Política nacional. Javier Milei y su fastidio con los industriales

27 de febrero de 2026 a las 04:04 p. m.
Javier Milei y su fastidio con los industriales
Javier Milei, presidente de Argentina.

Al Presidente no le gustan algunos industriales. ¿O ninguno? ¿O es la industria lo que no le gusta? ¿Cuál es su objeción a los empresarios que producen manufacturas?

Ante el cambio de las reglas de juego, muchos fabricantes se quejan. Y Javier Milei se enoja con ellos y los agrede con insultos impropios para un jefe del Estado.

Los acusa de haberse aprovechado de los argentinos en los tiempos en que estaban protegidos, cobrando los bienes que fabrican muy por encima del precio internacional, beneficiándose con el mercado cautivo que les aseguraban las políticas económicas proteccionistas.

Pero, en esas condiciones, el comportamiento de los industriales era harto razonable: se regocijaban por estar protegidos y maximizaban sus ingresos, como lo haría cualquier empresario de cualquier rubro.

Así funciona este sistema capitalista. Nadie hace beneficencia. Todos aspiran a ganar el máximo posible, para potenciar su empresa, hacerla más sólida y ampliar su participación en el mercado. La objeción retroactiva de Milei es improcedente.

Motosierra y bisturí

Es cierto: los industriales tienen que competir. Tienen que entender que se ha terminado el tiempo en que estaban a salvo de la mayor eficiencia extranjera tras las sólidas murallas de políticas mal llamadas “industrialistas” que, lo hemos comprobado en la Argentina, con el paso del tiempo van modelando una clase industrial que no invierte; que no se tecnifica; que no se preocupa por ser más eficiente porque los gobiernos de turno, con el pretexto de defender los puestos de trabajo, les reserva el mercado nacional para que ellos, los industriales, hagan lo que quieran y cobren lo que se les venga en gana.

Obviamente, era necesario que eso cambiara. Es el único medio de que la industria nacional logre niveles internacionales de eficiencia.

Pero, claro, es un proceso que debería hacerse no con motosierra, sino con bisturí. Salvo que no nos interese la supervivencia de la industria, que es cierto: ha vivido décadas sin competir y que, en consecuencia, es preciso que se adapte a las nuevas condiciones del mercado.

Este párrafo tiene dos siglos y medio, pero parece haber sido escrito para la Argentina actual: “El empresario de una gran manufactura que se vea obligado a abandonar su empresa con motivo de la rápida apertura del mercado a la competencia extranjera sufrirá indudablemente considerable perjuicio. (…) La equidad, por lo tanto, recomienda en atención a estos intereses, que semejantes novedades no se introduzcan de una manera precipitada, sino gradualmente, poco a poco, y después de repetidas advertencias”.

Esto puede leerse en Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, y fue escrito en 1776 por alguien que explicó pacientemente las ventajas de la apertura de los mercados a la competencia, el escocés Adam Smith.

Competencia desigual

Para que la competencia sea beneficiosa y capitalizable, debería realizarse en paridad de condiciones. Muchos países del mundo protegen a los sectores de su economía que están en desventaja productiva por algún motivo.

Nosotros, que ya sabemos los resultados que esa protección acarrea cuando se prolonga en el tiempo, queremos salir de ahí. Pero hay que hacerlo infligiendo el menor daño posible, salvo que se busque expresamente lo contrario, actitud que únicamente puede estar fundada en algún capricho o bien en algún desarreglo emocional.

Para que la puja sea pareja y útil a la industria nacional, deberían eliminarse los factores que distorsionan la competencia. Uno es el dumping. Otro, los costos locales de servicios e impuestos.

Pero hay un factor tabú, del que se evita hablar, o bien se lo hace de un modo esquivo y malicioso. Se trata del tipo de cambio, que el Gobierno sedicente liberal mantiene bajo control de un modo artificial.

No se puede pedir seriamente a los industriales locales que sean valientes y compitan, cuando el valor de la divisa extranjera –que resulta determinante en el comercio exterior– se mantiene retrasado por decisión gubernamental.

¿Por qué el Gobierno no levanta completamente el cepo? Porque le tiene terror a la inflación. Y eso es razonable porque una modificación hacia arriba del tipo de cambio tendría una repercusión difícil de estimar en los precios y echaría por tierra uno de los logros que el Gobierno exhibe con mayor orgullo.

Pero entonces el Gobierno debería evitar reclamar mayor actitud y aptitud competitiva a los industriales, ya que desde el Estado se está subsidiando a los empresarios extranjeros que compiten con los locales.

El Presidente y su ministro de Economía argumentan que los industriales quieren una devaluación porque eso mejora su posición competitiva. Lo que se pide, en realidad, es un dólar libre. Que el tipo de cambio sea el resultado de la tan mentada libertad de mercados.

Al acusar de “devaluadores” a quienes piden la libertad cambiaria, el Ejecutivo está aceptando el retraso existente.

Y en este punto, el Gobierno está en una encerrona. ¿Hasta cuándo podrá aguantar con el peso revaluándose en forma constante? Es difícil saberlo porque nada de esto se explica a los operadores económicos. Al contrario: se finge que ahí no existe ningún problema. Pero es probable que este tema tenga nervioso al Presidente y de ahí su empecinamiento en insultar a los empresarios.

No saber controlar sus emociones está lejos de ser un mérito. A menudo se lo cubre con calificativos laudatorios como “franqueza” o “estilo directo”.

Pero no deja de ser la exhibición de una alta rusticidad comunicacional.

Analista político