Historia. El camino de los jesuitas: la Córdoba que construyó "la Docta"

La Compañía de Jesús llegó a los pocos años de fundada la ciudad y fue expulsada un siglo y medio después del actual territorio provincial. El legado jesuíta es clave en la formación de la identidad, la cultura, el perfil productivo y la idiosincrasia cordobeses.

04 de julio de 2026 a las 05:08 p. m.
El camino de los jesuitas: la Córdoba que construyó "la Docta"
Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba, son Patrimonio de la Humanidad.

Hay una estancia que casi nadie visita. No figura en los folletos turísticos, no tiene guías esperando en la entrada ni cartelería de la Unesco. Se llama San Ignacio, está enterrada bajo montículos de tierra en esa localidad, cerca de Santa Rosa de Calamuchita.

Durante buena parte del siglo 20, se dijo que ahí no había quedado nada, pero hay fotografías que lo desmienten: ahí había muros altos, techos coloniales, una torre en pie. San Ignacio no desapareció por el paso del tiempo. Fue borrada primero del relato y recién después del paisaje.

Esa estancia perdida es, de algún modo, un símbolo de cómo se intentó eliminar el pasado jesuita, que termina siendo un elemento clave y constitutivo de la identidad cordobesa.

A partir del legado jesuita, se puede entender una buena parte de la historia y hasta de la idiosincrasia de Córdoba.

No es solamente el conjunto de postales que conocemos: las estancias que hoy son Patrimonio de la Humanidad, la Manzana Jesuítica, el basamento que transformó a Córdoba en "la Docta".

Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba son Patrimonio de la Humanidad.
Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba son Patrimonio de la Humanidad. (La Voz / Archivo)

La Compañía de Jesús llegó a Córdoba en 1599, unos años después de la fundación de la ciudad, y en apenas siete décadas construyó algo que excede largamente la arquitectura: un entramado económico, educativo y religioso que todavía hoy organiza buena parte de la vida cordobesa.

En 1608 comenzaron las obras de la manzana que hoy ocupa el centro histórico –entre la avenida Vélez Sarsfield y las calles Duarte Quirós, Obispo Trejo y Caseros–, con la Iglesia de la Compañía, la Capilla Doméstica, la residencia de los padres y lo que sería el actual Rectorado de la Universidad Nacional de Córdoba.

Para sostener esa manzana urbana, los jesuitas tejieron una red de seis estancias: Caroya (1616), Jesús María (1618), Santa Catalina (1622), Alta Gracia (1643), La Candelaria (1683) y San Ignacio (1725). Cinco de ellas integran hoy, junto con la Manzana Jesuítica, el llamado "Camino de los Jesuitas", declarado Patrimonio de la Humanidad.

Entramado productivo

Lo que unía todas esas piezas no era sólo la fe. Era una lógica productiva sorprendentemente moderna para el siglo XVII.

Los jesuitas no se limitaron a cultivar la tierra. Construyeron lo que podríamos llamar "poblados preindustriales", con especialización por establecimiento y una infraestructura hidráulica que todavía asombra. En Santa Catalina, levantaron una toma de agua sobre el río Simpis que alimentaba dos molinos y un batán. En Alta Gracia, el sistema de “los Paredones” –tres embalses– daba de beber a los cultivos y energía a los molinos. Jesús María se especializó en vino, con alambiques y bodegas de gran escala; Caroya, en cal hidráulica de calidad excepcional, usada como argamasa en media Córdoba colonial; Alta Gracia y La Candelaria, en telares que producían desde cordellate hasta bayeta.

Todo ese engranaje –herrerías, carpinterías, boticas, la primera imprenta, obrajes textiles– convertía las estancias en algo mucho más complejo que un rancho productivo. Eran, en escala regional, un centro administrativo y tecnológico que sostenía a las instituciones educativas de la ciudad. Y esas instituciones no eran menores: la actual Universidad Nacional de Córdoba, fundada en 1613, la más antigua del país, y el Colegio Monserrat, de 1608, formaron a generaciones enteras de cordobeses.

Parte de ese prestigio intelectual descansó en la Biblioteca Mayor, inaugurada en 1613. Antes de la llegada de los jesuitas, en la incipiente Córdoba prácticamente no había libros. Los que existían eran escasos y carísimos.

Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba son Patrimonio de la Humanidad.
Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba son Patrimonio de la Humanidad. (La Voz / Archivo)

La mano detrás del imperio

Pero ese esplendor productivo y cultural no se construyó solo. Hacia 1767, año de la expulsión, el Colegio Máximo y sus seis estancias tenían bajo su dominio a 1.220 personas esclavizadas. Sin ese trabajo especializado y forzado –herreros, tejedores, carpinteros, molineros, sangradores, hortelanos–, no se explica la escala de lo que los jesuitas lograron construir en apenas siete décadas.

La gestión jesuita fomentó activamente el matrimonio y la formación de familias entre los esclavizados. No por caridad, sino como una estrategia que aseguraba arraigo, reducía las fugas y garantizaba la reproducción de mano de obra.

Las condiciones materiales, según reconstruye la historiadora Alicia Ghirardi, no eran las peores del sistema esclavista colonial: había raciones de carne, de trigo, de maíz, de tabaco y de yerba; vestimenta anual; sacramentos; redes de compadrazgo que funcionaban como contención social.

El 12 de julio de 1767, un domingo, un piquete militar irrumpió en el Colegio Máximo de Córdoba con la orden de expulsar a los jesuitas de todos los territorios de la corona española. No los dejaron ni terminar la misa de ese día. El comandante a cargo del operativo, convencido de que iba a encontrar una fortuna –el gobernador de Buenos Aires calculaba 2 millones de pesos escondidos en el colegio–, revisó cada rincón y sólo halló 1.900 pesos por un lado y 4.000 por el otro, y estos últimos eran, según los propios registros, dinero prestado.

La expulsión significó el quiebre de un sistema que había tardado más de siglo y medio en construirse, y cuyo abandono posterior explicaría, en parte, el destino de estancias como San Ignacio: sin la administración jesuita, sin el mantenimiento constante de tajamares y techos, el deterioro se volvió imparable.

Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba son Patrimonio de la Humanidad.
Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba son Patrimonio de la Humanidad. (La Voz / Archivo)

Una herencia que se toca

¿Qué le dejaron los jesuitas a Córdoba, más allá de la piedra? Ahí empieza una discusión que atraviesa dos siglos. Sarmiento fue el crítico más célebre: contraponía la Córdoba “enclaustrada” por la educación jesuita con una Buenos Aires que, sin universidad pero con río, recibía libros y noticias del mundo entero por sus puertos. Para el sanjuanino, el legado jesuítico era sinónimo de atraso intelectual.

Pero hay otras lecturas. En las aulas de la Universidad Nacional de Córdoba, se enseñaba la obra de Francisco Suárez, el jesuita español considerado el pensador escolástico más relevante después de Santo Tomás de Aquino y una de las bases del derecho internacional moderno. Suárez sostenía una idea que, siglos después, resonaría en 1810: el poder político no baja directamente de Dios al rey, sino que Dios entrega la soberanía al pueblo, que a su vez la delega en el gobernante mediante un pacto que nunca cede por completo. De los nueve integrantes de la Primera Junta de Mayo, la mayoría estaba formada en universidades jesuitas.

El legado material no se limita a las imponentes fachadas de piedra. Se manifiesta en una infraestructura técnica vanguardista para la época.

El principal aporte jesuita fue la creación de un sistema productivo integrado que funcionaba bajo una estricta organización territorial. No se limitó a la agricultura básica, sino que conformó verdaderos poblados donde se vinculaba la obtención de materia prima con su procesamiento y elaboración final.

Un siglo después, la inmigración europea le iba a terminar de dar forma a ese perfil productivo de Córdoba.

Quizás el aporte más sofisticado fue el desarrollo de complejos sistemas hidráulicos. Estos incluían tajamares, acequias talladas en piedra, canales de riego y norias que permitían la producción sin depender de la estacionalidad climática.

La producción jesuítica en Córdoba se distinguió por ser un plan único en su tipo y en sus fines. Su aporte no fue sólo económico, sino tecnológico y cultural: los jesuitas supieron transformar el paisaje natural mediante el esfuerzo técnico para revertir carencias, como la falta de agua permanente.

Este sistema transformó a Córdoba en un centro administrativo y productivo regional de gran escala.

El legado presente

Uno de los jesuitas más importantes que hay hoy en la ciudad es el padre Andrés Aguerre, rector de la Universidad Católica de Córdoba.

“Hay varias huellas jesuitas o de la Compañía de Jesús en la Córdoba de hoy. Algunas son edilicias, históricas, patrimonio tangible del trabajo de aquellos misioneros que inculcaron la fe, construyeron templos, edificios que están en pie, que siguen albergando la vida, los trabajos, los estudios, las acciones cotidianas y las expresiones de fe de las personas. También están las huellas de quienes nos precedieron en la misión concreta de la Universidad Católica de Córdoba, institución de educación superior que está cumpliendo 70 años y que busca, cada día, formar personas de ciencia, conciencia y compromiso”, sostiene.

Pero también aporta Aguerre: “Hay huellas jesuitas intangibles en nuestra ciudad y en nuestra gente”. “Hay, podemos decir, acciones concretas de servicio, de acompañamiento a los más vulnerables, que son fruto de un discernimiento ignaciano; un sentido pastoral que se expresa en las obras materiales y espirituales que se llevan adelante en nuestras parroquias e instituciones jesuitas”.

“Este sentido pastoral también se puede advertir en la devoción ‘brocheriana’ de muchas personas, porque, recordemos, Brochero, el primer santo de esta tierra, cimentó su propia vocación y la conversión de miles de cordobeses en los ejercicios espirituales de San Ignacio”, agrega el rector.

El actual arzobispo de Córdoba, el cardenal Ángel Rossi, es el primer obispo jesuita cordobés, como fue Francisco, el argentino Jorge Bergoglio, el primer papa perteneciente a la Compañía de Jesús.