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Ciudadanos

Enseñar y aprender. De un amor a otro amor

Los psicopedagogos afirmamos que se aprende por amor, que, al igual que la vida, nos viene del otro.

23 de marzo de 2026, 17:34
De un amor a otro amor
Escuela. Un ámbito clave, junto a la familia, para la socialización y la vida.

En tiempos bélicos, de odios exacerbados y violencias multifacéticas, elegimos hablar del amor.

Quizá inspirados en esa respuesta que Freud le da a Albert Einstein cuando es interpelado con una pregunta: "¿Alguna vez terminarán las guerras entre los seres humanos?". La respuesta fue no.

Lo único que nos queda es promover todo lo que tenga que ver con el amor y la cultura. La familia y la escuela son los principales escenarios donde algo de eso puede circular.

Los psicopedagogos afirmamos que se aprende por amor, que, al igual que la vida, nos viene del otro.

El desgarro del nacimiento, el ingreso al caos del mundo externo absolutamente distinto al uterino, se expresa en un llanto también desgarrador que se calma cuando, puesto el bebé sobre el pecho materno, se conecta de nuevo con ese tan-tan casi tribal del corazón de su mamá.

La madre puede no estar, pero el estado de inmadurez y e indefensión del recién nacido exige la presencia de alguien que lo aloje en el amor. Ese amor que mira, escucha, acompaña. Que no saca las piedras del camino, sino que da la mano para que, si se caen, sigan caminando.

Es en la familia donde arranca la vida y el aprendizaje, de la mano de padres que asuman su función, que no tiene nada que ver con parir. Parir es un hecho biológico que no nos convierte en padres si no hay un hacerse cargo de la cría.

Alguien que sostenga y organice el mundo caótico de un bebé que tiene que aprenderlo todo sin elegir nada.

Desde que nacemos

Será el Otro quien descifre su llanto y lo transforme en demanda, acercando el pecho o la mamadera, acunando, abrazando, llenado ese psiquismo de arrorroes, mimos, voces, olores y sonidos.

A la hora de aprender a caminar, allí estará el otro, permitiendo o no el gateo, dando la mano y diciendo “upa”. Estimulando o inhibiendo. Y así con todos los aprendizajes.

Un pequeño no aprende para el futuro o porque intuye el valor del conocimiento. Lo hace porque ve las caritas felices de sus padres cuando aprende algo nuevo.

Frente a tanto fracaso escolar, tanta apatía y desinterés (como si se debilitara el deseo de aprender), vale preguntarnos si algo estará pasando con el amor.

El amor, en su sentido más amplio. Sostén de vínculos en comunidad.
El amor, en su sentido más amplio. Sostén de vínculos en comunidad. ((Unsplash))

Estamos situando desde el origen lo intelectual intrincado con lo afectivo. El niño trae un potencial al nacer que se desplegará, en mayor o menor medida, de acuerdo con la calidad del vínculo con el Otro.

Si ese Otro cree saberlo todo, si no reconoce en sí mismo alguna falla, obstaculizará el encuentro del hijo con el conocimiento. Si el Otro todo lo sabe, ¿qué puede aprender él?

De ahí la necesidad de mujeres-madres, de hombres-padres que no se completen con el hijo porque así el interrogante fundamental para la curiosidad (base fundamental de todo aprendizaje) se puede instalar: ¿qué hay en el mundo más allá de mamá o papá?

Cada conquista en el campo del conocimiento implica una renuncia, una pérdida. Es casi bíblico: Adán y Eva pierden el paraíso totalizador por curiosear, por querer saber de las diferencias.

En familia debería haber adultos disponibles para escuchar las preguntas infantiles, responder lo que se pueda y cada tanto decir "no sé". Es ahí cuando alguien no se coloca como sabelotodo, cuando el niño puede inaugurar sus propias búsquedas.

Y ahí está la escuela

En la escuela, debería darse el importante paso de aprender por amor a los padres a aprender por amor al conocimiento. Esa es la vía regia por la que se desliza sin dificultades el proceso. Aprendo historia o matemáticas porque me encanta, me gusta, la disfruto.

La otra vía es la transferencia con el docente: estudio porque da muy buenas clases, tiene “buena onda”, se lo merece, hay que cumplirle.

En ambos casos, lo que circula es el amor.

De ahí el replanteo sobre el deseo de enseñar, la vocación, la pasión, la alegría de encontrarse con los alumnos.

Al igual que en la escena familiar, el amor no se semblantea. Está o no está; y cuando no está, el invitado a la escena es el odio o es la indiferencia.