Recuerdo. En México '86, la segunda estrella, con el brillo de Diego Armando Maradona en el Azteca

Un equipo cuestionado y con un DT resistido terminó haciendo historia en México 1986. Con Maradona como emblema, Argentina cambió críticas por gloria y se consolidó como potencia.

28 de junio de 2026 a las 10:50 p. m.
Gustavo Farías
Gustavo Farías
Especial desde Canadá
En México '86, la segunda estrella, con el brillo de Diego Armando Maradona en el Azteca
En lo más alto. Maradona y la Copa del Mundo que Argentina ganó en 1986 de forma inobjetable. A 40 años de esa hazaña.

Carlos Bilardo pronunció la frase con claro objetivo de motivación. “Somos los primeros en llegar y seremos los últimos en irnos”. Aquel 7 de mayo de 1986, a un mes de su debut en el Mundial de México, el entrenador buscó desesperadamente levantar la moral de un equipo arribado a tierras aztecas cargado de críticas y que, en su último ensayo, había igualado 0-0 con Junior de Barranquilla, en Colombia.

Difícil es saber si “el Narigón” formuló el comentario convencido de ello o simplemente como una manera de arengar a sus dirigidos. Lo que sí es indiscutible es que la sentencia tuvo un indiscutible tinte de realidad: un mes y medio más tarde, la selección argentina viajó a Buenos Aires con la auténtica Copa Mundial de la Fifa (no con la “trucha”, como indica hoy el protocolo mundialista). Lo esperaba un pueblo que, escéptico e indiferente en la partida, le tributó un recibimiento de héroes. El éxito, se sabe, siempre paga bien.

Apenas un mes antes, se cuestionaba el “exorbitante” gasto de la selección en su estadía en México, donde debía pagar 1.700 dólares por día para “los caprichos” de Bilardo: las instalaciones del club América, que además de seis canchas de entrenamiento contaba con 10 habitaciones dobles, más otras siete que ordenó construir a cargo de la AFA con una inversión no retornable de 12 mil dólares. “¿Qué le parece? Todo un lujo”, resumía el Diario Popular, que también cuestionaba los altos premios otorgados a los jugadores: 800 dólares por partido jugado, al margen de un viático diario de 25 dólares. “La selección deberá pasar a la segunda ronda para poder salvar los gastos y volver con unos pesos en el bolsillo”, se quejaba el matutino. Evidencia clara de que, en 40 años, el fútbol cobró otra dimensión.

Argentina ganó el torneo de punta a punta y venciendo a los alemanes en una final de infarto. Imposible olvidarse del cabezazo de Brown que abrió la cuenta, de la contra de Valdano para ampliar el marcador o del sufrimiento derivado de los goles de Rummenigge y Völler, cuando el castillo pareció derrumbarse, antes de la corrida final de Burruchaga para un inolvidable 3-2 con delirio total.

Córdoba, como lo había hecho en 1978, se volcó a las calles en la esquina más tradicional de entonces: la del Jockey Club, en Colón y General Paz, desde donde se oía la vieja sirena de La Voz del Interior con su ulular de grandes noticias. Mientras tanto, algunas manos traviesas renombraban las dos arterias céntricas con carteles improvisados: la Colón pasó a ser Diego Maradona, mientras que la General Paz se rebautizó como José Luis Cuciuffo.

Argentina pasó del negro al blanco en apenas siete partidos y, también, del pedido de paredón al de perdón. El 29 de junio de 1986, el equipo del doctor Bilardo coronó de gloria los años dorados de nuestra selección con una postal de ensueño: Diego Maradona y la Copa del Mundo, en alocada celebración en el césped del Estadio Azteca, el mismo que 16 años antes había sido testigo de la consagración de Pelé, el antecesor de Diego, en 1970. Una amalgama perfecta.

El fútbol argentino, que una década atrás había transitado por el camino de la improvisación y las naturales frustraciones, volvía a alzar el trofeo más importante de todos por segunda vez en ocho años, ahora con el plus de obtenerlo fuera del país y ratificando que esta parte del planeta seguía siendo una fuente inagotable de triunfadores.

De una vez por todas, nuestra selección pasó a engrosar, con mérito deportivo, la anhelada elite de los mejores, ese círculo privilegiado del que se sentía parte sin haber conseguido resultado alguno. Es que, detrás de ese auto adjudicado título de “campeones morales” que cada tanto aparecía luego de un doloroso revés, se ocultaba la indisimulable orfandad de títulos trascendentes.

En México, la historia cambió. Argentina se trepó definitivamente al carro de los mejores para viajar en primera y presumir de una condición que hasta hoy no se discute: el de ser una potencia futbolística mundial.