Debate. La primera víctima de la guerra: el caso Ucrania-Rusia
La cobertura mediática de los conflictos contemporáneos enfrenta el reto de desenmarañar información parcializada e ideologizada para revelar la auténtica verdad.
El periodista australiano Phillip Knightley publicó en 2003 su libro La primera víctima. El corresponsal de guerra como héroe, propagandista y creador de mitos desde Crimea a Irak.
La obra, de la que sólo he leído una recensión, toma la expresión atribuida al senador norteamericano Hiram Johnson –quien en 1917 habría dicho que cuando la guerra estalla, la primera víctima es la verdad– para analizar el comportamiento y las vicisitudes de los cronistas que cubrieron desde la Guerra de Crimea (1853) hasta la de Irak (2003). En ese lapso, el héroe fue cediendo espacio al autor de la narrativa, que alimenta sus crónicas urgentes con los reportes oficiales convenientes.
Los periodistas se vieron enfrentados con el poder, sometidos a acusaciones de ser agentes del enemigo y traidores a la nación, lidiando con la censura militar y tentados a convertirse en agentes de propaganda bien pagos y difundidos.
Knightley titula el capítulo de Irak “No más héroes”. En el primer mes de esa guerra, murieron 15 cronistas y desaparecieron otros dos, la mayoría de ellos independientes. “Que sepan cuidarse”, fue la respuesta del vocero del Pentágono a la BBC.
En el establecimiento de narrativas necesarias al poder, cabe lo referido a la simulación de la realidad, ficcional en muchos casos, y la creación de mitos en los que Hollywood, con los fuertes aportes financieros del Pentágono, ha contribuido, a los efectos de una propaganda creadora de opinión y, aun peor, de conciencia popular orientada.
Así las cosas, no resulta fácil evaluar la realidad dramática por la que transita el mundo en sus guerras de Europa (Ucrania) y Medio Oriente (Irán), que están transformando profundamente la estructura geopolítica del globo.
Los analistas liberales de política internacional, desde que son auxiliados por una ideología que tiñe la realidad, tienen más fácil el camino de la evaluación inmediata. El realismo enfrenta el inconveniente de encontrar la realidad en una maraña de acontecimientos y de sucesos vertiginosos.
Vietnam es un buen ejemplo: el entonces presidente de Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, sabía que el destino inexorable de la ofensiva masiva que ordenó en febrero de 1965 era la derrota. Pero se montó tal narrativa distorsiva que aún hoy hay quienes sostienen que los Estados Unidos ganó esa contienda calamitosa.
Guerras presentes
En Ucrania se quiere transmitir que Kiev retomó la iniciativa; que el régimen de Vladimir Putin enfrenta serios problemas políticos y económicos internos; que las bajas del ejército ruso son exponenciales; que está sufriendo ataques mortales en su corazón profundo, San Petersburgo y Moscú, y en Crimea, y que, en definitiva, comienza a perder la guerra. En el mejor de los casos, se estima que la situación está emparejada.
Toda esta información es inconsistente por falsedad; por parcialidad informativa; por errores conceptuales, como otorgar más importancia estratégica a la guerra aérea de la que en realidad tiene o equiparar una guerra de atrición (o de desgaste) como la que se vive en Europa a una guerra clásica.
Los últimos ataques a Rusia ejecutados con una importante participación de Londres y de Washington en los aspectos materiales y de inteligencia no fueron tan contundentes, salvo en Crimea, y comenzaron a ser neutralizados. De hecho, fueron derribados casi todos los drones de la última oleada.
A su vez, los ataques rusos a Kiev del 4 al 5 de julio tuvieron una altísima efectividad y trajeron la novedad de la implementación de nuevas tecnologías bélicas; en palabras de la propia viceprimera ministra de Ucrania, Yulia Slyvydenko, los ataques fueron devastadores y Kiev carecía de defensa aérea. No se utilizaron los nuevos misiles hipersónicos Oreshnik, reservados en su casi totalidad para su eventual uso a mayor distancia, léase Europa.
En esta última semana, las defensas aéreas de Kiev perdieron toda su capacidad de intercepción de los nuevos misiles y drones de propulsión misilística utilizados en esta oportunidad por Rusia. Con alto grado de precisión, alcanzaron sitios y empresas de tecnología y logística militar en Kiev –cuya lista puede consultarse en las redes–, varias de ellas vinculadas con la asistencia occidental. La lista de objetivos alcanzados fue proporcionada por Moscú y no fue refutada por Kiev.
Ucrania acaba de perder la guerra aérea pese al relato de las últimas semanas. La mayor novedad tecnológica es que los rusos habrían comenzado a utilizar el sistema satelital Rassvet, que aspira a ser análogo al Starlink occidental.
Pero es estratégicamente más importante el desarrollo de las acciones en el terreno. Las fuerzas rusas avanzan sobre objetivos establecidos de manera consistente, sin prisa pero sin pausa. Acaba de caer el bastión de Konstantinovska, ciudad clave en la guerra por el Dombás, lo que constituiría un anticipo de la caída de esta región antes del invierno europeo. En los otros puntos del extenso frente, la guerra de desgaste continúa.
Estas dos noticias –la derrota ucraniana en la guerra aérea y la caída de Kontastinovska– son malas noticias en medio de la breve e insípida Cumbre de la Otan de Ankara. Una organización fracturada en la que Europa trata de aferrar a Estados Unidos. Si bien Donald Trump parece volver a comprometerse un poco más con la guerra europea, sigue ofendido por los desplantes de sus aliados en la guerra con Irán.
El escenario, entonces, es Ucrania instada por Londres, París y Berlín a continuar una guerra que camina hacia la derrota y que demanda sumas siderales, las cuales deberán poner los propios gobiernos europeos a expensas de sus economías muy comprometidas. Esfuerzos poco entendibles de su desprestigiada dirigencia, que enfrenta cada vez más fuertes cuestionamientos de su ciudadanía.
* Exdiplomático

