Festival de cine. Lisandro Alonso, el único cineasta argentino con asistencia perfecta en Cannes

Este director se ha convertido en un referente del cine latinoamericano, destacándose por su estilo único y visión poética del minimalismo. Ahora regresa con su filme La libertad doble.

16 de mayo de 2026 a las 01:36 p. m.
Lisandro Alonso, el único cineasta argentino con asistencia perfecta en Cannes
"La libertad doble", la nueva película de Lisandro Alonso que continúa con la historia de su primer filme "La libertad".

El único cineasta argentino que tiene presencia perfecta en Cannes es Lisandro Alonso. Desde el estreno de La libertad, su ópera prima en la sección Un Certain Regard, ningún filme suyo (Los muertos, Liverpool, Fantasma, Jauja, Eureka) empezó en otro lado.

Jamás se lo ascendió a la competencia oficial, eso es cierto, pero siempre ha estrenado en secciones de importancia. La crítica francesa, además, siempre le ha prodigado elogios y ha visto en él a uno de los cineastas argentinos clave del siglo en curso.

Fue justamente en 2001 cuando La libertad fue proyectada en la sala Debussy. Nadie podía siquiera adivinar que La libertad se iba a convertir en una película emblemática del cine latinoamericano. Con ella se inauguró un camino, el del minimalismo poético, que tuvo imitadores de todo tipo, aunque la sensibilidad del cineasta es intransferible. Un plano de Alonso es reconocible: la cámara parece flotar y desplazarse en el espacio, como si fuera un fenómeno en consonancia con el ecosistema.

La libertad consistía en seguir la vida de un hachero desde el instante en que se levantaba y tomaba el desayuno hasta el fin del día y el inicio del siguiente. El título imponía un acertijo: ¿qué significaba esa palabra, que no tenía el peso semántico que tiene hoy en Argentina, en el relato minúsculo y circular de la película?

En esa primera película, como en las que vinieron después hasta Jauja, donde Fabián Casas comienza a colaborar como guionista, el cine de Alonso apenas se apoyaba en la palabra. La libertad no delineaba ninguna respuesta.

Las acciones de supervivencia, la soledad del personaje, el uso de su tiempo en sus tareas eran las condiciones para responder qué podría significar la libertad entonces. Había algunas posibles interpretaciones más asequibles que otras, pero lo sobresaliente de aquel primer filme se situaba en la materia cinematográfica en sí. Lo que importaba era la transferencia de una forma de ser ante cámara que quedaba plasmada en cada plano que sustituía al anterior.

Después del desayuno, empieza la faena del día. Primera novedad: la motosierra. El machete y el hacha siguen siendo sus preciadas herramientas de trabajo, pero los troncos voluminosos se trozan con esa otra herramienta que ahora tampoco tiene un valor neutro.

Redoblar la apuesta

Al cineasta no se le escapa qué ha sucedido, después de 25 años, con el vocablo elegido para el título, como tampoco las implicancias metafóricas de esa máquina compacta capaz de derribar caldenes y chañares. Tal es así que la novedad absoluta es la introducción de una dimensión abiertamente política en el relato, ligada a ambos términos en el presente vernáculo. ¿Qué sucede?

El póster de La libertad doble, su nueva película, introduce al protagonista de siempre, pero también añade el nombre de una mujer, coprotagonista: Catarina Saavedra. Que tengan el mismo apellido es una mera coincidencia, porque Misael ha sido siempre un poco él frente a cámara, mientras Catalina es una de las actrices más reconocidas de Chile.

En La libertad doble interpreta a la hermana de Misael, que vive desde hace tiempo en un nosocomio. Allí la cuidan y recibe la contención adecuada: médicos y enfermeros que saben acompañar a las personas que no podrían vivir por su cuenta sin la asistencia necesaria. En un momento, un hombre que está cavando un pozo para poner un poste y mejorar el alambrado de su campo le avisa a Misael que lo estaban buscando por algo relacionado con su hermana.

He aquí que los recortes que se deciden en gabinete, que goza con eliminar los dineros destinados a la salud, afectan los lugares más recónditos del país, como este pueblo perdido de la Pampa. Alonso introduce ese giro narrativo con la sequedad que lo caracteriza y la precisión de sus encuadres: todo lo que sucede en la institución donde hasta ahora se alojaba su hermana es la inscripción exacta de la degradación de las instituciones de salud pública. El inmueble es obsoleto, el mobiliario vetusto, los corredores apenas están iluminados. En una silla de la zona de espera, un hombre semidesnudo parece estar petrificado, un muerto en vida.

Alonso rehúsa nuevamente nombrar a la libertad y adjudicarle alguna valencia preciada. Lo que está claro es que Misael ha tomado la responsabilidad de cuidar de su hermana. Sabe que todavía el nosocomio le dará las pastillas que necesita diariamente; al menos por ahora.

La otra novedad, ya no de la película sino de esta edición, es que Alonso viajó con Misael. En la sala principal de la legendaria sección Quincena de los Cineastas, aquel que desayunaba con mulita a fuego lento miró al público y estuvo al lado del cineasta.

Y para quienes nunca vieron la primera, después de los créditos, la juventud de Misael se puede comprobar. Ese plano en el que ríe mirando a cámara tiene una historia. Quien desee saber algo más sobre la misma puede fácilmente averiguarlo. Lo que se ve es hermoso: la risa de Misael.