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Redacción La Voz
Mientras algunos reclaman más pesos para reactivar la actividad, el presidente de la Nación insistió ayer en Córdoba en el camino inverso: tasas altas y disciplina fiscal. Cuesta imaginar una reactivación en “modo K”.
Si alguien esperaba que Javier Milei recalculara en algo el rumbo de su gestión económica, se equivocó. Ni siquiera sintonía fina, precisión quirúrgica. Es más, reiteró que hacia agosto próximo la inflación mensual que releva el Indec “empezaría” con cero.
“Tarde o temprano vamos a derrotar a la inflación; yo voy a seguir haciendo las cosas bien”, planteó Milei en el auditorio de la Bolsa de Comercio de Córdoba, en la apertura oficial del ciclo anual de conferencias. “Desafío a que encuentren alguien que entre a un año electoral apretando la política monetaria, recrudeciendo el equilibrio fiscal y levantando el cepo; no hay”, insistió, en referencia a sí mismo en 2025.
Eso significa que, por el momento, hará oídos sordos a los consejos –muchos de ellos gritados desde la tribuna propia– de aflojar un tanto las restricciones monetarias para aceitar la actividad económica.
Muchos creen que el Ejecutivo debería aflojar la obsesión por bajar a casi cero el indicador mensual a cambio de que repunten en algo las ventas masivas. Una forma de hacer eso sería convalidando paritarias que empaten o superen levemente la suba de precios. La otra implicaría liberar más pesos que los pocos que aparecen hoy cuando el Central compra dólares.
El Central compra (y eso viene bien, con 3.200 millones de dólares en el año), pero luego sale el Tesoro con títulos de deuda para captar esos pesos emitidos o los esteriliza vía pases pasivos por los que ha llegado a pagar tasas siderales.
Otros creen que podría terminar de liberar el cepo y, si apareciera presión sobre el tipo de cambio, se ralentizarían las importaciones, lo que le vendría bien a la industria nacional.

Pero no. Milei reconoció la suba de tasas y la falta de crédito como un problema, pero dijo que se trata de un rezago inevitable de lo que ocurrió en octubre pasado. “Los ataques no son gratis. La caída de la demanda de dinero lleva a pérdida del poder adquisitivo y se empezó a acelerar la inflación”, describió. Y agregó que la economía, “que venía creciendo al 8%, se frenó en seco”. “Estamos trabajando fuertemente para sacar al kirchnerismo de la historia”, arengó.
Dio primero largas y pesadas explicaciones sobre los rendimientos marginales decrecientes y varias cosas más, para terminar reiterando que la prioridad excluyente fue y sigue siendo bajar la suba generalizada de precios. “Vamos a derrotar la inflación”, insistió.
Para muchos, es la mejor medida de higiene económica, porque bastaría seguir con un poquito de inflación para disimular todas las ineficiencias que la política y el mismísimo sector privado vienen esquivando corregir desde hace años. Eso es, al menos, lo que dicen en el equipo económico de Luis Caputo. No es normal un país con una inflación del 2,9% mensual.
Hay que partir del dato de que no toda la actividad económica está golpeada y que no todos los consumidores están jaqueados por igual. Hay sectores a los que les va muy bien y hay consumidores que, pese a poder comprar, eligen no hacerlo. De hecho, los argentinos se llevaron al colchón 35 mil millones de dólares en 2025.
Por eso, es probable que el modelo de consumo exuberante que conocimos los argentinos en algunos tramos de nuestra historia no vuelva más. Este consumidor tiene información, como nunca antes en la historia: sabe lo que cuesta lo mismo en otros comercios, en el exterior y hasta tiene el comentario de otros compradores. Especula con eso y sabe también que mañana no va a estar más caro que hoy.
Encima, sabe que muchas veces le conviene no comprar, quedarse con los pesos e invertir en algo (a mano en su celular) para hacer rendir esa plata. Nunca se había dado esa combinación de cosas.
También es cierto que el pilar del modelo Milei no será el consumo. El consumo, es cierto, extiende un manto de entusiasmo generalizado sobre todo, pero si la producción no se expande de manera genuina, habrá más demanda de lo que la oferta puede abastecer, y entonces subirán los precios.
Necesita que sea la inversión el motor del crecimiento, porque si la economía produce más se pueden pagar mejores salarios. Y para que haya inversión, necesita primero una macro ordenada, y luego darles incentivos correctos a los argentinos que tienen pesos o dólares sin usar.
Ese ahorro –que es consumo postergado– necesita volcarse al circuito financiero o, directamente, a la rueda productiva. El famoso “desencanuto” de Caputo, quien pretende que los dólares atesorados empiecen a rodar. “Si tienen dólares en el colchón, pueden usarlos como se les dé la gana. No son delincuentes”, afirmó Milei. “Pueden sacarlos del colchón, volcarlos al sistema financiero y que empiecen a generar inversiones en el sector real”, pidió.
También necesita que se acomoden los melones en el carro. Es tremendamente impopular decirlo, pero es el eje discursivo que ha sobrevolado desde Fate a esta parte: no todos van a poder sobrevivir. Si una empresa o sector requiere sí o sí de la asistencia del Estado (vía administración de importaciones, dólar pisado, medidas antidumping, aranceles o impuestos excepcionales), es probable que esa empresa o sector no pueda sobrevivir.
Ayer Milei volvió sobre el punto, como consecuencia natural de las reformas estructurales que está implementando, donde no se discuten algunas premisas básicas, como la apertura a las importaciones.
Será entonces hora de recalcular las expectativas, porque no se prevé plan platita ni ayudín del Estado para revitalizar el consumo masivo. Es lo que hay.