Compartir
Ciudadanos

Volver al aula. ¿Muros frágiles en las escuelas?

¿Por qué la institución educativa dejó de ser un lugar seguro y con una identidad bien definida? ¿Quién desvirtuó el sentido de la escuela? ¿Cuándo dejó de ser el trampolín de los sueños, la que podría mejorar o equilibrar las diferencias en la línea de partida?

09 de marzo de 2026, 14:25
¿Muros frágiles en las escuelas?
Casi la mitad de los docentes necesitan un segundo ingreso no relacionado a la educación para llegar a fin de mes, según UEPC.

Un nuevo inicio de clases implica también una vuelta a las rutinas saludables, a la responsabilidad de los adultos para ofrecer la mejor escuela posible y, desde la familia, el necesario acompañamiento.

Hablar de muros sólidos o frágiles en las escuelas es una metáfora que me ayuda a pensar respuestas a las preguntas que muchos nos venimos haciendo hace tiempo.

¿Por qué la institución educativa dejó de ser un lugar seguro y con una identidad bien definida?

¿Por qué cada vez más chicos se preguntan para qué ir a la escuela, en un discurso social donde abundan afirmaciones acerca de todas las carreras y trabajos que desaparecerán por el avance de la inteligencia artificial y todo lo que supone la revolución tecnológica?

¿Cómo y por qué se abrieron intersticios en esos muros, por donde entraron drogas, armas, alcohol y el bullying irrefrenable en todas sus facetas, lo que conlleva un sufrimiento insoportable en las víctimas?

¿Cómo hay lugar a la pregunta sobre si debemos o no dejar entrar al colegio a alumnos ebrios después del último primer día de clase?

¿Es que se han borrado los límites entre una institución educativa y otras? ¿Da igual un colegio que un estadio deportivo? ¿Un aula que una plaza, que un baile, un recital o un festival de música?

¿Quién desvirtuó el sentido de la escuela? ¿Cuándo dejó de ser el trampolín de los sueños, la que podría mejorar o equilibrar las diferencias en la línea de partida?

Respuestas esquivas

No hay una sola respuesta, pero claramente este proceso no es atribuible a una sola causa y tendríamos que reconocer su policausalidad y la responsabilidad de todos (de cada uno en su medida).

Las políticas sociales y educativas; el desfinanciamiento de la escuela pública; el desprestigio de la función docente, acompañado de los bajos salarios; el ofrecimiento precoz de las pantallas que viene perturbando la adquisición del lenguaje y los procesos de atención y concentración necesarios para aprender; la baja tolerancia a la frustración, al límite a todo lo que no sea “divertido”.

Educación. Bullying. Escuela. Educación.
Educación. Bullying. Escuela. Educación. (Freepik)

Un renglón especial merece este colapso que se vive en muchas escuelas a las que se les sobredemanda, como si ellas debieran hacerse cargo de las disfunciones de las otras instituciones.

Mientras deben cumplir con un “currículum”, se les pide educación alimenticia, sexual, emocional, financiera, ecológica, ciudadana, etcétera.

Del malestar docente no se habla, o nadie se hace cargo, mientras crecen las licencias y carpetas por motivos médicos y de salud mental (impotencia, angustia, ansiedad, depresión, por nombrar sólo algunas).

Ese único lugar

2026 no puede ser un año más de fragilización de la escuela. Pensemos que esta es casi el único lugar donde los chicos se conectan con la posibilidad de aprender, pensar e interactuar con otros.

Quizá el único lugar para que quienes están captados por las pantallas se encuentren con el mayor tesoro humano: la palabra.

Quizá el único lugar para el sueño colectivo de hacer una mejor versión del mundo y de la época que nos toca vivir.

La escuela tiene que ponerse de pie, fortalecida para resistir el embate de la crisis de valores y de la creciente deshumanización por el triunfo del individualismo y del tentador “canto de sirenas“ que atrae a nuestros jóvenes con la falsa promesa (entre tantas) del dinero fácil y de la fama sin esfuerzo.

Vamos por un año lectivo 2026 donde sean las voces de padres y docentes juntos las que fortalezcan los muros de las escuelas, para que en el interior suceda lo que tiene que suceder: enseñar, aprender, socializar, soñar con un mundo sin hambre, sin guerras, sin excluidos.

Para eso nació la escuela: para gestar sueños esperanzadores y para aprender a convivir con la desilusión, sin darle carácter de fracaso.

El verdadero fracaso es no intentar la batalla.