Pensar la infancia. Mundial de Fútbol: la niñez no se mancha

El fútbol es un fenómeno demasiado bello como para que se utilice a la infancia para pacificar a ciertos adultos, rendir beneficios económicos y, además, enviar mensajes de hipocresía.

20 de junio de 2026 a las 11:43 p. m.
Mundial de Fútbol: la niñez no se mancha
La Selección Argentina, junto con niños en el Mundial.

En el espectacular montaje que gira alrededor de un campeonato mundial de fútbol, convergen múltiples intereses. Y aunque se presente al deporte como el tema central, son evidentes otras intenciones.

Cada marca y organización internacional quiere mostrar lo suyo. Algunas publicidades suenan a inapropiadas al mostrar bebidas alcohólicas o sitios de apuestas online, hábitos que no conjugan con el espíritu de un juego sano.

Otras parecen más loables. Como la campaña impulsada por Unicef (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia) con el respaldo de la Fifa (Federación Internacional de Fútbol Asociado), que dispone que los jugadores salgan a la cancha de la mano de niños y niñas.

Esta iniciativa surgió hace más de dos décadas como reacción al “hooliganismo”, fenómeno social originado en el Reino Unido por bandas de aficionados, autores de marchas violentas y agresiones, de manera particular al enfrentarse a fuerzas policiales o con hinchadas rivales.

La gravedad de los delitos alcanzó un nivel de naturalización que marcó una era; algo parecido a los disturbios provocados por “barras bravas” en nuestro medio, que desde 2013 vació de público visitante los partidos oficiales.

Ante esa realidad, y con el propósito de crear una conciencia de pacificación en torno del desarrollo de este deporte, los organizadores de las grandes actividades futbolísticas propusieron el acompañamiento de niños a la salida de los equipos.

La primera convocatoria ocurrió en la Eurocopa 2000. Poco después, en el campeonato mundial realizado en Corea y Japón en 2002, la campaña adquirió nombre: “Di sí por los niños“, con lo que se estableció de modo formal un programa de escoltas infantiles de las superestrellas.

La imagen simpática se logró de inmediato: los registros fotográficos y televisivos emocionaban.

Caminar de la mano de un pequeño parecía actuar como un ancla emocional que, según los promotores, buscaba prevenir que los jugadores se comportasen de manera violenta, promoviendo el fair play (juego limpio).

La pregunta resulta inevitable: ¿son los niños –por naturaleza inmaduros, inestables e impulsivos– quienes deben transmitir tranquilidad a deportistas adultos, profesionales, famosos y usualmente millonarios?

¿O debería ser al revés? ¿Que el mundo adulto sea modelo maduro y profesional para los chicos?

La Fifa aclara que los actualmente elegidos como acompañantes no deben ser parientes ni conocidos de los atletas, sino seleccionados a través de socios de la federación, de organizaciones locales o a través de iniciativas de los países anfitriones.

En la edición actual, niños y niñas fueron objeto de una búsqueda premeditada y con una intención: que los chicos pertenezcan a “clubes de fútbol locales, comunidades históricamente marginadas y organizaciones benéficas de las 16 ciudades anfitrionas, a fin de reflejar el tejido multicultural y diverso que caracteriza a toda la región norteamericana”.

Otra duda surge de inmediato, ya que la realidad que se pretende mostrar en el campeonato difiere diametralmente de lo cotidiano, que es la postergación de las minorías.

¿Es entonces esta exhibición infantil sólo una expresión de deseos?

El último reparo está ligado a los patrocinios corporativos que aprovechan la descomunal vidriera. En la ropa de cada pequeño acompañante se deslizará –explícita con marcas o sutil con colores– alguna intención de publicidad y venta.

El fútbol es un fenómeno demasiado bello como para que se utilice a la infancia para pacificar a ciertos adultos, rendir beneficios económicos y, además, enviar mensajes de hipocresía.

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