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Política

Doble tilde Milei después de Adorni

El caso Adorni cambió el balance de poder para el Presidente.

30 de junio de 2026, 21:19
Milei después de Adorni
El presidente Javier Milei, en la toma de juramento del nuevo jefe de Gabinete, Diego Santilli. El saliente Manuel Adorni, como testigo. (Prensa Presidencia de la Nación)

Javier Milei retrocedió obligado en el caso Adorni. Se resignó a entregarlo después de un trimestre a puro costo y esa decisión no es inocua en el balance de poder.

Como nunca antes, el recambio de un funcionario alteró la posición política del Presidente hacia adentro del Gobierno, en la competencia con sus adversarios y, sobre todo, en la relación con el electorado. No es la primera vez que se ve forzado a un repliegue. Pero la regresión esta vez fue de otro calibre.

Para comparar, sirve el antecedente de la Ley Bases. Aquella avanzada inicial de su gobierno, cuando en franca minoría parlamentaria se lanzó a un maximalismo normativo tan ambicioso que chocó en el Congreso y obligó a una revisión estratégica que fructificó varios meses después.

La decisión de sostener a Adorni contra viento y marea también se estiró unos meses, y la asunción de su reemplazante, Diego Santilli, es presentada por la Casa Rosada como un viraje táctico, funcional al proyecto de reelección.

Pero la diferencia cualitativa entre esos dos procesos políticos es nítida. El proceso de la Ley Bases ponía en juego el abanico de ideas reformistas del Gobierno; podría decirse: el núcleo de su identidad como proyecto político. El proceso de Adorni fue la antítesis: el conjunto del oficialismo se obligó a defender a un funcionario antes que a sus ideas.

Esta diferencia de calidad modifica atributos que hasta el momento el liderazgo del espacio oficialista reivindicaba como propios. La obstinación de Milei fue siempre considerada por un electorado mayoritario como una cualidad positiva al momento de instrumentar su programa de reformas, pero esa misma tozudez, puesta en juego para defender a un funcionario embustero, se asemeja a un disvalor.

Al disponer la salida de Adorni, Milei admitió de facto esa diferencia. Trata de enmendar, de cara al electorado, el error de una obcecación muy poco virtuosa.

Hay una segunda consecuencia para el Presidente, tras el repliegue. El único argumento político para sostener a Adorni en el cargo era su alineamiento ovejuno con los hermanos Milei.

No es de recibo lo que sigue planteando Javier Milei sobre el respeto de la presunción de inocencia (principio que, por otra parte, el Presidente es poco afecto a dispensar a sus críticos). Adorni es inocente hasta que la Justicia diga lo contrario. Pero mentirle a la ciudadanía es un acto de irresponsabilidad política que se paga con el cargo.

La obsecuencia de los funcionarios siempre será placentera para los líderes políticos, pero no es ningún diferencial positivo para los jefes de los líderes, que en democracia son los votantes. Milei premió en Adorni la obsecuencia. Eso habla peor de Milei que de Adorni.

Jefes y jefas

Un tercer efecto es que los hermanos Milei condujeron el proceso Adorni de un modo tan erróneo que el aura de infalibilidad que promocionaban sobre sí mismos tras el triunfo electoral de octubre pasado entró en revisión. Adorni fue un error del jefe, quien quiera que lo sea en el diseño político de la Casa Rosada.

Otra consecuencia de índole cualitativa para la posición de Milei es el tema en cuestión en el caso Adorni.

El exjefe de Gabinete no se fue por cuestiones atribuibles a la dinámica de la gestión. Se fue porque hay dudas sobre su honestidad. Lo investigan por un presunto enriquecimiento ilícito. Entre las ideas originarias del proyecto mileísta, estaba la depuración de los vicios de la casta.

Adorni deshilachó esas banderas. Desparramó prolíficas enseñanzas sobre todo todo lo que no debe hacerse con los consumos postergados una vez que se asume un cargo público. Como solía decir Ambrose Bierce, un viejo periodista satírico del siglo pasado: un verdadero centauro, mejor que Quirón, que unía la sabiduría y las virtudes del caballo con la celeridad del hombre.

Una quinta secuela del escándalo es que la obcecación de los hermanos Milei con el centauro casi introduce una novedad sistémica: nunca antes el Congreso se había planteado la posibilidad de una moción de censura.

Tarea intelectual para Santiago Caputo: de tanto alimentar un presidencialismo extremo con sus frecuentes metáforas imperiales, el mileísmo estuvo a punto de convertir al sistema en parlamentario.

Hay, finalmente, un efecto del proceso Adorni que excede la dinámica del oficialismo. Mientras Milei pulseaba en favor de Adorni contra sus propios votantes, el kirchnerismo desató otra ofensiva interna en el PJ. Cristina Kirchner conduce al peronismo desde un momento —detenido en el tiempo— que es previo al triunfo presidencial de Javier Milei.

Su única opción estratégica es que el modelo de Milei colapse con más ruido que el gobierno de Alberto Fernández. Los argentinos se resisten a que alguien los cuide así.

Otra ironía de Bierce: hay dos tipos de calamidades, las desgracias propias y la buena suerte ajena. La oposición profundiza sus propias calamidades. Por las dudas, trabaja para la fortuna ajena, también.