los argentinos que no se toma un avión a Miami y está condenado a pagar una fortuna por un celular mediocre. Se resistió a explotar el cobre, prohibió la producción de salmón en Tierra del Fuego, limitó la exportación de carne durante años y le puso impuestos a la exportación de granos.
¿La consecuencia? Chile exporta en cobre más que nuestro complejo agropecuario; Brasil y Uruguay nos pasaron por encima en producción de carne; decidimos que en la isla de Tierra del Fuego lo más ingenioso sería fabricar celulares y televisores; se amesetó la producción de soja, y por años compramos un neumático por la plata que afuera alcanza para cuatro.
Ese tejido fabril se montó en los cordones urbanos, en especial el que rodea a la ciudad de Buenos Aires, área donde viven 12 millones de personas. Esas industrias protegidas se instalaron al lado de los centros de consumo y se terminó alimentando un círculo cada vez más vicioso: la población migró del interior al conurbano porque ahí había trabajo, y había trabajo a fuerza de protección directa sobre la industria y gracias a precios pisados, que favorecían tanto a esas industrias protegidas como a sus trabajadores.
Dólar, transporte, energía y gas a un tercio promedio de lo que costaban en el resto del mundo alimentaron ese monstruo.
¿Somos inviables? No, pero hay que cambiar la estructura productiva de la Argentina.
No va más el perfil de las últimas dos décadas. Argentina no podrá hacer a escala masiva, competitiva y a buen precio la mayoría de los bienes que alimentó durante décadas el relato romántico de la soberanía alimentaria y el vivir con lo nuestro.
No hay chances de sustituir importaciones sin fracasar en el intento. Ya lo hicimos y la experiencia nos dejó más pobres (con excepción de los Madanes Quintanilla de la vida, que sí se enriquecieron), aislados del mundo y atrasados tecnológicamente. Subsidiamos todo aquello en lo que no tenemos ventajas competitivas y castigamos aquello en lo que somos buenos.
Argentina competitiva
La Argentina es competitiva y envidia de todo el mundo por sus materias primas: construyó en Rosario un nodo logístico por el que se exporta el 75% de los granos, y fue pionera en encabezar la revolución de las pampas, de la mano de la siembra directa. Si bien el gobierno de Javier Milei bajó las retenciones de la soja del 35% al 26%, todavía la cuarta parte es impuesto. Aun con esa extracción, el campo es competitivo en el mundo.
Pero Argentina tiene en el presente la chance de desarrollar dos ecosistemas tan relevantes como la pampa húmeda. “Nos van a salir dólares por las orejas, mientas no choquemos la calesita”, señala el economista Ricardo Arriazu. Uno de esos ecosistemas está en el complejo minero: litio para Salta y Jujuy, cobre para San Juan y Catamarca, más una serie de minerales raros que también tiene la cordillera. El otro es Vaca Muerta, que ya es una realidad tangible: reportará 13.500 millones de dólares en exportaciones este año; 20.200 millones en 2027, y 34.500 millones en 2030. “Los planetas se alinearon, si no hacemos macana”, remarca Arriazu.
¿Qué serían las macanas? ¿En qué consistiría chocar la calesita? Hay varias respuestas. La vía de respuesta rápida que dio siempre la política al reclamo de los conurbanos fue devaluar: se frenan las importaciones, se licúan salarios, se mejoran los precios, “repunta” la actividad económica, en un loop que no hace más que reproducir pobreza. Pero también es cierto que la paciencia ciudadana no es infinita y que el acomodo a una nueva estructura productiva no será tan rápido ni inocuo.
Está claro que la Argentina tiene todo para despegar y que eso se verá, sin dudar, en dos años. Pero faltan 24 meses para entonces, con una elección presidencial en el medio.
La victoria pírrica es mal negocio para todos. En el afán de forzar la máquina a la inflación cero, está volando en pedazos la máquina. Parece que, sin reconocerlo de manera explícita, el Gobierno tomó nota del malestar de la transición y aflojó en dos vías: convalida baja de tasas y bajó cinco puntos los encajes bancarios, de modo de aumentar la capacidad prestable de los bancos.
Esto debiera aliviar el alto spread entre tasas activas y pasivas (los bancos te pagan 25% por un plazo fijo, pero re cobran 70% por un préstamo personal) y aceitar el alicaído circuito del consumo.
De todos modos, nada será como en 2023. Es otra estructura productiva, en la que el interior tiene todas las de ganar. Una vez, al menos, la historia no está en “modo conurbano”, que tanto nos ha costado.

