Festejos y desmanes. La violencia en los festejos del Mundial no habla del fútbol: habla de nosotros

Reducir estos episodios a un problema de seguridad es quedarse en la superficie. El consumo problemático, la fragmentación familiar, la pérdida de instituciones que contengan el conflicto y una sociedad atravesada por la frustración ayudan a explicar por qué una celebración puede terminar en violencia.

22 de julio de 2026 a las 01:34 a. m.
Liliana Montero*
La violencia en los festejos del Mundial no habla del fútbol: habla de nosotros
Operativo de seguridad durante los festejos en el Patio Olmos tras el subcampeonato de Argentina en el Mundial 2026.

Los episodios de violencia que acompañaron algunos festejos del Mundial no deberían ser analizados únicamente como un problema de seguridad. Esa mirada describe el episodio, pero no explica el fenómeno.

El fútbol no cambió. La selección argentina sigue siendo uno de los mayores símbolos de identidad colectiva del país. Millones de personas salieron a celebrar con alegría y orgullo. La verdadera pregunta, entonces, no es qué cambió en el fútbol. La pregunta es qué cambió en la sociedad que lleva a ese festejo atravesado por la violencia.

Sería un error analizar este fenómeno como si ocurriera en un contexto cualquiera. La Argentina atraviesa un proceso de creciente exclusión social. El cierre de fábricas y pymes, la pérdida de puestos de trabajo, la desindustrialización, el debilitamiento de sectores productivos, la desaparición de múltiples formas de empleo informal y la incertidumbre respecto del futuro conforman un escenario que profundiza el malestar social. Ninguno de estos procesos explica por sí solo los episodios de violencia, pero sería igualmente erróneo ignorar que producen una acumulación de frustraciones y sentimientos de desprotección.

La frustración, por sí sola, no genera violencia. Si así fuera, la mayoría de quienes atraviesan situaciones difíciles responderían de manera violenta, y sabemos que eso no ocurre. La diferencia está en la capacidad que tiene una sociedad para procesar colectivamente ese malestar.

Durante décadas existieron instituciones que cumplían esa función. Clubes, iglesias, sindicatos, centros vecinales, cooperativas y organizaciones comunitarias que transformaban problemas individuales en demandas colectivas. Son espacios donde las personas encuentran sentido de pertenencia y donde el conflicto encontraba un cauce.

Tengamos claro que conflicto y violencia no son lo mismo. El conflicto es inherente a toda democracia. La violencia aparece cuando esos conflictos dejan de encontrar instituciones capaces de contenerlos y procesarlos. Las instituciones no eliminan el conflicto: lo vuelven gobernable.

Cuando esas mediaciones se debilitan, el malestar no desaparece: se fragmenta. Ya no encuentra organizaciones que lo representen ni espacios donde convertirse en participación, en palabra que circule, en abrazos que contienen, en solidaridad que aliviana…

Los fenómenos sociales complejos nunca tienen una única explicación. Son el resultado de múltiples factores que interactúan entre sí. A ese escenario se suman otros elementos que tampoco deben ser ignorados. El aumento de los consumos problemáticos de alcohol y otras sustancias, el deterioro de los vínculos familiares y comunitarios, y el propio fenómeno de la masividad generan condiciones donde disminuyen los mecanismos de autorregulación.

Sabemos, desde la psicología, que las grandes concentraciones producen anonimato, contagio emocional y una sensación de desresponsabilización individual que facilitan la liberación de impulsos que, en otros contextos, permanecerían contenidos. Pero seamos claros: ninguno de estos elementos abordados hasta aquí explica por sí solo la violencia, aunque sepamos que juntos conforman un caldo de cultivo que aumenta la probabilidad de que ese malestar social acumulado encuentre una expresión destructiva.

Paradójicamente, diríamos, los festejos del fútbol constituyen uno de esos escenarios. No producen el malestar: lo hacen visible. Funcionan como un espejo que refleja el estado del vínculo social.

Si esta lectura es correcta, la respuesta no debe limitarse al control. La seguridad es indispensable, pero actúa cuando el conflicto ya se expresó. La cohesión social trabaja mucho antes.

Necesitamos volver a mirar una infraestructura tan importante como las rutas, los hospitales o las escuelas: la infraestructura social. Clubes, centros vecinales, iglesias, bibliotecas populares, centros de jubilados, salas cuna y organizaciones comunitarias sostienen todos los días los vínculos que hacen posible la convivencia. Fortalecer esas instituciones no es una política accesoria: es una estrategia de gobernabilidad democrática.

Porque –vale reiterarlo– cuando el conflicto pierde sus instituciones, el malestar no desaparece: se fragmenta. Y una sociedad que invierte en reconstruir sus vínculos no elimina sus diferencias: recupera la capacidad de transformarlas en participación, comunidad y futuro compartido.

*Psicóloga; secretaria general de Salud y Desarrollo Humano de la Provincia de Córdoba