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Ciudadanos

El vínculo con los hijos. Cuando se ama "demasiado": excesos en nombre del amor

Sobreproteger hace niños y adolescentes débiles, inseguros, temerosos. La relación de madres y padres con sus hijos es una construcción para trabajar.

04 de mayo de 2026, 16:58
Cuando se ama "demasiado": excesos en nombre del amor
Vínculos entre padres y madres con hijos: una construcción a trabajar.

¿Se puede hablar de excesos del amor? ¿Hay una medida cuantificable del amor a los hijos?

En realidad, no la hay, pero cuando es excesivo hablamos de sobreprotección, acompañada en general por miedos a que sufran, a que se frustren, a que no sepan defenderse, a que los lastimen.

La intención es buena: movilizados por la angustia y por la preocupación, muchos padres tratan de allanar el camino de obstáculos, algo que es imposible.

En el intento, impiden que el hijo explore situaciones que son experiencias significativas para la vida.

Algunos confiesan el deseo de que su descendencia no pase por las vivencias negativas que ellos vivieron, sin pensar que se trata de personas distintas y que además algo del orden de la repetición inconsciente es muy probable que aparezca.

Evitar el malestar es también un modo de negarles la oportunidad de explorar sus límites y capacidades, algo indispensable para autoconocerse y fortalecer la autoestima.

La deseada autonomía exige el trabajo de soltar y dejar hacer lo que ellos ya pueden lograr por sí solos aunque el resultado no sea el esperado. Ejemplos abundan: la ayuda en los deberes, en la higiene, en los hábitos alimentarios, en el orden de la habitación, en las defensas frente a comentarios o acciones de amigos, de docentes, etcétera.

De hacerlo, estamos entorpeciendo una importante enseñanza: las conductas tienen consecuencias: si no estudiás tendrás malas notas, si sos violento te quedarás sin amigos, si no respetás normas seguro vendrá una sanción.

Excesos de protección

Los niños que se han educado demasiado protegidos tienen mayores problemas en el futuro para enfrentarse a emociones básicas como son la frustración, el miedo, la ansiedad o la tristeza, que deben aprender a gestionar.

Nuestros hijos, en un futuro, probablemente, tengan que llorar el desamor; sufrir una equivocación en su puesto de trabajo, la crítica de su jefe, la soledad del que empieza una vida independiente, la pérdida de un ser querido y el amigo que deja de serlo porque le falla. Procesar saludablemente estos sentimientos forma parte del crecimiento personal de todos nosotros.

Si se evitan estas situaciones a nuestros hijos con el fin de que no sufran, no estarán preparados para ser adultos maduros y emocionalmente responsables. Puede incluso que generemos una sociedad de personas socialmente dependientes, frágiles, que a la primera adversidad se desestabilizan.

Es una cuestión de crianza y educación

Recordemos que, al nacer, el niño es como un “pequeño salvaje”, que nada sabe de la cultura y de la ética. Todo lo tendrá que aprender a través del vínculo con sus adultos educadores, convencidos de que el ejemplo es la brújula y de que, por lo tanto, nada podemos exigir a los hijos que nosotros como padres no podamos sostener.

He atendido niños con mirada crítica hacia sus padres por pedirles que regulen el teléfono móvil, que lean, que coman saludable sin que ellos lo hagan.

Muchos adultos confesando dificultad para poner límites, produciendo un borramiento de la asimetría, de esa diferencia generacional que implica respeto a la autoridad, a la ley, tornando más imposible la educación.

¿Es que el amor necesita límites? La respuesta es sí. El primer límite es al narcisismo parental.

Querer que los hijos brillen es normal. Hacer las cosas por ellos para que eso suceda no es lo deseable en términos educativos.

He atendido padres que intervienen tanto en las carpetas de sus hijos que se hace difícil distinguir entre el trabajo del niño y el de ellos.

Es el camino equivocado si de verdad deseamos que tengan autoestima, que sean responsables y que (con errores y tropiezos) descubran por sí mismos sus talentos y sus dificultades.

Otro límite fundante es la maternidad/paternidad vivida como la única razón de la existencia.

Para crecer, el niño necesita mujeres/madres y hombres/padres con deseos más allá del hijo, para que digan presente en una crianza gozosa y cada tanto se ausenten para mostrarles que hay otros mundos (más allá de lo familiar) que los esperan y que ellos incursionarán sin que los llevemos de la mano.

Sobreproteger hace niños y adolescentes débiles, inseguros, temerosos. ¿Podrán con el mundo que les espera?