Días contados. El plateado encanto de la Luna
La misión Artemis II despierta nostalgia y sueños de la niñez. La Luna, con su influencia en la Tierra, sigue siendo un símbolo de magia y deseo humano.
En momentos como cuando la nave Orión despegó rumbo a la Luna en la misión Artemis II, todos sentimos que hubiéramos querido ser astronautas. Sobre todo en la niñez, cuando soñábamos despiertos con ir a la Luna, al infinito y más allá.
Porque claramente la Luna influye en la marea, en las cosechas, en otros ciclos naturales y, también, en los vaivenes de nuestros deseos, por ser tan mágica y seductora. Y ese pequeño paso para el hombre pero gigantesco para la humanidad costó medio siglo seguirlo. ¡Cómo no querer ser astronauta!
En mi caso, lo traigo desde antes de la cuna y de recién nacido. Porque mi vieja transitaba la mitad del embarazo cuando la bandera de las barras y estrellas ondeó en la postal sin aire del paisaje lunar. Y mi viejo solía rezongar que dos de los controles médicos a los que la acompañaba fueron en días en los que el mundo se detuvo: aquel 20 de julio de 1969, por el alunizaje histórico, y también a punto de cumplir mi primer año, en diciembre de 1970, por la pelea épica de Ringo Bonavena con Mohamed Alí, en la que el campeón nos hizo morder el polvo (no el lunar, precisamente) y poner los pies sobre la tierra.
La cuenta regresiva
Cuando al fin despegó desde Florida el cohete de la misión Artemis –el 1 de abril de 2026, a las 18.35 hora argentina, para un viaje por el que se esperó casi tanto como al cometa Halley–, despertó la curiosidad por los datos con cifras siderales y por lo que nos habría tocado si hubiéramos ocupado el lugar de los cuatro tripulantes, Reid Wiseman, Victor Glover y la jefa Christina Koch, al mando (todos de Estados Unidos), y Jeremy Hansen (Canadá). Más el peluche Rise, en forma de Luna sonriente y mascota a bordo. Ninguno de más de 50 años, por lo que no habían nacido cuando Neil Armstrong dejó su huella imborrable.
De haber sido nosotros los astronautas, como ellos, hubiéramos recorrido 1.118.625 kilómetros para rodear la Luna y más lejos de lo que nunca se estuvo de la Tierra. Un viaje de ida de 406.771 km. Lo que habrá costado llenar el tanque, más con el precio del barril, culpa de Donald Trump y su guerra absurda.
Sólo el lanzamiento trepó a los 4.100 millones de dólares. Como parámetro, el inodoro de la nave costó 23 millones de dólares. Pero sin aislamiento visual. Y sin duchas. ¿La comida? Variadita, con 189 tipos, desde macarrones con queso hasta salchichas, pero nada de migas suspendidas en la ingravidez. Lo que flotó y se volvió viral fue un frasco de nutella.
Viajaron (viajamos) a 40.233 kilómetros por hora (otra que Franco Colapinto), entre los poquísimos privilegiados en contemplar la Tierra a tanta distancia. Recolectaron más de siete mil imágenes, entre ellas las de un eclipse solar. Sin pisar suelo lunar, experimentaron lo que sería vivir y trabajar en nuestro satélite, escala para el próximo salto tripulado: a Marte.
Tras casi 10 días, amerizaron en el Pacífico (volvimos), frente a las costas de San Diego. Y tras largos minutos de zozobra, con temor que de esa cápsula flotante emergiera un alien u otro monstruo galáctico, aparecieron los héroes, sin capa pero con traje. Como lo soñamos nosotros.
Calendario lunar
La Luna, su luz trémula, acompaña el camino en distintas etapas de nuestras vidas. Paso a recordar. De chico, en esa locura por los viajes espaciales, miraba con cariño el termotanque que nos abastecía de agua caliente y que, cumplida su vida útil, pensaba utilizar para mis secretos proyectos de convertirlo en una cápsula en la que tranquilamente entraría de cuerpo entero, y así jugar a un despegue desde Cabo Cañaveral, en el cañaveral del patio.
Salió tan noble el artefacto que la familia lo usó hasta que yo pasé la adolescencia. Incluso después quedó allí, empotrado, como monumento a los servicios prestados.
Otra fuerte atracción en mi niñez, a la par de los cohetes y naves, eran las películas de miedo. Y de seres estrafalarios como el hombre lobo, que aullaba salvaje a la Luna llena. Personaje que en este país tiene por pariente cercano al lobizón, el séptimo hijo varón.
En la barra teníamos un caso, Juan, ahijado del presidente Juan Carlos Onganía (la madre mostraba con orgullo la escueta medalla que le habían obsequiado), y por un tiempo monté una estricta vigilancia sobre su comportamiento. Fundamentalmente en plenilunio. Si el tipo era Lobizón, lo ocultó de maravilla, o mi destreza como cazador de monstruos fue nula.
Ya en la escuela, aprendiendo de historia y de los planetas, memoricé con gusto la nomenclatura del sistema solar. De Mercurio hasta Plutón (por aquellos tiempos, todavía en ese rango). Con los nombres que los romanos, más marquetineros, usurparon a la mitología griega. De Júpiter, el rey de los dioses, a la Venus de belleza indecible, pasando por Saturno y el sello inconfundible de sus anillos, y el belicoso Marte. Por eso me llamaba la atención que la Luna no había recibido un bautismo más solemne. Luna, a secas… En la antigua Grecia, era Selene, lo que perdura en la palabra selenita. Como sustantivo, puede referirse a una variedad transparente de yeso o a los habitantes imaginarios de la Luna.
Por casualidad, o no tanto, casi al mismo tiempo que Artemis II iniciaba su camino hacia la Luna, se vino el estreno en los cines de Moonwalk, en memoria de Michael Jackson y su pasito lunar. Ese que todos alguna vez quisimos dar, al igual que ser astronautas.

