
Tras las destituciones por el caso Dalmasso, las defensas de los exfiscales planean cómo seguir dando pelea
Por
Redacción La Voz
El crimen de Nora Dalmasso ocurrió el 25 de noviembre de 2006, fecha que coincide con el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
En aquel momento, el movimiento Ni Una Menos todavía no existía y la perspectiva de género estaba lejos de formar parte del sentido común judicial y mediático. Pero comprender el contexto histórico no implica justificarlo.
El jury de enjuciamiento que terminó con la destitución de los fiscales que investigaron el caso dejó una discusión incómoda pero necesaria: cuánto pesaron los estereotipos de género en una causa que terminó convertida en uno de los mayores fracasos judiciales de Córdoba.
La fiscal general adjunta, Bettina Croppi, insistió durante sus alegatos en el concepto de la “mala víctima”: una mujer cuya vida privada, sexualidad y vínculos terminan bajo sospecha casi más que el propio crimen.
La investigación avanzó durante años sobre amantes reales o supuestos, relaciones íntimas y rumores sociales. En muchos momentos, Nora pareció convertirse en objeto de investigación moral.

Pero en la causa no sólo quedaron cuestionadas las fiscalías. También los peritos y forenses.
Según se analizó en el jury, los médicos concluyeron que Nora Dalmasso había mantenido relaciones sexuales consentidas. Y sobre esa interpretación se construyó buena parte de la pesquisa: se buscaron amantes antes que agresores sexuales. Es uno de los argumentos en los que se fundó la defensa de los fiscales.
Croppi cuestionó con dureza esa lectura. Recordó que el cuerpo de Nora sí presentaba lesiones en las mamas, en un codo y en la zona genital. Y dejó una reflexión que hoy atraviesa los debates internacionales sobre violencia sexual: “Que una mujer no presente lesiones importantes no significa que la relación sexual haya sido consentida”, sostuvo.
Incluso fue más allá: “¿No se les ocurrió que Nora podía haber estado amenazada o con una pistola en la cabeza?”.
La discusión no es menor. Durante décadas, muchas investigaciones judiciales partieron de una idea equivocada: que una violación debía dejar signos evidentes de resistencia física. Hoy existe un consenso mucho más extendido sobre algo que entonces era invisibilizado: una víctima puede paralizarse por miedo, coerción o amenaza.
El punto más brutal de esa deriva fue la imputación de su hijo, Facundo Macarrón, que tenía apenas 18 años. Detrás de aquella acusación sobrevolaba una idea tan cruel como discriminatoria: que, por ser gay y tener supuestos conflictos con su madre, podía haber abusado sexualmente y asesinado a Nora.
El “perejilazo” en apoyo al pintor Gastón Zárate también reveló prejuicios de clase: la idea de que un crimen de semejante impacto no podía haber sido cometido por “un obrero”.
Pero este no fue solamente un problema judicial. También fue un fenómeno profundamente social.

Los medios de comunicación –no todos, pero sí muchos– contribuyeron a construir un clima de espectacularización y revictimización. Circularon remeras con la frase “Yo no estuve con Norita”. Programas de televisión y coberturas periodísticas alimentaron teorías conspirativas, sexualizaron a la víctima y banalizaron el caso. Hasta se publicó la foto del cuerpo de Nora.
La intimidad de una mujer asesinada se transformó en entretenimiento masivo.
Ahora bien: señalar todo esto no implica desconocer que el contexto era otro. En 2006 todavía faltaban años para que Argentina incorporara de manera más sistemática la perspectiva de género en la Justicia. Pero eso no significa que no existieran obligaciones jurídicas concretas.
Argentina ya había ratificado la Cedaw (desde 1985) y la Convención de Belém do Pará (1994) comprometiéndose a prevenir y sancionar la violencia contra las mujeres. Y allí aparece un punto central: un funcionario judicial no es un ciudadano más. Tiene responsabilidades específicas y debe conocer estándares internacionales vigentes.
Eso no convierte automáticamente a los fiscales destituidos en villanos ni permite simplificar una investigación compleja. Pero sí obliga a preguntarse cuánto influyeron los prejuicios sobre Nora en las decisiones investigativas.

¿Qué habría pasado si el eje hubiera estado menos en quién era Nora y más en quién la mató?
Quizás nunca haya respuesta definitiva para esa pregunta. Pero el caso deja una certeza incómoda: Nora Dalmasso no sólo fue asesinada. También fue juzgada después de muerta.