Días contados. La vida mientras Messi

Entre un Mundial y otro, llegaron las mudanzas. Los trabajos. Los sueños que salieron bien y los que salieron mal. La paternidad. El cansancio. Las despedidas. El adiós a seres queridos. Las derrotas que ya no tenían nada que ver con el fútbol. Y mientras tanto, Messi seguía ahí.

27 de junio de 2026 a las 12:01 a. m.
La vida mientras Messi
Días Contados. Ilustración de Juan Delini.

El primer recuerdo que tengo de los mundiales de fútbol es el de Italia 1990.

Estamos en la casa de mi vecino, el Pupi. No recuerdo demasiado del partido, pero sí una escena que quedó grabada para siempre.

En medio de los penales contra Italia, Pupi desaparece unos segundos y vuelve con una radio vieja. La apoya en el piso, busca una AM y silencia el televisor.

Los dos nos sentamos frente a la pantalla, escuchando una transmisión que llegaba con interferencias y mirando una imagen que parecía venir de otro mundo.

No sabíamos que estábamos inventando una cábala.

No sabíamos tampoco que los mundiales iban a terminar siendo una forma de medir el tiempo.

Llorar por el fútbol

El segundo recuerdo me lleva a la cocina de mi abuela. Es 1994.

Argentina queda eliminada en un partido horrible contra Rumania, pero la verdad es que ya se había quedado afuera varios días antes, cuando le cortaron las piernas a Diego.

Yo era chico y no entendía del todo lo que estaba pasando, pero sí entendía que algo se había roto para siempre.

Fue la primera vez que lloro por fútbol. O quizá no lloraba por fútbol. Quizá lloraba por la caída de mi primer héroe.

Después llegó Francia 1998, y con él, una novedad enorme para mí: el primer televisor en mi pieza. La independencia.

La posibilidad de ver todos los partidos que quisiera, de acostarme tarde, de aprenderme nombres imposibles de pronunciar y de descubrir que durante un mes el planeta entero parecía girar alrededor de una pelota.

Cada Mundial empezó a marcar una etapa distinta.

Dolor y después

Corea-Japón 2002 me encontró con el corazón roto. Por una chica y por la selección de Marcelo Bielsa.

Todavía no sé cuál de las dos derrotas me dolió más. Lo único que recuerdo es la sensación de vacío. La certeza de que algo que parecía destinado a la gloria podía terminar de golpe, sin explicación.

Y después llegó Alemania. Alemania 2006.

Y apareció él.

Un pibe tímido, flaco, con cara de nene, al que dejaron demasiado tiempo sentado en el banco. Mientras muchos discutían si estaba listo, algunos decidimos abrazarlo desde el principio.

Sobre todo en la derrota. Sobre todo en la adversidad.

Porque con el tiempo entendimos que lo que nos unía a Messi no eran únicamente los goles. Era algo mucho más humano.

Lo vimos perder.

Lo vimos quedarse a centímetros.

Lo vimos escuchar críticas imposibles.

Lo vimos levantarse una y otra vez.

Y en cada caída, había algo de nosotros mismos.

Porque la vida también es eso.

Intentar.

Fracasar.

Volver a intentarlo.

Seguir.

Sudáfrica 2010; Brasil 2014; Rusia 2018.

Todo pasó como un flash.

Tan cercano

Entre un Mundial y otro, llegaron las mudanzas. Los trabajos. Los sueños que salieron bien y los que salieron mal. La paternidad. El cansancio. Las despedidas. El adiós a seres queridos. Las derrotas que ya no tenían nada que ver con el fútbol. Y mientras tanto, Messi seguía ahí.

Y mientras tanto, Messi seguía ahí.

A veces, ganando. Muchas veces, perdiendo.

Pero siempre volviendo.

Hubo momentos en los que pareció aflojar. Incluso alejarse. Sin embargo, decidió regresar. Seguir. Como hacen las personas comunes cuando la vida las golpea.

Por eso su historia terminó pareciéndose tanto a la nuestra.

Porque no fue la historia de un genio invencible.

Fue la historia de alguien que se cayó muchas veces antes de llegar.

Y quizá por eso lo sentimos tan cercano.

No estaba en los planes

Hoy tiene 39 años.

Después de debutar en este Mundial 2026 con tres golazos, habló con una naturalidad que sólo tienen quienes ya no necesitan demostrar nada.

"Lo de hoy es una yapa", dijo.

Una yapa. Algo extra.

Algo que ni siquiera estaba en los planes.

Y tal vez por eso emocionó tanto.

Porque mientras el tiempo sigue haciendo su trabajo con todos nosotros, él todavía encuentra la manera de regalarnos una página más. Una más. Como fueron los dos goles antes Austria.

Y nosotros seguimos acá.

Con algunas canas que antes no estaban.

Con nombres que extrañamos.

Con hijas que ahora miran los partidos con la misma fascinación con la que nosotros los mirábamos.

Con lágrimas en los ojos, como él.

Convencidos de que aquella frase es cierta.

Que la vida es lo que pasa entre Mundial y Mundial.

Simplemente eso.

O todo eso.