Economía. Qué es la estanflación y por qué preocupa en la Argentina
Inflación elevada, consumo debilitado y una economía sin impulso reactivan un problema recurrente en la historia argentina.
La estanflación describe un escenario en el que conviven inflación elevada y una economía que no crece o directamente se contrae. A diferencia de lo que suele ocurrir en contextos recesivos, la desaceleración de la actividad no viene acompañada por una baja en el ritmo de aumento de los precios.
No hay un acuerdo pleno entre los economistas sobre cuándo comienza exactamente un proceso de este tipo. Ni siquiera se trata de un concepto estrictamente técnico. En términos generales, se lo asocia a períodos en los que se combinan varios trimestres de caída del producto con niveles altos y persistentes de inflación.
El término fue utilizado por primera vez en 1965 en Gran Bretaña, cuando el político conservador Iain Macleod advirtió sobre “lo peor de ambos mundos”: inflación por un lado y estancamiento por el otro, una combinación que definió como estanflación.
La inflación está entre nosotros desde hace tiempo. Bajó hasta mayo, pero desde hace casi un año sube paulatinamente todos los meses. La interanual, por su parte, nunca pudo perforar el 30%.
El otro factor, la actividad, no termina de arrancar. En los últimos 12 meses, mostró una tendencia contractiva, con caídas interanuales durante buena parte de 2025 y algunos rebotes que no logran consolidar una recuperación. Según el Estimador Mensual de Actividad Económica (Emae), la economía se mantiene en niveles bajos, con una dinámica muy golpeada en la que los sectores que más empleo generan, como la industria y el comercio, que siguen rezagados.
La salida de la estanflación es una misión muy complicada. El problema es que las políticas monetarias y fiscales que comúnmente se usan en recesión para “encender la economía”, avivan la inflación.
En la historia reciente, es lo que pasó en la segunda parte de 2020. En ese caso, con el aditivo de la brutal emisión a la que se debió echar mano el Gobierno de Alberto Fernández en plena pandemia.
Por otro lado, las estrategias monetarias restrictivas que se suelen usar para combatir la suba de precios, en general, no hacen más que profundizar el escenario recesivo. Algo de esto se observó con Guido Sandleris al frente del Banco Central en el último tramo del Gobierno de Mauricio Macri y, muchos economistas entienden, está pasando ahora.
Inflación y estancamiento
En la Argentina, el primer episodio de estanflación se registró en 1959, durante el gobierno de Arturo Frondizi, cuando el ministro de Economía, Álvaro Alsogaray, implementó un programa de ajuste que incluyó una fuerte reducción del gasto público (estimada en torno al 8% del PBI) y una devaluación del peso. En ese contexto, pronunció la famosa frase “hay que pasar el invierno”. Situaciones similares volvieron a observarse en 1962, 1963 y 1966.
En 1975, el fenómeno reapareció con el denominado Rodrigazo, un paquete de medidas impulsado por el ministro de Economía Celestino Rodrigo, durante la presidencia de Isabel Perón, que combinó devaluación, suba de tarifas y aumento de combustibles. Ese proceso derivó en un fuerte salto inflacionario.
También se registraron episodios de características similares en 1976 (con una caída inicial del salario real cercana al 30%), en 1978, en 1981 (tras el colapso del esquema cambiario conocido como “tablita”, durante la gestión de José Alfredo Martínez de Hoz), en 1985 (a lo que el gobierno de Raúl Alfonsín respondió con el Plan Austral) y en 1989, cuando se produjo la hiperinflación.
La dinámica de inflación elevada junto con caída de la actividad continuó en 1990, al inicio de la presidencia de Carlos Menem, y se interrumpió posteriormente con la implementación del régimen de convertibilidad.
En 2002, tras la salida de ese esquema, la inflación volvió a acelerarse (41% anual) mientras el PBI registró una contracción del 10,9%, la mayor caída anual hasta ese momento.
El "combo maldito"
La inflación de marzo, que alcanzó el 3,4% según el Indec, volvió a confirmar una tendencia que, aunque en la Casa Rosada intentan disimular, genera preocupación. Ya son 10 meses consecutivos de aceleración del nivel general de precios, incluso con la fallida aplicación de una nueva canasta en el medio, lo que además impactó en la credibilidad del organismo.
Sin las celebraciones –ni los “mandriles, sigan llorando”– de otros meses, el presidente Javier Milei calificó en redes sociales el registro como “malo”, aunque aseguró que el dato de marzo fue el pico y que a partir de ahora el IPC comenzará a “colapsar”.
El salto mensual se da en un contexto económico complejo. Si bien la actividad no muestra una caída abrupta en términos agregados, los sectores que más empleo generan (como la industria y el comercio) están retrocediendo o, en el mejor de los casos, amesetados en niveles muy bajos.
A esto se suma un deterioro del poder adquisitivo de los ingresos, lo que impacta de manera directa en el consumo. En paralelo, crece la precarización laboral como forma de absorción de la mano de obra.
En condiciones normales, el consumo resentido debería actuar como freno para los precios. Pero la Argentina no es un país normal. La persistencia de aumentos en un contexto de debilidad de la demanda es uno de los elementos que alimenta el debate sobre la posibilidad de que la economía esté entrando en un nuevo proceso de estanflación.
El economista Diego Dequino le dijo a La Voz que “un cálculo es que la economía crezca en términos agregados, pero otro distinto es que ese crecimiento alcance a todos los argentinos” .
Según su análisis, el problema no es sólo el nivel de actividad sino los mecanismos de distribución del ingreso. “La pregunta relevante es: ¿a quién dentro de esa economía le va bien?”, plantea. El señalamiento introduce un matiz más: incluso en escenarios de mejora agregada, la recuperación puede no trasladarse al conjunto de la población, lo que refuerza la debilidad del consumo y las tensiones en el mercado laboral.
El economista Víctor Beker, director del Centro de Estudios de la Nueva Economía de la Universidad de Belgrano, en su informe de coyuntura de abril, titulado “Las causas de la estanflación”, sostiene que la Argentina ya se encuentra inmersa en este fenómeno.
Beker plantea que el Gobierno está en problemas porque el comportamiento de los precios no responde a la explicación monetaria que sostiene la propia administración nacional. En ese sentido, cuestiona la interpretación oficial sobre el rol de los precios relativos.
“El ministro (Luis) Caputo reconoció el fenómeno, pero lo explicó argumentando que se trata de un proceso de ‘corrección de precios relativos’. Esta afirmación es cierta, pero contradice la teoría del propio gobierno según la cual la inflación es un fenómeno puramente monetario”, señala.
El informe dice que según la visión oficial, un aumento en los precios de servicios debería reducir el poder de compra de los consumidores, generando una caída en la demanda de bienes y, en consecuencia, una baja de sus precios. Sin embargo, la evidencia muestra otro comportamiento. “Mientras aumentan los precios de los servicios (...) cae efectivamente la demanda de muchos bienes, pero no sus precios. Ante la menor demanda, los productores reducen la producción, pero mantienen los precios o incluso los aumentan para compensar las menores cantidades vendidas”, explica Beker.
Este mecanismo deriva, según el economista, en una combinación peligrosa: “Inflación generada por el aumento de tarifas y menor venta y producción de bienes y menor nivel de empleo”. En sus palabras, “el combo maldito: inflación con recesión, o sintéticamente, estanflación. (…) el peor de los mundos posibles”.
Precios rígidos y caída de la actividad
Uno de los puntos centrales del diagnóstico de Beker es la rigidez de los precios a la baja. El economista sostiene que existe un comportamiento asimétrico: los precios son “flexibles hacia arriba e inflexibles hacia abajo”. Esto impide que la caída de la demanda se traduzca en una desaceleración inflacionaria.
El resultado es una economía que ajusta por cantidades (menos producción y empleo) pero no por precios. “La política monetaria nada puede hacer frente a la estanflación salvo agravarla. Si aumenta la oferta monetaria, el resultado más probable es que se incrementen los precios (...) Si se contrae, caerán la producción y la ocupación, pero no los precios”, advierte.
De acuerdo con este enfoque, la salida requiere instrumentos que actúen sobre la oferta y no sólo sobre la demanda, con el objetivo de evitar más presión sobre los precios.





