Día de la Bandera. Las otras banderas de Belgrano que casi nadie conoce y ayudan a entender cómo nació Argentina
Mucho antes de crear la bandera celeste y blanca, Manuel Belgrano ya utilizaba símbolos para representar instituciones, ejércitos y proyectos políticos. Las enseñas que marcaron su vida y anticiparon el nacimiento de la Nación.
Cada 20 de junio, la figura de Manuel Belgrano regresa a la memoria argentina asociada con una imagen definitiva. El general permanece erguido frente al Paraná mientras la bandera recién creada comienza a flamear, a las 18.30 horas de un 27 de febrero de 1812, sobre las la Barranca de las Ceibas, Rosario.
La escena adquirió tal fuerza que terminó por concentrar en un solo instante una relación con los símbolos que había comenzado muchos años antes.
Belgrano creó la Bandera Nacional, aunque su legado vexilológico resulta más extenso. A lo largo de su vida estuvo vinculado con diversas enseñas. Algunas surgieron bajo su decisión directa. Otras pertenecieron a las instituciones en las que ejerció responsabilidades. También existen piezas cuya vinculación con sus campañas cuenta con sólidos indicios históricos, aunque todavía deja preguntas abiertas.
Ese conjunto permite observar algo más profundo que una sucesión de diseños. Revela la formación de un pensamiento. Belgrano comprendió que una comunidad necesita una imagen capaz de expresar su existencia y que esa imagen adquiere sentido cuando representa una causa compartida.
El mundo de las banderas

Su contacto con el mundo de las banderas comenzó durante los años del Real Consulado de Buenos Aires. El 2 de junio de 1794 asumió como secretario perpetuo de la institución. Tenía veinticuatro años y acababa de regresar de Europa, donde había estudiado Derecho y conocido las ideas económicas que estaban transformando su tiempo.
El Consulado poseía funciones vinculadas con el comercio y la administración de justicia mercantil. Belgrano quiso convertirlo en un instrumento de progreso. Desde allí impulsó la educación técnica y defendió el desarrollo productivo. En ese ámbito también conoció la dimensión representativa de los emblemas institucionales.
Diversos estudios atribuyen al Consulado una bandera corporativa formada por dos campos horizontales, uno blanco y otro azul celeste, sobre los cuales aparecía su escudo. Su datación suele ubicarse alrededor de 1794. La documentación disponible impide afirmar que Belgrano haya diseñado personalmente aquella enseña, aunque su condición de secretario lo situaba en el centro de la vida institucional que el paño identificaba.
La cautela histórica resulta indispensable. Una vinculación funcional constituye algo distinto de una autoría comprobada. Aun así, aquel antecedente posee un valor singular. El blanco y el azul celeste estaban presentes en el ambiente simbólico de Belgrano casi dos décadas antes de la creación de la Bandera Nacional.
En 1801 apareció otra enseña asociada con el Consulado. Se trataba de una bandera destinada a los buques autorizados para actuar bajo las reglas del corso español. Las reconstrucciones la muestran con un campo amarillo atravesado por franjas rojas. En su superficie figuraban las armas monárquicas y el emblema consular.
Aquella bandera respondía al orden colonial y expresaba la autoridad de la Corona. Su inclusión dentro de este recorrido ayuda a comprender la experiencia previa de Belgrano. El futuro creador de la insignia argentina había aprendido que ninguna autoridad podía presentarse ante el mundo sin una imagen que permitiera reconocerla.
Las invasiones británicas de 1806 y 1807 modificaron su vida. El abogado formado para el ejercicio civil debió participar de la defensa de Buenos Aires. La ocupación extranjera le permitió advertir la fragilidad del poder español y fortaleció su convicción acerca de la capacidad de los habitantes del Río de la Plata para gobernarse.
La Revolución de Mayo
La Revolución de Mayo lo encontró preparado para asumir una responsabilidad decisiva. Integró la Primera Junta y pocos meses después recibió el mando de la expedición destinada al Paraguay. Durante aquella marcha apareció una bandera que merece un lugar central dentro de la historia belgraniana.
El 20 de octubre de 1810, Belgrano pidió a los ministros de la Real Hacienda de Santa Fe telas de color azul, encarnado y amarillo para confeccionar banderas. La compra quedó documentada al día siguiente y el material llegó a sus manos el 23 de octubre, mientras se encontraba en la Bajada del Paraná.

Las divisiones de la expedición partieron con distintivos de distintos colores. Una vez reunidas las fuerzas en Curuzú Cuatiá, aquellos paños habrían sido integrados en una sola enseña. La carta que Belgrano escribió a Mariano Moreno el 13 de noviembre confirma que el capellán Juan José Arboleya había bendecido una bandera.
La existencia de la enseña cuenta con respaldo documental. Su diseño exacto permanece sin resolver. La reconstrucción más difundida presenta tres franjas horizontales de color amarillo, rojo y azul. El orden de esos campos surge de una interpretación posterior y debe ser presentado con esa reserva.
La fecha de la bendición tampoco puede fijarse con absoluta certeza. La carta del 13 de noviembre prueba que la ceremonia ya había ocurrido. Algunos investigadores consideran probable que se realizara el día 12, debido a que Arboleya había predicado durante la festividad de San Martín de Tours celebrada el 11 de noviembre.
La escolta
Belgrano formalizó la organización de Curuzú Cuatiá el 16 de noviembre de 1810. La bandera acompañó aquel momento y pudo haber servido para dar unidad a una fuerza formada durante la marcha. El símbolo aparecía así ligado a un acto fundacional y ofrecía una imagen visible de la autoridad revolucionaria.
La campaña al Paraguay terminó con las derrotas de Paraguarí y Tacuarí. El destino final de aquella enseña se desconoce. Su desaparición impide examinarla materialmente, aunque su recuerdo conserva una importancia extraordinaria. Antes del celeste y blanco, Belgrano ya había recurrido a una bandera propia para identificar al ejército que conducía en nombre de la Revolución.
El siguiente capítulo comenzó en Rosario. A comienzos de 1812, el gobierno le encomendó fortificar las orillas del Paraná para contener el avance de las embarcaciones realistas. Belgrano organizó las baterías Libertad e Independencia y volvió a encontrarse con un problema que conocía bien. Sus soldados carecían de un distintivo común capaz de diferenciarlos con claridad.
El 13 de febrero pidió al gobierno la adopción de una escarapela nacional. Consideraba necesario uniformar las insignias utilizadas por las fuerzas revolucionarias. El Primer Triunvirato aceptó la propuesta el 18 de febrero y dispuso que la escarapela de las Provincias Unidas fuera blanca y azul celeste.
La escarapela precedió a la bandera y aportó sus colores. Este dato documental permite apartar una leyenda repetida durante generaciones. La creación de la enseña respondió a una decisión política meditada. Belgrano buscaba dotar a las tropas de una identidad propia y ofrecerles una causa que pudiera ser reconocida a simple vista.
El 27 de febrero de 1812 informó al gobierno que había mandado confeccionar una bandera blanca y celeste conforme a los colores de la escarapela nacional. Ese mismo día la hizo enarbolar junto al Paraná. La comunicación escrita por el propio Belgrano constituye el testimonio fundamental de aquel nacimiento.

El documento confirma los colores, aunque guarda silencio acerca de su distribución. La primera bandera pudo tener dos franjas. También pudo presentar otra composición. Las imágenes realizadas muchos años después responden a interpretaciones artísticas y carecen de valor probatorio suficiente para cerrar el debate.
La tradición atribuye la confección del paño a María Catalina Echevarría de Vidal, hermana de Vicente Anastasio Echevarría, amigo de Belgrano. Su intervención forma parte de la memoria histórica rosarina y permite recordar que toda bandera necesita unas manos que conviertan la idea en materia.
El gobierno recibió la noticia con preocupación. La situación internacional aconsejaba conservar todavía la apariencia de fidelidad a Fernando VII. Una bandera propia podía ser interpretada como una declaración abierta de independencia. El Triunvirato ordenó ocultarla y remitió otra enseña para reemplazarla.
Belgrano ya había partido hacia el norte cuando la disposición llegó a Rosario. El 25 de mayo de 1812 presentó una bandera blanca y celeste en Jujuy durante el aniversario de la Revolución. El canónigo Juan Ignacio Gorriti la bendijo y el ejército prestó juramento.
La identificación de aquel paño con el utilizado en Rosario continúa discutida. Pudo tratarse del mismo ejemplar o de una nueva confección. La ausencia de una descripción detallada aconseja mantener abierta la cuestión.
Belgrano conoció la prohibición semanas después. En su respuesta del 18 de julio explicó que había actuado sin conocer la orden y anunció que recogería la bandera. Su carta permite comprender la intención que había guiado el acto. Quería despertar entusiasmo en una región donde encontraba indiferencia y desconfianza.
La victoria de Tucumán del 24 de septiembre de 1812 cambió el curso de la guerra. También fortaleció la autoridad de Belgrano y otorgó una legitimidad creciente a los colores que había elegido. Durante los primeros meses de 1813 se confeccionaron nuevas banderas para el Ejército Auxiliar del Perú.
El 13 de febrero de 1813, las tropas se reunieron junto al río Pasaje y juraron obediencia a la Asamblea General Constituyente. A partir de aquel acto, el curso de agua comenzó a ser recordado como río Juramento. La bandera dejó de funcionar únicamente como distintivo de campaña y pasó a presidir un compromiso político.
Una semana después, el ejército obtuvo la victoria de Salta. La capitulación realista del 20 de febrero se realizó ante la enseña. El símbolo que el gobierno había recibido con cautela comenzaba a ser reconocido por la fuerza de los acontecimientos.
La campaña continuó hacia el Alto Perú y encontró su desenlace adverso en Vilcapugio, el 1 de octubre de 1813. La derrota de Ayohuma ocurrió el 14 de noviembre. En algún momento cercano a esos hechos fueron escondidas dos banderas en una capilla del paraje de Titirí, próxima a Macha, dentro del actual territorio boliviano.

Los paños permanecieron ocultos detrás de unos cuadros religiosos durante décadas. Su hallazgo se produjo en la década de 1880. Las fuentes difieren entre 1883 y 1885, debido a que una fecha puede corresponder al primer descubrimiento y la otra a su recuperación definitiva durante los trabajos realizados por el párroco Primo Arrieta.
Una de las banderas tenía dos franjas azul celeste con una blanca en el centro. La otra presentaba dos franjas blancas separadas por una azul celeste. Ambas fueron relacionadas con el ejército de Belgrano debido al lugar del hallazgo y a la cercanía con el campo de Ayohuma.
La atribución cuenta con fundamentos históricos sólidos, aunque el modo exacto en que llegaron hasta la capilla no está documentado. La tradición sostiene que el sacerdote Juan de Dios Aranívar las ocultó para evitar su captura. El cuidado con las palabras vuelve a ser necesario. La probabilidad histórica puede resultar muy alta sin adquirir por ello el carácter de certeza absoluta.
En 1896, el gobierno boliviano entregó a la Argentina la bandera formada por dos campos celestes y uno blanco. La otra permaneció en Sucre. La pieza repatriada se conserva actualmente en el Museo Histórico Nacional y constituye uno de los testimonios materiales más antiguos de la enseña nacida durante la Revolución.
Las banderas de Macha aportan una enseñanza decisiva. Durante los primeros años, el diseño nacional todavía carecía de una forma uniforme. Los colores ya expresaban una identidad reconocible, mientras la disposición de las franjas podía variar. La nación se estaba formando y su símbolo atravesaba un proceso semejante.
El 25 de mayo de 1813, Belgrano entregó al Cabildo de Jujuy una nueva enseña. El paño era blanco y llevaba el escudo adoptado por la Asamblea del Año XIII. El general quiso agradecer el sacrificio del pueblo jujeño durante el Éxodo y reconocer su participación en las campañas posteriores.

Aquel obsequio recibió con el tiempo el nombre de Bandera Nacional de la Libertad Civil. Su significado excede el homenaje local. Belgrano asociaba la victoria militar con la construcción de una sociedad regida por la ley. La libertad alcanzaba su sentido más profundo al convertirse en derecho compartido.
La pieza fue conservada en Jujuy y llegó hasta nuestro tiempo. El Congreso de la Nación la reconoció como símbolo patrio histórico mediante la Ley 27.134, sancionada el 29 de abril de 2015. La norma confirmó su carácter nacional y estableció las condiciones para su empleo junto a la Bandera Oficial.
El recorrido permite comprender por qué resulta difícil establecer una cifra definitiva sobre las banderas creadas por Belgrano. El número cambia según el criterio utilizado. Algunos estudios cuentan cada pieza material. Otros incorporan las reconstrucciones de enseñas desaparecidas. También existen investigaciones que incluyen las banderas consulares debido a la responsabilidad institucional ejercida por Belgrano.
Ciertos trabajos especializados llegan a identificar ocho enseñas vinculadas con su trayectoria. La cifra es válida dentro de ese método de clasificación, aunque conviene evitar que se transforme en una afirmación cerrada. La historia documental ofrece distintos niveles de certeza y cada bandera reclama una explicación propia.
El Congreso de Tucumán adoptó oficialmente el pabellón celeste y blanco el 20 de julio de 1816. La decisión convirtió en distintivo nacional los colores utilizados desde 1812. El 25 de febrero de 1818 se incorporó el sol a la bandera de guerra.
Belgrano había logrado algo excepcional. Creó la imagen de una nación antes de que esa nación terminara de organizarse. El paño precedió a la estabilidad política y acompañó el nacimiento de una soberanía que todavía debía afirmarse.
Su relación con las banderas revela una continuidad que merece ser recuperada. Desde el Consulado conoció el valor representativo de los emblemas. En Curuzú Cuatiá utilizó una enseña para reunir a su fuerza. En Rosario dio forma visible a una identidad que ya reclamaba reconocimiento propio.
La Bandera Nacional de la Libertad Civil completó ese pensamiento. El símbolo quedó depositado en manos de una comunidad y expresó el ideal de una libertad sostenida por el orden jurídico. Belgrano comprendía que el heroísmo alcanzaba su mayor dignidad al convertirse en ciudadanía.
El Día de la Bandera recuerda el aniversario de su muerte, ocurrida el 20 de junio de 1820. Aquella coincidencia entre el símbolo y la vida de su creador encierra una justicia histórica. La enseña sobrevivió al hombre y terminó por ocupar el lugar que él había imaginado.
Mirar las otras banderas de Belgrano permite volver a observar la nuestra con una conciencia distinta. El celeste y blanco deja de parecer una inspiración repentina y se revela como la culminación de una experiencia prolongada. Detrás de sus franjas aparece un hombre que conocía la capacidad de los símbolos para reunir voluntades.
Su legado tampoco reside solamente en el diseño que llegó hasta nosotros. Permanece en la responsabilidad que acompaña a toda bandera. Un símbolo nacional representa una historia, aunque también compromete la conducta de quienes viven bajo sus colores.
Más de dos siglos después, la Bandera Argentina continúa elevándose sobre plazas y escuelas. En cada ceremonia vuelve a realizarse el gesto iniciado por Belgrano junto al Paraná. El paño asciende y una comunidad se reconoce en él.
Esa continuidad explica su vigencia. Belgrano convirtió una tela en la presencia visible de una patria que todavía buscaba su forma. Nosotros heredamos la bandera. También heredamos el deber de estar a su altura.
*Profesor e Investigador Universitario. Doctor en Psicología Social. Especialista en Ceremonial, Protocolo y Vexilología. Asesor en procesos de creación de símbolos oficiales en municipios y comunas de la República Argentina.




