
Convivencia escolar y prevención: las alertas que deja el caso San Cristóbal
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Redacción La Voz
Vengo sintiendo sorpresa, perplejidad y malestar por la explosión en los medios de comunicación de noticias que tienen que ver con conductas del orden de la perversión y de la violencia en las escuelas. Todo parece indicar que se ha ampliado el campo de lo posible de suceder en el ámbito escolar. Al punto que ya muchos miran y sienten la escuela como un lugar no seguro
En primer lugar, la perversión es una de las posibilidades de estructuración psíquica y desde que el hombre es hombre hay quienes reniegan de la ley cultural: saben que existe, pero la transgreden.
De niña ya escuchaba historias familiares en las que situaciones vividas en las escuelas eran de ese orden: de rodillas sobre maíz en el patio, tirones de orejas, sombreros o rincones para el "burro” del aula y humillaciones varias.
En mi propia historia escolar, tengo claros recuerdos de algún docente que abusaba del poder o de la seducción. Pero algún docente, no todos los docentes.
En la actualidad, la sociedad está más perversa; se han desdibujado los límites y las asimetrías que aseguraban el hecho educativo. También se han fragilizado las barreras entre la escuela y la calle, el estadio deportivo, la esquina, etc.
El “ te espero en la esquina” para resolver un conflicto ahora ya es en el aula, delante de docentes o directivos.

Mucho tienen que ver las pantallas, que en ocasiones son una especie de vidriera perversa donde todo es posible de ser mostrado y dicho en público, borrando los bordes con la esfera de lo íntimo. La viralización responde y produce el fenómeno tipo contagio.
Hoy, junto a excelentes documentales científicos e históricos, conviven novelas, reality shows, programas chabacanos y de mal gusto, todos sin respetar el horario de protección al menor, degradando el lenguaje y haciendo un culto de la obscenidad. Clases magistrales de robos, secuestros, homicidios y suicidios.
Por otro lado, y felizmente, hay mayor libertad de expresión. El diálogo entre padres e hijos es más fluido que antaño, cuando los chicos debían guardar silencio frente a los adultos. Los hijos cuentan y los padres denuncian. ¿A quién y de qué modo?
Sucede que el descreimiento generalizado hacia las instituciones policiales y judiciales hace que los medios de comunicación se transformen en escenarios privilegiados para denunciar, y algunos parecen gozar perversamente al hacer un exhibicionismo reiterativo del tema.
En vez de tratarse en la intimidad del ámbito educativo donde todo sucedió, se recurre a los medios. Y la viralización de escenas de abuso y crueldades es casi cotidiana.
Muchos opinarán que es obligación de los medios mostrar la realidad. La dificultad está cuando se la muestra sectorizada, descontextualizada o manipulada para fines políticos, aunque sabemos que el costado amarillento de lo social es lo que asegura el rating, hoy valor supremo.
La realidad es que hay escuelas sobreexigidas y habitualmente subdotadas, docentes desprestigiados y mal pagos que soportan faltas de respeto o luchan contra el desinterés generalizado, y que resisten e insisten en acercar el conocimiento a los chicos y trasmitirles los valores de la cultura.
Pero ellos no son noticia. Por eso, a las denuncias habría que equilibrarlas con anuncios de experiencias, de emprendimientos, de proyectos e innovaciones, de logros que día a día se gestan en muchísimas aulas.
De lo contrario, le estamos haciendo el juego perverso a un sistema que parece buscar el estallido de las instituciones (familia, escuela, sindicatos, centros de estudiantes), la pérdida de la confianza en el otro y, por lo tanto, la ruptura de los vínculos.
La escuela viene quedando como el único lugar de socialización donde los seres humanos puedan tramitar sus diferencias y acceder a la cultura. Hay que repensarla, refundarla y sostenerla entre todos.
Tengo pocas certezas, pero estoy segura de que nuestros lectores no están a favor del “caiga quien caiga” de estos tiempos y que, por tratarse de la escuela, no están dispuestos a darle un empujón para precipitar su caída.