Pensar la infancia. Una máquina para niños desaplicados

Resultaría imprudente ignorar que la evolución de los conocimientos genera cambios de conceptos y prácticas, pero también es necesario advertir sobre el impacto de quienes venden ilusiones para luego, al puro estilo Henri Roget, desaparecer sin dejar rastro.

12 de julio de 2026 a las 12:01 a. m.
Una máquina para niños desaplicados
Máquina para castigar niños inventada por Henri Roget.

“Contra los niños desaplicados”, se titulaba un artículo publicado en 1881 en el diario francés Le Petit Journal.

Henri Roget, supuesto físico originario de Ginebra, Suiza, proponía corregir la conducta de “niños desaplicados y revoltosos en el aula” con una máquina que generaba descargas eléctricas.

El texto, redactado con la despiadada naturalidad de la época, detallaba que el niño en cuestión debía ser ubicado de pie frente al aparato –un mueble de madera de imponente tamaño–, desnudando las partes del cuerpo por castigar. Las descargas dependían de la gravedad de la falta cometida: a faltas leves, intensidad suave; a falta grave, intensidad extrema.

Las conclusiones eran claras: “El nuevo método supera antiguas prácticas de violencia física” y “el dolor es intenso, momentáneo, pero no deja marcas”.

En ningún momento se cuestionaba la función del castigo; la máquina era un recurso más.

Era el dolor lo que ayudaba a aprender y, en especial, a mantener el orden escolar.

Finalizaba el siglo 19. Los docentes estaban autorizados a castigar a sus alumnos. Podían golpear las manos con varas o fustas, obligarlos a arrodillarse sobre granos de maíz o piedras, e incluso a sostener objetos pesados con los brazos extendidos.

De la misma época provienen las "orejas de burro" (humillante gorro cónico) y la frase "la letra con sangre entra".

Pero, claro, por entonces la electricidad atravesaba su momento de gloria. La iluminación, las comunicaciones y los motores industriales auguraban el futuro, y los castigos infantiles no podían quedar fuera del progreso.

Lo curioso (o no tanto) es que jamás nadie pudo demostrar la existencia de Henri Roget. Se presume que fue una figura inventada para acreditar aquel método correctivo con sus laureles de “profesional europeo”.

La máquina, en cambio, sí existió. Otro artículo, publicado en 1888, en el semanario The Religio-Philosophical Journal, de Chicago, confirmaba su diseño y uso, aunque destinada a castigos militares.

Promociones, respaldos y falacias

Un principio ético fundamental es que, antes de ser aplicado en la población, cada avance logrado en el campo de la salud debería contar con sólido fundamento científico.

No obstante, con frecuencia surgen propuestas insólitas que prometen curación; y para mostrar seriedad en dicha técnica o producto por vender, suele utilizarse el prestigio de figuras reconocidas o de instituciones con renombre (influencers, en la versión redes sociales).

No es inusual que, una vez demostrada la inutilidad de la propuesta, quienes la promovían desaparezcan sin dejar rastro.

Sobran ejemplos. En las décadas de 1950 y 1960, los principales sistemas de educación física utilizados en colegios –respaldados por las escuelas alemana y sueca– causaron severas lesiones debido a los movimientos antinaturales o el exceso de rigidez.

Otro daño a la salud lo inició el documento firmado por ilustres pediatras norteamericanos a inicios de la década de 1970, que recomendaba suspender la lactancia natural y reemplazarla por fórmulas lácteas industriales.

En la actualidad, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5) representa la incuestionable referencia para médicos y psicólogos al momento de evaluar y clasificar las enfermedades mentales. Una implícita generalización en los diagnósticos suele derivar en errores, por postergar la singularidad.

Resultaría imprudente ignorar que la evolución de los conocimientos genera cambios de conceptos y prácticas, pero también es necesario advertir sobre el impacto de quienes venden ilusiones para luego, al puro estilo Henri Roget, desaparecer sin dejar rastro.

Porque, aunque ellos desaparezcan, sus descargas (eléctricas y conceptuales) sí dejan marca.

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