Festival. Cannes 2026: las paradojas de las películas en competencia
La competencia se caracteriza por una mediocridad generalizada de la que solo se desmarca el cineasta polaco Pawel Pawlikowsk.
Es una suerte que la comunicación con los muertos no sea más que una superstición. Una hipotética sesión de espiritismo con Krzysztof Kieślowski sería ruinosa para Asghar Farhadi (La separación), quien ha osado inspirarse en uno de los capítulos del Decálogo del cineasta polaco para dar su versión de lo que significa ser voyerista y asimismo delinear la relación posible entre el espionaje existencial de la vida de los otros para la imaginación y posterior creación literaria.
Desde que el cineasta iraní filma en Occidente (antes España, ahora Francia), la desorientación se pronuncia y no parece haber señales de cambio. Histories parallèles (Historias paralelas) pretende desconocer poéticamente el quinto postulado de Euclides, que enseña que las líneas paralelas no se cruzan. En la película de Farhadi, la ficción se cruza con la realidad y viceversa, como también, por una azarosa intersección, se puede modificar el curso de vidas hasta entonces ajenas entre sí.
A Kieślowski siempre le interesó la relación causal de un evento y sus alcances. Lo hizo en El azar, en La doble vida de Verónica, en la trilogía Azul, Blanco, Rojo.
Los cruces en su película resguardaban un misterio, una cualidad alejada de esta película sobrescrita y baladí que intenta establecer primero el ida y vuelta entre la creación literaria y la realidad, como lo hizo Alan Resnais en Providence, para entregarse más tarde a los encadenamientos inesperados de vidas paralelas, como el que se establece entre una escritora interpretada por Isabelle Huppert (extraña la aceptación de Huppert, intérprete de una inteligencia y una rigurosidad extraordinarias, de trabajar con el efectista Farhadi) y un exconvicto mucho más joven (Adam Bessa) que termina como asistente doméstico que en el interín descubre la literatura y el deseo de escribir.
Nada, absolutamente nada es redimible en este juego imaginario desgarbado.
En las antípodas, y hasta ahora la primera película seria del concurso, Fatherland, de Pawel Pawlikowski, se desmarca de la mediocridad generalizada. El cineasta polaco se concentra en el regreso del gran escritor Thomas Mann junto con su hija Erika a su país natal en 1949, después de exiliarse en Estados Unidos ante el advenimiento del nazismo al poder.
En verdad, hay un segundo tema, que concierne a uno de los hijos del escritor, quien deja de existir en el momento exacto en que su padre vuelve a Alemania para recoger los reconocimientos literarios merecidos y asimismo contribuir a la reinvención del país, en la medida que pueda.
La oscilación entre el drama familiar y la crítica política es constante a lo largo de los 88 minutos, y no siempre la agudeza con la que se retrata el dolor de Mann y su hija es correspondida por el modo en que se reconstruye la inestabilidad ideológica de la Alemania de fines de la década de 1940.
La sofisticación para seguir el nacimiento de una emoción y encontrar el plano exacto y la puesta en escena conforme a un sentimiento no alcanza el mismo rigor cuando se trata de problematizar una época. En lo primero, mira con un láser, en lo segundo, esboza como si se tratara del bosquejo que un pintor hace antes de acometer una obra.
Lo que es incuestionable es la precisión que tiene Pawlikowski para los encuadres. Perfecciona lo hecho en Ida y Cold War: ningún ángulo elegido, ninguna posición de cámara parecen responder al capricho. Es dueño del espacio; y en blanco y negro, la luz que se derrama en él es pura hermosura.

