
Graves cargos a una joven acusada de engañar a su vecina y matarla durante un asalto en su vivienda de Córdoba
Por
Redacción La Voz
–Gracias a Dios estoy en las casas. Casi que estoy en cana de vuelta. No te voy a mentir, casi pierdo anoche. Pero estamos acá en las casas…
–Claro, negro, tenés esa nave, culeau, tenés que tener cuidado. No vas a caer por un encubrimiento de vuelta.
–No culeau, fuimos a chorear anoche y nos traía la Frontier (móvil policial). Nos trajo hasta acá al barrio, hasta que la perdimos con el compañerito. Otra vez no voy a caer por un encubrimiento. Caigo por una banda de robos. Si ya tiene una banda de robos la "moquera" (moto) esta.
–Tenés que cambiar la estética. Está quemadasa, cambiale la estética.
–Yo la tenía en azul, la tenía. Ya la quemé. Si ando así, me va a querer chocar el móvil.
–Sí, yo tenía una azul. Se la vendí a unos chabones. Quiero una (Yamaha) Lander. No puedo rescatar esa nave todavía…
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Lo hicieron una vez y les funcionó. Además de las armas, uno de ellos incluso había conseguido un chaleco antibalas, lo que lo hacía sentirse más “pesado” respecto al resto de sus cómplices.
En distintas motos, habían aprendido aquello de salir a dar vueltas al boleo en calles y avenidas en busca de víctimas a quien encarar y apretar. A veces, las víctimas eran motociclistas, otras veces automovilistas abordados en una esquina o de vuelta a casa, otras simples peatones. El resultado era el mismo: la víctima era emboscada y sufría un violento asalto con modalidad “piraña”.
Andaban en patota y habían aprendido aquello de abordar en tándem: dos o tres de cada lado en sus motos.
Los ataques eran de noche y de madrugada.
Los robos comenzaron a repetirse uno tras otro y cada vez con más violencia. Hubo trompadas, patadas, culatazos y hasta pistolas usadas para atemorizar. Se escucharon disparos en varias oportunidades.
La oleada de casos arrancó en 2024 y se intensificó en el primer tramo de 2025 en la zona noroeste de la ciudad de Córdoba. Las denuncias inundaron la unidad judicial, lo que obligó a la Policía y a la Justicia a actuar.
Una noche, un operativo de policías terminó con un par de sospechosos perseguidos y presos.

Con su grupo de investigadores, el fiscal Juan Pablo Klinger, que ya venía trabajando sobre los robos en serie, comenzó a indagar a fondo. Tras una ardua tarea basada en análisis de filmaciones, celulares, rastreos, escuchas telefónicas y testimonios, se lograron más detenciones.
Cayeron 11 jóvenes entre mayores y menores. El fiscal los acusó por asociación ilícita y los mandó a juicio. Esto derivó en una fuerte polémica con el fiscal General Adjunto Alejandro Pérez Moreno, quien llegó a cuestionar el uso de la figura de asociación ilícita. Luego, se retractó.
Entendió Klinger, lo que fue avalado por el Juzgado de Control 3, que la banda tenía integrantes con roles bien asignados. Estaban los que mandaban, los que iban de “caño” en las motos, los que se encargaban de reducir lo robado.

El fiscal llegó a puntualizar que, más que una asociación ilícita, eran una “asociación criminal”.
En las últimas horas, cuatro acusados, entre ellos dos menores, “levantaron sus manos” en la fiscalía y en juicios abreviados terminaron confesando todo.
Leandro Damián Corzo (19), señalado de ser uno de los jefes del grupo de motochoros, fue condenado a 8 años y 6 meses de cárcel, mientras que Kevin Michael Yair Heredia (21) recibió seis años y medio.
Sobre los dos menores se les declaró su responsabilidad penal y se giraron las actuaciones al fuero penal juvenil para que defina. Quedaron en Complejo Esperanza.
El resto no apeló y fue a juicio. Se trata de: Ignacio Ezequiel “Nacho” Guevara (25), Brandon Tristán Giruni Sosa (19), Edgar Leonardo Ludueña (20), Axel Roger Presidente (20), Juan Axel Francesco “Laucha” Piazza (19), Eric Tomás Rojas (25) y Mateo Agustín Rojas (24).
De acuerdo a la investigación de Klinger, estos 11 acusados (cuatro ya condenados) y otros sospechosos no identificados se pusieron de acuerdo para conformar una banda de motochoros de carácter permanente y con división de roles y tareas.
Los delincuentes atacaban en calles y avenidas de noche principalmente a simples motocicletas, aunque también hubo ataques contra automovilistas.
El lapso horario era entre las 22.45 y la 1 de la madrugada. El grupo había aprendido a atacar en un radio de 4 km.
Lo robado era dividido entre las partes o bien revendido conforme a las necesidades de la banda. En varias oportunidades, se robaba a pedido.
Como regla general –dijo el fiscal–, los miembros de la banda criminal se conducían entre dos y tres motos (con dos a bordo) y aprovechaban siempre la situación de nocturnidad e indefensión en que se hallaban las víctimas, las cuales eran amenazadas con armas de fuego.
Klinger no dudó en calificar al grupo como una asociación ilícita.
La zona de operatoria fueron los barrios Los Boulevares, Jardín Claret, Alejandro Centeno, Alto Verde y Poeta Lugones, entre otros puntos de la Capital provincial.
En la mayoría de los casos, las víctimas eran motociclistas (incluso parejas) que eren emboscadas por numerosos motochoros que se colocaban de cada lado y obligaban a frenar. En varios episodios, los damnificados eran golpeados y amenazados. Hubo casos de víctimas empujadas al pavimento y que terminaron con serias lesiones.
En una oportunidad, una pareja que iba en una Honda CRV negra fue rodeada por estos ladrones en la colectora de la avenida Lucchesse y, cerca de un country, obligada a frenar. La pareja terminó abordada y asaltada con violencia.
No sólo que las víctimas fueron despojadas de todo, sino que hasta les robaron el vehículo.
“Bajate de la moto que te pegamos un tiro”, fue una frase muy repetida por miembros de la banda en distintos asaltos contra motociclistas de noche. Las víctimas eran encañonadas.
Varias mujeres fueron despojadas de sus motos en asaltos nocturnos cerca de avenida Spilimbergo. Todas las víctimas fueron despojadas.
La investigación incluyó análisis de filmaciones, rastreo, búsqueda de testigos y escuchas telefónicas y análisis de WhatsApp: diálogos de alto valor probatorio para la fiscalía.
–Hola, hijo. Soy Nacho (muestra una foto de una Honda Falcon gris robada). ¿No sabés a quién se la podemos embrollar?
–¿Qué querés? ¿Querés venderla para "poncho" (desarmarla para revender sus piezas o armar otra) o ‘legal’ (venta entera)?
–Para "poncho" hay una Duke y una Wave (…). Le hagamos un pasamano, culeau.
–La Falcon anoche la trajeron, culeau, nada más que yo no tengo plata. Yo tengo un comprador que me da 530, pero no me contestó más este gil. Es para que pidiéramos seis palos. Está regalada la papa, está regalada.