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Cultura

Opinión. Escuelas: por qué la IA no garantiza una buena formación

Más allá de la falacia de que la educación para ser buena tiene que ser moderna, la realidad muestra que el afán de lo digital garantiza lo opuesto a una buena formación.

06 de marzo de 2026, 09:33
Escuelas: por qué la IA no garantiza una buena formación
Paro en una escuela provincial.

Esta semana se renovó una vez más el contrato social entre la familia y la escuela. En términos menos románticos: empezaron las clases. En tanto tema de agenda, resucitan los discursos sobre la educación que exponen una impúdica ignorancia y los que exponen un inexplicable enamoramiento con todo aquello que suena a “innovación tecnológica”.

Hasta el momento no hay pruebas de que la inteligencia artificial (IA) haya sido significativamente positiva para los estudiantes de los niveles obligatorios. Aparenta ser inofensiva y certera, y seduce con su velocidad y con el exiguo esfuerzo cognitivo que demanda. En algunos casos, incluso es empleada sin que el usuario sea plenamente consciente de ello.

El jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Macri, anunció con orgullo el acceso gratuito a Gemini (la IA de Google) en las escuelas primarias públicas porteñas. El objetivo último es la inclusión digital y la formación de docentes para el empleo de esta herramienta con fines pedagógicos.

En este tipo de decisiones, la IA deja de ser lo que es, una herramienta entre otras, para convertirse en el objetivo central de un proyecto educativo. La preocupación mayor deja de ser el aprendizaje de contenidos que les permite a los individuos acceder, servirse y, sobre todo, crear conocimiento.

La pericia en una herramienta acentúa la dimensión pragmática y descuida la dimensión de los fundamentos, es decir, la pregunta por el porqué.

Lo viejo funciona

Cada vez que se quiere señalar lo atrasada y poco moderna que es la educación argentina, se señalan con envidia los países nórdicos.

Más allá de la falacia de que la educación para ser buena tiene que ser moderna (es decir, con tecnología de punta y formadora sobre todos los temas que están dando vueltas por ahí), la realidad muestra que el afán de lo digital garantiza lo opuesto a una buena formación.

La semana pasada, el Gobierno de Suecia anunció que destinará U$S 100 millones para la compra de libros en formato papel para los estudiantes de sus escuelas.

Los resultados de las pruebas Pisa en ese país demostraron que los alumnos con menor exposición a las pantallas tenían un rendimiento mayor; aquellos con mayor empleo de laptops utilizaban el dispositivo con fines no pedagógicos.

Esta decisión se respalda, además, en los cientos de estudios que comprueban una y otra vez las ventajas cognitivas de escribir a mano y leer en papel sobre tipear y leer en pantallas. Al tratarse de dos soportes diferentes, los fines también son diferentes.

Las pantallas apuntan al multitasking, a la inmediatez, y ponen al usuario al servicio del artefacto. La hoja impresa no ofrece escapatoria ni salidas fáciles ante la dificultad, obliga a detenerse y convierte al lector en un sujeto activo que se sirve de la información.

Mesura

En tanto producto humano, la tecnología siempre resulta seductora por los problemas que resuelve y las puertas que abre. Sin embargo, esas puertas no necesariamente tienen que abrirse, ni siquiera lo tienen que hacer todos ni en cualquier momento.

Se vuelve necesario apelar al discernimiento para determinar su empleo en cada caso, pero para eso es necesario pensar, y pensar es una actividad que está cayendo en desuso por la adopción indiscriminada de herramientas digitales. Vaya encrucijada.

Prohibir de manera absoluta el uso de la IA es ridículo, además de imposible. Pero, de la omnipresencia de la IA, no se sigue que necesariamente deba incluirse en las escuelas, ni mucho menos desdeñar las estrategias pedagógicas que no la incluyen, especialmente si hasta el momento no existe ningún estudio que demuestre una incorporación exitosa.

Después de todo, si algo maravilloso como la IA surgió de las lumbreras de la humanidad fue gracias a la supuestamente arcaica y vetusta transmisión de cultura que sucede en las escuelas.