Política nacional. El tútbol, ¿continuación de la política por otros medios?

Resulta temerario establecer vínculos y conexiones entre el desempeño de nuestra selección y la política nacional. Sean sesudos o triviales, pretenciosamente profundos o puros lugares comunes teñidos por la pasión futbolera.

18 de julio de 2026 a las 04:31 a. m.
El tútbol, ¿continuación de la política por otros medios?
Dalma Maradona y Lionel Messi, ídolos máximos de la Selección Argentina de fútbol de todos los tiempos.

Hicimos el esfuerzo pero de todos modos resultó inevitable que sucumbiéramos a la tentación de saltar la valla y comentar el acontecimiento que ha desplazado, postergado u opacado a toda la agenda política en los últimos treinta días: el Mundial de Fútbol. Pero… ¿hay una valla por saltar o el fútbol y la política conviven mezclados en un mismo campo de juego?

Resulta temerario establecer vínculos y conexiones entre el desempeño de nuestra selección y la política nacional. Sean sesudos o triviales, pretenciosamente profundos o puros lugares comunes teñidos por la pasión futbolera.

Los psicólogos llaman sublimación a la canalización de pulsiones y sentimientos que tienen un determinado origen, hacia objetos y escenarios distintos, que sean socialmente más aceptables y menos conflictivos. En otras palabras, las afinidades, rechazos, amores y desencuentros que se expresan en el Mundial, en clave futbolera, muy a menudo obedecen a motivos que exceden lo puramente deportivo aunque nos empeñemos en advertir que se trata solamente de partidos de fútbol. Vivimos los días ideales para hacer sociología salvaje, hay permiso para la opinión creativa, arbitraria o irresponsable. Todo es tapado por la euforia y el entusiasmo.

Amores y desprecios

Y en esto estamos todos. Incluso los que no están.

Porque están los que detestan al fútbol, lo consideran una distracción inadmisible y vulgar en tanto existan gravísimos problemas económicos y sociales por resolver. Una desviación impropia de la gente culta y seria. Son los que seguramente aprovechan estos días para encerrarse a leer a Hegel o profundizar algún aspecto de sus conocimientos de física cuántica. Fundan su mirada despectiva con citas de prominentes intelectuales, de la talla de Borges o Juan José Sebreli, famosos por abominar del popular deporte.

Están también los que simplemente no soportan la alegría ajena, del origen que fuere, y no entienden que puedan existir motivos sencillos y triviales para la euforia desmedida.

Están los que normalmente sienten escaso interés por el fútbol pero que, cada cuatro años, se incorporan a la ola con gran entusiasmo. Durante ese mes se aprenden todos los detalles y se vuelven expertos en tácticas, línea de tres y falso nueve. Se aprenden hasta la formación de Corea del Sur, banco de suplentes incluido.

Están los que se atreven a hacer observaciones sobre la tendencia de los desplazamientos migratorios hacia Europa en las últimas décadas, como la vicegobernadora de Mendoza que calificó a Francia de “equipo africano” y fue acusada de racismo por quienes parecen considerar que la condición de africano constituye un demérito.

Uno y otro

Están, por supuesto, los que consideran que Maradona y Messi son una síntesis futbolera de las dos mitades en que está dividido nuestro país. Uno populista, con el Che Guevara tatuado en su brazo, que se manifestó siempre a favor del peronismo; el otro, prudente y distante al que se le pueden adivinar afinidades políticas distintas, que se cuida muy bien de exteriorizar. Uno, con un liderazgo vociferante, incluso demagógico, muy al gusto popular; el otro, silencioso pero igualmente respetado por sus pares y compañeros de equipo. Uno, con una vida personal y familiar desordenada, cruzada por consumos tóxicos que terminaron por truncar su carrera; el otro, más prolijo, ejemplar, con perfil bajo, siempre amable y sereno. Uno, pura garra y sangre caliente; el otro, hasta hace muy poco, considerado un “pecho frío”.

Están los que siempre viven al Mundial como la continuación de la política por otros medios. Y no son pocos. Las afinidades, simpatías y rechazos se expresan en plenitud. Cuando enfrenta a Inglaterra, Argentina cosecha regularmente el apoyo de Irlanda y no pocas adhesiones en Escocia y Gales, por diferendos históricos seculares. Y, por supuesto, el fervor patriótico se dispara aunque se declame que se trata solamente de un partido de fútbol. Aparecen las banderas, “los pibes de Malvinas” y los calificativos que aluden a la piratería y la expoliación territorial. Ni la vicepresidenta pudo evitar la tentación de tomar al partido contra Inglaterra como una batalla más en la lucha por la soberanía territorial.

También están los rencores de la vecindad latinoamericana, que existieron desde siempre. Ya en la final de 1986, México hinchó por Alemania. A ellos se suman muchos chilenos, brasileños y uruguayos. La razón no se entiende muy bien. Algunos la vinculan a un humano sentimiento de envidia.

Los gobiernos, claro, intentan beneficiarse con los triunfos deportivos. Videla recibió a los campeones del 78, Alfonsín a los del 86 pero hace cuatro años Alberto Fernández no pudo lograr ese encuentro. Sin embargo, dijo que su gobierno sería recordado por las tres copas que se ganaron esos años (Copa América, Finalísima y Mundial de Qatar). No acertó demasiado.

La Fifa cuida mucho que el fútbol no se mezcle con la política pero Rusia fue excluida del Mundial por su invasión a Ucrania. Parece inevitable que los planos político y deportivo se crucen inevitablemente, en un torrente de sentimientos enredados e indiscernibles.

Finalmente, están las cábalas. Es la forma que tenemos todos de participar del Mundial con la convicción y la certeza de que influimos en los resultados. Estamos obligados a mirar los partidos en el mismo sillón de aquella vez que ganamos, con la misma camiseta de Argentina y comprar la carne para el asado en la misma carnicería.

Si alguien nos dice que Argentina ganó por tal o cual acierto táctico, sonreímos con suficiencia y los miramos por encima del hombro, porque estamos seguros de que el resultado favorable ocurrió porque vimos el partido con el mismo gorrito celeste y blanco que la nona nos tejió allá por 1978.