Debate. Argentina y Colombia: dos caminos distintos, el mismo desencanto
La experiencia comparada entre ambos países permite extraer una conclusión incómoda: la apertura comercial, por sí sola, no garantiza el desarrollo; pero tampoco lo hace el proteccionismo.
Hace más de una década leí Por qué fracasan los países, la obra de los economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson.
El libro, publicado en 2012, plantea una tesis provocadora: las naciones prosperan cuando desarrollan instituciones inclusivas y fracasan cuando predominan instituciones extractivas. Es decir, cuando las reglas económicas y políticas están diseñadas para beneficiar a grupos reducidos en lugar de generar oportunidades amplias para la sociedad.
Al leerlo por primera vez, no me sorprendió encontrar numerosas referencias a la Argentina. Nuestra historia económica está repleta de ejemplos de cambios permanentes de reglas, intervenciones estatales contradictorias, crisis recurrentes y dificultades para consolidar instituciones previsibles.
Lo que sí me llamó la atención fue la frecuencia con la que aparecía Colombia en el libro.
En aquellos años, Colombia parecía recorrer el camino opuesto al argentino. Avanzaba en acuerdos comerciales, atraía inversión extranjera, mejoraba su reputación internacional, desarrollaba infraestructura y se mostraba como uno de los casos más prometedores de América latina.
Desde Argentina, muchos observadores veían a Colombia como un ejemplo de inserción internacional y estabilidad relativa.
Por eso pensé que Acemoglu y Robinson exageraban al ubicarla entre los ejemplos de países con debilidades institucionales persistentes.
Con el tiempo, sin embargo, la realidad terminó dándoles la razón.
Dos modelos diferentes
Durante buena parte de los últimos 20 años, Argentina y Colombia siguieron estrategias económicas muy diferentes.
Argentina avanzó hacia un esquema crecientemente cerrado. Multiplicó restricciones comerciales, controles cambiarios, licencias, regulaciones y barreras a la inversión. Según indicadores internacionales, llegó a ubicarse entre las economías más cerradas del mundo.
Colombia hizo prácticamente lo contrario.
Firmó acuerdos comerciales con Estados Unidos, la Unión Europea y diversos países de Asia y América latina. Participó activamente en la Alianza del Pacífico. Mejoró su posicionamiento internacional y recibió importantes flujos de inversión extranjera.
Desde la teoría económica convencional, el resultado debería haber sido muy distinto.
Sin embargo, ambos países terminaron enfrentando problemas sorprendentemente similares.
La investigación
En la Universidad Siglo 21 estamos realizando una investigación que compara la evolución de Argentina y Colombia. El objetivo era analizar si dos estrategias tan diferentes habían generado resultados significativamente distintos en términos de desarrollo económico, empleo e inserción internacional. Los hallazgos fueron sorprendentes.
A pesar de haber seguido caminos opuestos, ambos países mostraron dificultades para aumentar sostenidamente su participación en el comercio mundial. Ninguno logró transformarse en una potencia exportadora.
Ambos mantuvieron una fuerte dependencia de productos primarios o de bajo contenido tecnológico. La generación de empleo formal mostró limitaciones estructurales.
Y, sobre todo, los ciudadanos de ambos países continuaron expresando demandas urgentes vinculadas con ingresos, seguridad, educación, infraestructura y oportunidades de movilidad social.
La experiencia comparada permite extraer una conclusión incómoda. La apertura comercial, por sí sola, no garantiza el desarrollo. Pero tampoco lo hace el proteccionismo.
Durante años, América latina discutió si el problema era más mercado o más Estado. Sin embargo, la evidencia sugiere que la verdadera discusión estaba en otro lugar.
Acemoglu y Robinson sostienen que el crecimiento sostenible requiere instituciones capaces de generar incentivos correctos, garantizar derechos de propiedad, promover la competencia, asegurar igualdad de oportunidades y limitar la captura del Estado por grupos de interés.
Cuando esas condiciones no existen, los resultados económicos terminan siendo decepcionantes, independientemente de la orientación ideológica del gobierno de turno.
Colombia: crecimiento insuficiente
Colombia y Argentina fueron por caminos distintos. Colombia logró avances importantes en estabilidad macroeconómica, atracción de inversiones y apertura internacional.
Sin embargo, nunca consiguió traducir por completo esos logros en mejoras sociales equivalentes. La productividad avanzó lentamente. La informalidad laboral continuó siendo elevada. Las brechas regionales persisten e incluso la informalidad y la desigualdad se mantienen entre las más altas de América latina.
Los estallidos sociales de los últimos años reflejaron esa desconexión entre algunos indicadores macroeconómicos y la percepción cotidiana de gran parte de la población.
Argentina recorrió el camino inverso. La búsqueda de protección para la industria nacional derivó en crecientes restricciones comerciales. Sin embargo, tampoco logró consolidar un proceso sostenido de industrialización exportadora.
La participación argentina en el comercio mundial continuó disminuyendo. Las exportaciones por habitante permanecieron muy por debajo de las economías exitosas. El empleo privado formal prácticamente no creció durante largos períodos.
La inflación terminó erosionando salarios, ahorro e inversión. Argentina hace 15 años que no crece. El resultado fue una sociedad igualmente frustrada, aunque por razones diferentes.
La lección de Acemoglu y Robinson
Quizá la enseñanza más importante de Por qué fracasan los países sea que las discusiones económicas suelen enfocarse demasiado en instrumentos y demasiado poco en instituciones.
Abrir la economía no alcanza; cerrar la economía, tampoco, mientras que reducir impuestos no alcanza (Colombia) y aumentarlos, tampoco (Argentina).
El verdadero desafío consiste en construir reglas estables, previsibles y confiables que sobrevivan a los cambios de gobierno. Instituciones capaces de generar inversión de largo plazo, innovación, productividad y empleo.
Porque, al final, las naciones no fracasan por elegir una política económica equivocada durante algunos años; fracasan cuando durante décadas no logran construir instituciones que permitan sostener cualquier política económica en el tiempo. Y quizá allí esté la explicación de por qué Argentina y Colombia, pese a recorrer caminos tan diferentes, terminaron llegando a un lugar sorprendentemente parecido.
La historia reciente parece confirmar aquello que Acemoglu y Robinson advirtieron hace más de una década: el problema central no es cuánto mercado o cuánto Estado tiene un país, sino la calidad de las instituciones que organizan la relación entre ambos.
Hoy Colombia está ante unas elecciones claves, que pueden determinar un regreso a ideas de derecha o la continuación de las ideas del presidente Gustavo Petro. En eso también se parecen Argentina y Colombia, y toda Latinoamérica: el desencanto lleva a constantes volantazos.
Docente e investigador


