
Cuando se ama "demasiado": excesos en nombre del amor
Por
Redacción La Voz
He construido mi carrera profesional atravesada por una ética que apunta al sujeto y evita rótulos y etiquetas que clausuran la subjetividad.
En la infancia abundan los desatentos, hiperactivos, inmaduros, violentos, oposicionistas, desafiantes. En la adolescencia aparecen los rebeldes, contestatarios, incoherentes, desmotivados.
En los adultos: hipocondriacos, paranoicos, obsesivos, fóbicos, maniacos, depresivos y ahora se generalizaron (como suele pasar con la moda) los llamados tóxicos.
“Tóxico” viene del griego y significa la punta de flecha con veneno para matar al enemigo.
Se entiende así que la gente tóxica puede herirte de muerte por su negatividad, envidia, resentimiento, queja eterna, celos y que por su egocentrismo a ultranza jamás te escucha. Ellos necesitan hablar, auto referenciarse y victimizarse. Difícilmente escuchen y siempre responsabilizan y culpan al otro por lo que les sucede.
Personalmente sacaría el significante tóxico porque prefiero pensar que son personalidades psicológicamente complejas y eso siempre responde a historias difíciles, traumatizantes. La patología siempre obedece a una causalidad compleja.
No se nace complicado y negativo. La personalidad es una construcción que incluye genética, predisposición y experiencias de vida.
Pensarlo así aumenta nuestra comprensión para entender que esa persona con negatividad no actúa intencionalmente. Es lo que está pudiendo hacer con su vida y su historia.
Difícilmente en el transcurso de la vida no aparezca gente así en lo familiar o en lo laboral. Sería creer que alguna institución puede evitar el conflicto, el malestar, el malentendido. Como una especie de Edén o Paraíso habitado por el amor y la bondad.
Lo que sí podemos es intentar ayudarlos, sugerirles un tratamiento que los ayude a entender las razones de la negatividad, a sabiendas que por el momento no podamos elegirlos como amigos.
Creo que la vida nos va enseñando a poner una especie de selector y si algo de equilibrio personal tenemos, elegiremos gente en sintonía, personas positivas, que abren mundos, que contagian pasiones, que comparten alegrías, que se atreven a soñar.
Me resulta difícil pensar las relaciones tóxicas en infancias y adolescencias, pero sí podemos constatar que se empieza a sufrir por cuestiones de amistad. La desilusión es parte del proceso y no siempre se tienen herramientas para superarlo.
Hoy abundan las consultas por esto.
Quizás por la tendencia creciente al anonimato de las relaciones virtuales, donde se puede mentir y simular perfiles, a muchos les está costando construir vínculos con los pares.
Además, y por razones de seguridad, los chicos vienen perdiendo los lugares naturales de socialización: vereda, plazas, esquinas, por lo que la escuela y los clubes deportivos son los escenarios donde se construyen vínculos.
Y es allí donde se encuentran compañeros y amigos y muchos no perciben la diferencia y pretenden ser amigos de todos (lo que es imposible).
Es por eso que vivencian desplantes, exclusiones, indiferencias y formas de violencias sutiles o graves. Ahí habría toxicidad con una importante dosis de sufrimiento.
Trabajar la autoestima de los chicos es decisivo. Ayudarles a diferenciar la emocionalidad positiva y negativa también. Acompañarlos en el logro de superar la frustración y vivenciar la experiencia como aprendizaje y no como fracaso también.
A no olvidar el ejemplo que como adulto responsable de la crianza y la educación de nuestros hijos deberíamos tratar de dar en cuestiones de amistad.
Para los chicos es enriquecedor vivir en una casa donde se cultiva la amistad y donde se ponen límites a lo que sentimos “tóxico”. Ellos podrán entonces distinguir los vínculos que suman de los que restan o dividen.
Y no es matemática. Es aprendizaje para una vida lo más saludable y plena posible.