El peligro de la autocensura
Que en Latinoamérica se haya recuperado el derecho al sufragio no implica que se haya alejado del poder definitivamente a distintas versiones de autoritarismo intolerante. Gregorio Hernández Maqueda.
“Siempre es preferible el ruido de las democracias al silencio de las dictaduras”.
(Dilma Rousseff)
A partir de la salida de las dictaduras latinoamericanas del siglo XX –bajo las cuales los actos de censura eran la regla y la libertad de expresión y de prensa, la excepción–, se incorporaron y fortalecieron las cláusulas constitucionales en los diferentes países, tratados internacionales y bloques de integración regional, sobre prevención y condena a la censura previa y a la interrupción del orden democrático. Por fortuna, gracias a este y otros factores, la instauración de regímenes autocráticos similares a los del siglo pasado en los últimos años en Latinoamérica dejó de ser regla para convertirse en rara excepción.
Consecuencia lógica, aunque falsa, de este razonamiento, sería suponer que el autoritarismo en la región ha quedado reducido a grupos facciosos agazapados a la espera de su revancha para anular el sistema republicano, arrebatándole el poder a los gobiernos populares.
Ahora bien, ¿es el golpe militar por derrocamiento de las cúpulas de los poderes la no realización de elecciones periódicas, y la ofensiva abierta y brutal contra la libertad de expresión y de prensa, la única forma de autoritarismo dictatorial posible?
El error en el que se incurre con frecuencia, por parte de simpatizantes del populismo o no, es el de creer que en tanto goce de legitimidad de origen y se realicen elecciones, es inapropiado e incluso “insultante” utilizar las palabras “dictadura” o “autoritario” para caracterizar a un gobierno.
Partir de una premisa falsa conduce de modo inevitable a una conclusión falsa: sólo se puede hablar de dictadura cuando el gobierno no accedió al poder por vía de elecciones o se las anula una vez en él.
No obstante, resulta inverosímil conciliar esta idea con el hecho de que la historia ha demostrado que la exaltación de la voluntad popular y la regla de la mayoría por sobre cualquier institución o principio puede sostener hasta a las dictaduras más sangrientas. ¿O acaso no obtuvo Mussolini el 60 por ciento de los votos en 1924?
En consecuencia, el hecho de que en Latinoamérica se haya recuperado el derecho al sufragio no implica que se haya alejado del poder definitivamente a distintas versiones de autoritarismo intolerante. Al contrario, estas mismas concepciones políticas absolutistas e intolerantes han reencarnado en sofisticadas formas, con renovada prédica de “izquierda revolucionaria”, manteniendo una mera fachada escenográfica de instituciones independientes, aunque vaciadas de poder real, como los organismos de control, el Congreso, la Justicia y el Ministerio Público, caracterizándose entonces por la simulación y un marcado contraste entre su discurso y la realidad.
Engañando a millones, inclusive a más de un demócrata e intelectual consumado, estas nuevas formas han penetrado culturalmente en los últimos años con tal profundidad que han logrado desmontar los pilares de la democracia republicana desde su interior.
Populismo autoritario. Mientras que las dictaduras latinoamericanas del siglo XX utilizaban métodos de extrema violencia para amedrentar (como la censura, la clausura de medios de comunicación y el encarcelamiento o en su defecto aniquilamiento de disidentes, con el objetivo de instalar el discurso único y anular las libertades de la democracia), el populismo autoritario del presente promueve el imperio del miedo (a veces infundado y otras no), que da a luz a un verdugo silencioso de la democracia: la autocensura.
Estos regímenes estimulan y se alimentan de la operación masiva de la autocensura en todos los ámbitos de la sociedad, sea sector público o privado, para consolidar la hegemonía de su relato.
De modo tal que sustituyeron en gran medida a los escandalosos actos de censura previa y persecución de disidentes –impensados en el mundo hiperglobalizado de la actualidad– por la proliferación de la autocensura provocada por el miedo a la aplicación de coacción por parte del Gobierno y sus fanatizados seguidores, hecho que supone el más sofisticado ataque a la libertad de expresión, por ser más difícil de advertir y, por ende, de combatir.
Dicho esto, podemos encontrar un sinnúmero de ejemplos en la vida cotidiana en la Argentina y en países como Venezuela, en los cuales la autocensura opera en forma sistemática erosionando las libertades de la vida democrática de manera sigilosa.
Cada vez que una familia o grupo de amigos elude conversaciones sobre la responsabilidad del Gobierno y los políticos en los problemas de la actualidad para evitar peleas, separaciones y discusiones, la autocensura opera.
Cada vez que un conductor televisivo o periodista decide llamarse al silencio sobre cuestiones sensibles de la vida pública, y más aun cuando se trata de actos de corrupción, para evitar represalias como la quita de la publicidad oficial y/o privada y ver destruida su imagen por el aparato de propaganda, la autocensura opera.
Cada vez que un político, gobernador o intendente se priva de denunciar atropellos y arbitrariedades, especulando si le es electoralmente rentable o para recibir fondos del Gobierno, la autocensura opera.
Cada vez que en debates en universidades y foros, académicos y estudiantes se inhiben de abordar las problemáticas y de la situación política y social del presente para evitar conflictos o sufrir injusticias, la autocensura opera.
Por omisión. Decía el filósofo británico John Stuart Mill: "Una persona puede perjudicar a sus semejantes no sólo a causa de sus acciones, sino también por sus omisiones, y en ambos casos será responsable del daño que se siga". De modo tal que, en cada oportunidad que nos dejamos vencer, de modo consciente o inconsciente, por la tentadora comodidad del llamado de la autocensura, somos responsables del debilitamiento de la democracia y del fortalecimiento del autoritarismo.
El único antídoto que impide el avance del veneno del pensamiento único y el dogmatismo, que sólo engendra violencia, es hacer uso de la libertad todos los días, ejerciéndola como el deber ético y democrático más elemental.
Por el contrario, eludir esto y permitir el imperio del silencio, siendo cómplice de crecientes injusticias y desigualdades, significa entregar nuestra libertad a quienes, en nombre de la democracia, buscan hacerse del poder absoluto.
*Secretario de la Asamblea de la Coalición Cívica-ARI

