
Convivencia escolar y prevención: las alertas que deja el caso San Cristóbal
Por
Redacción La Voz
Cuando se reflexiona acerca de las dificultades de convivencia en las instituciones escolares, suele aparecer una frase: “Hay una crisis de autoridad”.
Imposible negarla: directivos, docentes, alumnos y padres tienen problemas con este tema.
Aulas que se debaten entre apatías y violencias; docentes agobiados, sobredemandados, que cursan enfermedades o sacan licencias por sentir que no pueden generar una escena áulica donde el proceso de enseñar y aprender sea posible.
Lo peor que podemos hacer es asumir una postura nostálgica que añora a alumnos, a familias y a docentes de antes. Esa posición inhibe, paraliza. Si el ayer fue mejor, el hoy y el mañana se hacen obstáculo.
“El maestro entraba al aula y su sola presencia inspiraba respeto”, se escucha repetir. Hoy ya sabemos que el respeto hay que ganárselo todos los días, y a veces con resultados infructuosos, habida cuenta de docentes filmados, grabados y maltratados por alumnos o padres
No es posible renunciar a ejercer la autoridad, porque el acto educativo implica un acto de autoridad.
Educar demanda asumir un lugar asimétrico. La escuela actual enfrenta el desafío de resignificar el rol del docente como lugar del saber y de la autoridad legítima. Tiene que encarnar la cuota necesaria de ley que los adultos deben a los más jóvenes.
Se trata de una autoridad democrática que, a la par que transmite saberes, incentiva en los alumnos la construcción de repertorios para la divergencia y la problematización de lo dado.

Los alumnos necesitan autoridad porque requieren contención. Pero es menester reconocer que la crisis de autoridad pedagógica es también un problema de adultos y no simplemente un tema intergeneracional. De ahí la necesidad de que los adultos reflexionemos acerca de qué nos pasa con la autoridad y cómo reconstruirla.
Ahora bien, será más fácil reconstruirla desde el trabajo de y con la institución, más que desde esfuerzos individuales aislados. Es preciso pensar en términos de institución y de equipo.
Las actuales condiciones socioculturales que ingresaron a la escuela determinan una nueva realidad áulica, para la que no sirven las viejas respuestas. Hay que hacerse nuevas preguntas y construir estrategias adecuadas.
Es muy distinto pararse en el aula en la era de internet, de la telefonía celular, del dominio de la imagen, de la profundización de las diferencias sociales; de la desvalorización de la cultura del conocimiento y la valorización del consumismo que seduce a las nuevas generaciones tras el perverso discurso del tener ya, sin espera, sin trabajo, sin esfuerzo, sin valoración de lo que se obtiene, ya que lo logrado es rápidamente sustituido por otra cosa.
La escuela ha dejado de ser el lugar donde se depositaba el conocimiento, que hoy está diversificado y se puede buscar en muchos escenarios y plataformas.
Sin embargo, la presencia de experiencias educativas donde se produce pensamiento, donde los alumnos se entusiasman y muestran intereses intelectuales, nos da el pie para pensar que es posible la construcción de un vínculo positivo con el aprender (ferias de ciencias, olimpíadas, teatro, proyectos comunitarios, etcétera).

Creemos necesaria la presencia de un docente apasionado, que pueda contagiar amor al conocimiento. Un docente coherente, convencido de que se educa más con lo que se hace que con lo que se dice que se hace.
Un docente que cada tanto pueda resignar un contenido del programa frente a la emergencia de intereses de sus alumnos, que tenga que ver con el anclaje a la cultura y a lo que viven en su cotidianeidad.
Un docente que exige porque se autoexige; que es respetado porque respeta; que despierta entusiasmos porque es un entusiasmado.
Un docente que sabe que los vínculos se construyen y está atento a las transferencias positivas y negativas. Sabe que cada alumno es único. Está convencido de que en el aula cada quien tiene que encontrar su lugar (“un buen lugar”); que cada quien tiene luces y sombras; que marcamos a los alumnos con la palabra y la mirada. Y que quizá la escuela es para muchos la última oportunidad de constitución subjetiva.
Por eso y por mucho más, la docencia resiste sosteniendo la escuela frente a los que intentan vaciarla de sentido.